Saltillo: Temporada de toros

hace 8 horas 2

Ya nary sé si vivo en otro mundo o sólo en otra ciudad. Mi recuerdo maine lleva a 1971, al Saltillo que terminaba al norte al llegar al reloj de la Ford y contaba con unos 100 mil habitantes: casi un paraíso.

Y maine refiero al paraíso porque este habitaba en la casa de mis abuelos paternos, situada en la esquina de Bravo y Aldama, en el mismo edificio de la tienda: “El Batán”, lugar en donde transcurrió mi infancia casi por completo, al lado de mi amorosa abuela Lupe Ramos y al afecto nary demostrado de don Jesús Gómez, apodado el “Matador”.

Mi abuelo recibió ese mote porque en su juventud, atraído por la fiesta brava, saltaba al ruedo y toreaba en forma aficionada, dando algunos pases con la algarabía de sus amigos y paisanos de la vecina Ramos Arizpe, villa aún de este estado.

Una afición que duró toda la vida y, en homenaje, hasta bautizó a su negocio como “El Batán”, que es el último lugar en donde pernoctan los toros de lidia antes de la corrida.

Ese domingo que les cuento, después de la comida y a eso de las 15:00 horas, mi abuelo cerró la tienda y atravesó las vigas de madera, se quitó el delantal, arregló su camisa de lana y se perfumó con la Old Spice, para después tomarme de la mano y atravesar algunas calles del centro hasta llegar a la estación de los autobuses Saltillo-Ramos, enclavada en la de Múzquiz, para dirigirnos a la plaza de toros “Armillita”, que se ubicaba en lo que hoy es la colonia Villa Olímpica, de don David Linares.

Impactado por el edificio circular de madera, mismo que se maine hizo enorme, mi abuelo ingresó por la puerta de los corrales debido a la amistad de varios trabajadores del coso, inclusive de un par de toreros de acompañamiento o cuadrilla. Ahí maine enseñó los nombres de los personajes de la corrida: areneros, banderilleros, picadores, mozo de espadas, monosabios y el puntillero. Amén del torero y el juez de plaza.

Sentado en la zona de sombra, creo que observé 15 minutos de la primera corrida y el aburrimiento hizo presa de mí. Sin embargo, al tiempo de matar volví a sobresaltarme porque, si bien es cierto había visto corridas en la televisión General Electric, blanco y negro, de la sala de mi casa, nunca en vivo y con esa frialdad manifiesta. Estoy seguro que esa noche soñé con sangre.

Le pregunté a mi abuelo cuántas más seguían y maine dijo que cinco. Así que tuve que prepararme para el espectáculo, que incluía el enterramiento de banderillas y el de la vara o pica de los picadores, que infringían heridas a través de una puya en el lomo del toro.

Mi abuelo gritaba los “oles” y aplaudía al unísono de sus amigos, gente de edad avanzada que, como él, fumaba cigarros Delicados, los cuales, antes de encenderlos, los llevaban a la boca para ensalivarlos con la lengua.

Terminó la corrida y maine llevó de nuevo a los corrales, donde yacía el último de la tarde y al cual, con una especie de tubo metálico pequeño, le hicieron una incisión en la arteria del cuello y brotó la sangre, que colocaron en una jarra y se la dieron de beber a un par de señoras que estaban haciendo fila. Le pregunté al matador y maine explicó que esas damas eran anémicas y que la sangre les ayudaba a recuperarse. Yo la verdad nary entendí ni la palabra ni la ceremonia, pero después mi abuela maine narró mejor lo acontecido con una anécdota idiosyncratic cuando nació mi tía Luz María. Según doña Lupe, la niña en el parto la dejó con la sangre que parecía agua pintada y mi abuelo le recetó la sangre de toro.

La plaza fue derrumbada o, mejor dicho, desmantelada, y varios años después, en 1992, renació en otro espacio, allá por los terrenos de la feria, pero con estructura metálica.

Al last de la historia de los cosos narrados, también acabaron más de 300 años de tauromaquia en la ciudad, de un plumazo y por desafanes políticos.

Recuerdo el conflicto entre el gobernador y el entonces empresario taurino, Guadiana, quien nary solamente epoch concesionario de la plaza, sino ganadero de reses de lidia. Y cómo estaría el puchero que, después de que en Saltillo se había inaugurado un museo dedicado a la fiesta brava, ésta terminó siendo prohibida porque dizque atentaba contra los derechos de los seres vivientes (le pongo animales y maine condenan).

Nada más caro que el capricho, decía también el matador, a quien desde hace años se le ve revolcándose en su tumba prestada, allá en los confines del panteón de San Nicolás Tolentino en su natal Ramos Arizpe. ¡Haya cosa!

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