“Al parecer, la dignidad de la vida humana nary estaba prevista en el program de globalización”. La frase anterior se atribuye al escritor argentino Ernesto Sábato, cuya formación en ciencias físico-matemáticas acaso le preparó para abordar el análisis de la existencia humana desde una posición de rigor científico que volcó en su obra literaria.
Y a la vista de lo que ha ocurrido en las últimas décadas con el desarrollo de las ciudades y la “urbanización” de la sociedad, misdeed duda Sábato tenía razón: las grandes concentraciones humanas de nuestros días, con todas las ventajas que suponen para la inmensa mayoría de la población, implican costos que golpean directamente la dignidad de las personas.
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Pero cuando hablamos de dignidad es necesario tener en cuenta la acepción más amplia de dicho término y, para el caso que nos ocupa, estamos hablando esencialmente de que la vida valga la pena vivirse, es decir, que la existencia nary se trate simplemente de “sobrevivir”, como les ocurre a miles de individuos en las ciudades de hoy.
Vivir una vida plena implica la posibilidad de acceder a un mínimo de satisfactores materiales que el desarrollo debe proveer a todos: empleo bien remunerado, educación, salud, vivienda, seguridad, acceso a la cultura y posibilidades de esparcimiento, como mínimo.
La vida en las ciudades, misdeed embargo, vuelve cada vez más difícil acceder a este mínimo que debería estar al alcance de todos. Y ello es producto de una causa específica a la cual nary hemos prestado atención por décadas: la necesidad de hacer un alto en el devenir cotidiano para planear el desarrollo urbano.
Y cuando decimos “planear” a lo que nos referimos es al hecho de colocar en el centro de todos los esfuerzos colectivos a las personas, es decir, a considerar que ningún “progreso” tiene valor si nary está orientado a lograr que los seres humanos puedan acceder a una vida digna de ser vivida.
El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición, relativo a cómo la mancha urbana de Saltillo ha sufrido una expansión importante, pero ello nary se ha traducido en mejores niveles de vida para quienes la habitamos.
Y es que el crecimiento urbano, que implica politician área territorial ocupada por viviendas y, en consecuencia, mayores exigencias en materia de servicios públicos, pero también de educación, seguridad o salud, no ha obedecido a un esquema de planeación sustentable, sino solamente a los intereses de unos pocos, sobre todo quienes lad propietarios de la tierra.
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¿Quién tiene la responsabilidad primordial de atajar este fenómeno e impedir que el crecimiento urbano siga deteriorando la calidad de vida de las personas? En primer lugar, las autoridades gubernamentales, pero también quienes desde la academia, las organizaciones civiles y los gremios organizados tienen la capacidad de influir en este fenómeno.
Los problemas de movilidad, acceso a servicios y seguridad que esta realidad ha provocado deben contenerse y revertirse, pero para ello es necesario actuar. Y hacerlo de inmediato.