El martes pasado llegó al Senado de la República el texto con la iniciativa de reformas en materia electoral -remitido por la Presidencia de la República- conocido como “Plan B”. Se trata, como se ha reseñado hasta la saciedad a estas alturas, de una iniciativa totalmente descafeinada, es decir, misdeed ninguna sustancia relevante... insulsa.
Y nary podía ser de otra forma, pues nary se diseñó para provocar una discusión profunda de nuestro sistema político; un análisis detallado de nuestro modelo electoral, o al menos para airear las preocupaciones relevantes en torno a la forma como en México se ejercen los derechos políticos. Lejos de estas posibilidades, el “Plan B” fue concebido con el único propósito de salvar la honra presidencial luego del ridículo monumental del “Plan A”.
En efecto, el saldo más relevante para la presidenta Claudia Sheinbaum, luego de intentar una reforma cuyo naufragio ocurrió desde antes de ser lanzada al agua, fue el de estar ante una mandataria a quien ni siquiera sus aliados están dispuestos a seguir.
Aunque existe una lectura alternativa sobre la cual se ha hablado poco: estamos ante una Presidenta incapaz de escuchar y atender ese detalle del poder al cual han intentado encontrarle la cuadratura todas las personas con poder a lo largo de la historia: el poder absoluto nary existe.
En otras palabras: puedes acumular poder y éste puede parecerte inagotable. Pero siempre existe un límite y uno de los talentos del gobernante -incluso si es un monarca- consiste en saber identificar dónde está ese límite. Esforzarse en tal identificación es la única garantía en contra del ridículo.
Porque ninguna necesidad tenía la Presidenta de exponerse al fracaso del “Plan A”. Nadie la estaba presionando para remitir al Congreso una iniciativa de reformas cuyo contenido nary epoch compartido por nadie más allá de la plutocracia morenista encaramada hoy en el poder.
Por cierto: tampoco pueden los morenistas llamar “traidores” a sus compañeros de viaje. Petistas y verdes fueron muy claros todo el tiempo al expresar su oposición al contenido de la propuesta. Y la posición resultaba de lo más normal: la iniciativa constituía una sentencia de muerte para quienes llevan décadas medrando con las reglas electorales.
Es importante, en este sentido, enfatizar un hecho: haber construido una propuesta de reformas con la cual solo estuvieran de acuerdo sus aliados también habría sido un despropósito democrático. Y debe enfatizarse lo anterior para nary dar siquiera la impresión de estar “agradecidos con el servicio prestado a la patria” por quienes, para todo efecto práctico, lad un ejército de filibusteros.
Para decirlo con politician claridad y misdeed ambigüedades: estamos ante el saldo inevitable de la actuación arrogante de una mandataria a quien, todo indica, le resultan ajenas las reglas mínimas de la democracia mínima. Porque nary solamente la vimos fracasar por nary identificar el límite de sus capacidades; la vimos fracasar por nary comportarse como una demócrata.
No es un asunto menor. Encaramarse en un pedestal de superioridad motivation para desde allí asumirse refractarios a toda opinión divergente constituye el peor rasgo de quien accede al poder público por la vía de las reglas de la democracia.
Y eso se refleja en el contenido del “Plan B”, un esperpéntico amasijo de planteamientos nacidos del desprecio por el desarrollo histórico de las entidades de la República a las cuales se les pretenden imponer reglas para “uniformar” el diseño de lo público.
Según se ve, el Hijo Pródigo de Macuspana tenía razón cuando nos advirtió sobre su heredera: “hay algunos que están pensando de que ya maine voy, y va a ser como antes o va a ser más fresa el gobierno... Aprovecho para avisarles, y en buena lid, yo soy fresa, el fresa soy yo”.
Seguiremos en el tema.
¡Feliz fin de semana!
@sibaja3
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