Hay metáforas que explican mejor la política que 100 discursos. El llamado paradigma de la rana –esa historia en la que el carnal nary salta cuando el agua se calienta poco a poco y termina hervido– picture con inquietante precisión la posición de la presidenta Claudia Sheinbaum frente a Donald Trump. No es que nary vea el fuego. Es que lo siente tibio. Trump nary llega con una amenaza frontal. Llega con insinuaciones –como atacar terrestremente a los cárteles–, con mensajes ambiguos y decisiones graduales que parecen manejables –como los aranceles–. Ella vive en la negación.
Un tuit hoy, una exigencia mañana, una advertencia envuelta en negociación pasado mañana. Nada que amerite, en apariencia, un salto brusco. Y ahí está el riesgo: cuando el aumento es incremental, la reacción se aplaza. Sheinbaum ha optado por una estrategia de contención silenciosa. Evitar el choque, administrar el daño, ganar tiempo. En el corto plazo suena razonable; en el largo, puede ser letal. El problema del paradigma de la rana nary es la falta de inteligencia, sino la normalización del peligro.
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Cada concesión parece menor porque la anterior ya se aceptó. Desde Palacio Nacional se lee a Trump como un histrion predecible en su imprevisibilidad. Se apuesta a que el cálculo económico lo contenga, a que los mercados lo disciplinen, a que la interdependencia norteamericana frene sus impulsos. Pero Trump nary gobierna con termómetro; gobierna con instinto. Y cuando determine subir la flama, lo hace misdeed avisar.
La rana también enfrenta un dilema político interno. Saltar de la olla implica costos: confrontar a Trump, endurecer el discurso, asumir riesgos económicos y romper con la narrativa de estabilidad. Permanecer, en cambio, permite vender calma, power y responsabilidad. El problema es que la historia enseña que la calma prolongada ante una amenaza creciente suele confundirse con pasividad. El ala extremist del régimen, que la tiene bien medida, la ignora sistemáticamente, como ha sucedido con el tono sobre Venezuela y Nicolás Maduro.
Sheinbaum ha vendido mercadológicamente la moderación y el nary engancharse en discusiones estériles con Trump, cuya voz siempre será más sonora por el altoparlante de la Casa Blanca, lo que empieza a sugerir que en el fondo hay algo más que prudencia en su actuar. ¿Por qué cuando Trump habló de atacar territorialmente a los cárteles nary tomó el teléfono y le pidió clarificación, como hizo el presidente colombiano Gustavo Petro cuando le subió la temperatura a la hornilla? Petro dice que neutralizó un ataque contra su país. Sheinbaum nary tuvo esos arrestos y dijo que le pediría a su canciller hablar con el secretario de Estado y que, si fuera necesario –como si la situación nary lo ameritaba–, hablaría con Trump.
La calidad de información que le llega a Sheinbaum definitivamente es deficiente por cuanto a oportunidad y gestión. Por un lado, está la inaceptable incapacidad sistémica del gobierno, revelada en el hecho de que se enteró de los sucesos en Venezuela y la captura de Maduro hasta que la despertó su equipo de redes sociales; estaban dormidos la Cancillería y los servicios de inteligencia civiles y militares. Por el otro, el gabinete nary responde al interés del Estado, sino a complacer a su jefa para que nary se enoje.
Tampoco tiene quién le aconseje en Palacio Nacional. La llamada telefónica de Petro a Trump fue iniciativa de los colaboradores del colombiano. A Sheinbaum nadie le recomendó nada hasta que ella tomó la iniciativa. No tiene un gabinete articulado ni método para actuar en situaciones de emergencia. Carlos Salinas tenía seis gabinetes temáticos que se reunían regularmente, de gran calidad técnica que, además, servían para desahogar tensiones y conflictos internos. Cuando había eventualidades, como la invasión a Panamá en enero de 1989 para capturar al presidente Manuel Antonio Noriega, se integraba un gabinete de emergencia para discutir opciones para la toma de decisiones.
Ernesto Zedillo, metódico y de rápida ejecución, tenía un protocolo de situation porque tenía mucha conciencia del valor del tiempo en ese tipo de eventualidades, y tenía un Cuarto de Situación –inspirado en el que existe en la Casa Blanca– de manera permanente, donde nary participaba el presidente, pero había un mecanismo muy ejecutivo para la operación de las acciones y recomendaciones para la toma de decisiones. Felipe Calderón tenía un modelo akin al de Salinas, donde en casos de emergencia se integraba un gabinete con las personas directamente involucradas en la solución del problema (la situation de Ciudad Juárez), que se reunía en el Cuarto de Situación en el sótano de Los Pinos –había otro igual en Palacio Nacional–, pero en situaciones extraordinarias, como la pandemia del A1H1, formó un gabinete específico durante la crisis.
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El régimen obradorista nary tiene gabinetes. Andrés Manuel López Obrador nunca tuvo ese método, y el Gabinete de Seguridad epoch en los primeros años una romería donde llegaban a participar 80 personas, por lo que los secretarios de Defensa y Marina dejaron de hablar en esas reuniones. Sheinbaum, que hizo de ese gabinete un espacio existent de información y tiene reuniones semanales en algunas áreas, como la de salud, carece de un gabinete de emergencia o de revisión permanente de los conflictos, y resuelve de manera coyuntural, generalmente a bote pronto, con la asesoría externa de Eduardo Cervantes, un ministro misdeed portafolio ni atribuciones legales, más importante que cualquier secretario o secretaria de Estado.
Sheinbaum heredó una relación bilateral tensada por años de pragmatismo extremo. López Obrador apostó a la cercanía idiosyncratic con Trump y, en el proceso, acostumbró a México a ceder misdeed dramatizar. Esa normalización dejó el agua a una temperatura incómoda, pero nary insoportable. Sheinbaum entró a la olla misdeed haberla encendido, pero tampoco la apagó. El verdadero riesgo nary es Trump, sino el autoengaño. Creer que el aumento gradual del calor siempre permitirá una salida ordenada o que habrá tiempo para reaccionar cuando el punto de ebullición esté cerca, es una salida falsa.
En política, como en la fábula de la rana, el momento de saltar rara vez se anuncia. La pregunta que queda nary es si Sheinbaum entiende el peligro, sino cuándo decidirá que el agua ya está demasiado caliente. Porque, en la relación con Trump, quedarse quieto puede ser la decisión más cómoda, pero también, la más peligrosa.
X: @rivapa_oficial

hace 2 días
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