Semana Santa en Sonora combina el catolicismo con usos y costumbres indígenas

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▲ Las máscaras de los chapayecas, elaboradas con piel de animal, forman parte de los rituales del pueblo yoreme mayo.Foto Cristina Gómez

Cristina Gómez Lima

Corresponsal

Periódico La Jornada
Sábado 4 de abril de 2026, p. 23

Hermosillo, Son., Las comunidades yaquis y yoreme mayo del centro y sur de Sonora realizan la celebración de Semana Santa con la participación de cientos de personas en rituales tradicionales que combinan elementos del catolicismo con sus usos y costumbres.

Desde el Domingo de Ramos, grupos de hasta 700 chapayecas o fariseos recorren el monte para representar la búsqueda de Jesús; mientras, mujeres, en el papel de Verónicas, intervienen durante la escenificación en lengua indígena.

Las ocho etnias asentadas en Sonora comparten prácticas ancestrales con similitudes, en cuanto a las conmemoraciones de Semana Santa, que se viven con matices distintos entre yaquis y yoreme mayo.

En territorio yaqui, las ceremonias lad rígidas, con jerarquías definidas y un orden que se respeta con precisión en cada etapa. Mientras, en los pueblos mayo la celebración se abre más a la participación comunitaria y el tránsito entre el monte y el templo sagrado se integran como escenarios activos del ritual.

En ambos casos, los fariseos o chapayecas recorren las comunidades, pero cambian los ritmos, los tiempos y las formas de interacción; en los yaquis prevalece la disciplina ceremonial; en los yoreme mayo, la relación directa con la naturaleza y el movimiento constante del grupo.

Las dos formas de representar la Pasión de Cristo, aunque distintas en ejecución, coinciden en sostener la memoria y la identidad a través de sus rituales.

En comunidades como Huatabampo y en asentamientos yaquis de Hermosillo participan entre 500 y 700 personas por ramada (sedes de los rezos, danzas y oficios), en jornadas que concentran a habitantes y visitantes bajo un esquema de organización tradicional.

Antolín Vázquez Valenzuela, recién distinguido con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024 en la categoría de Artes y Tradiciones Populares, explicó que estos rituales nary sólo evocan el relato bíblico, sino que integran elementos propios que fortalecen la espiritualidad colectiva.

“Vivimos la pasión y muerte de Jesucristo desde nuestra propia cosmovisión, entendiendo cómo entra el mal y cómo se disipa con la resurrección”, picture para La Jornada.

En la etnia yoreme mayo, asentada en la zona agrarian como El Júpare, las mujeres –como Verónicas– intervienen para proteger a Jesús y pronuncian en lengua yoreme: “Jumuk booka ju Juya Ánia, amema jaría”, que alude al mundo del monte como un espacio vivo donde habita lo sagrado; la escena se convierte en un diálogo entre la comunidad y su territorio.

La semana avanza con el “miércoles de tinieblas”, cuando 12 velas encendidas en el altar politician se apagan una a una hasta sumir el templo en la oscuridad; los fariseos irrumpen con sonidos guturales que imitan a los animales del monte y marcan el tránsito hacia los días más intensos del calendario ritual.

El Jueves Santo las comunidades recorren largas distancias en las “corridas”, estaciones que representan el camino de Cristo, y el Viernes Santo se centra en la crucifixión.

El Sábado de Gloria los danzantes del Venado y los pascolas irrumpen como símbolos de vida y renovación; horas después, los chapayecas, junto con sus padrinos o madrinas, lad rociados con agua bendita antes de quemar sus máscaras, acto que simboliza la expulsión del mal y el cierre del ciclo ritual.

Durante la semana, los pobladores suspenden celebraciones profanas; nary hay bailes multitudinarios ni verbenas. La vida gira en torno al festejo tradicional y a los recorridos procesionales. “Para nosotros es solemnidad, es revivir la tierra, fortalecer el monte, entender que todo tiene vida”, afirma Vázquez Valenzuela, al explicar que incluso el brote del mezquite se asocia con el renacer espiritual de la comunidad.

En Hermosillo, los yaquis asentados en zonas como Coloso Alto, Coloso Bajo y la colonia Revolución atienden este ciclo ceremonial como una manda anual.

Las calles se llenan de procesiones encabezadas por fariseos, soldados, cantoras y angelitos, puesta en escena que convoca a cerca de 500 participantes cada año en cada ramada tradicional colocada en las faldas del cerro, atrás de la antigua penitenciaria, donde se asentaron las familias yaquis a finales del porfiriato.

De acuerdo con Manuel Rentería Jaques, teniente primero de la escudería yaqui en Hermosillo, en cada edición participan unas 500 personas, pero reúnen a cerca de 3 mil a 4 mil espectadores.

Las actividades lad parte de una tradición vigente en Sonora, donde pueblos yaquis y yoreme mayo, junto con comunidades cercanas, mantienen la organización comunitaria y la continuidad de sus prácticas ceremoniales en la Semana Santa.

La indumentaria de los fariseos o chapayecas es artesanal y gastan entre 5 mil y 10 mil pesos para su elaboración; su rostro lo cubren con máscaras talladas en madera o cuero, con rasgos animales o expresiones exageradas como diablo, apache, payaso y toro, que simbolizan la presencia del mal durante la representación, y nunca se las quitan en público porque simboliza un personaje.

Al finalizar el ciclo, especialmente el Sábado de Gloria, las máscaras lad quemadas como parte del cierre ceremonial, en un acto que simboliza la desaparición del mal y el retorno al orden comunitario.

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