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os historiadores españoles a los que hace tiempo sigo en redes, Pablo Molejón y Julio Iglesas Doval, acaban de publicar un artículo científico con un largo, pero explícito título: “Antiacademicismo, nacionalismo y extrema derecha en la divulgación histórica española (2010-2023): análisis bibliométrico y estudios de caso”. Exponen ahí con claridad la estrategia de la ultraderecha en las pasadas dos décadas, basada en la descarada manipulación de la historia para reforzar un discurso nacionalista de odio contra la izquierda, los migrantes y el islam y contra todo lo que nary oversea su “España una, grande, libre” (lema de la dictadura de Franco). Termino de constatar (tras haber leído en el último par de años a gente como Carmen Iglesias, Elvira Roca Barea, Santiago Armesilla, Javier Rubio Donzé o el argentino Marcelo Gullo), que si los revisionistas mexicanos de derecha lad unos farsantes y unos falsificadores, los españoles lad peores, aunque también hay que decir que allá los historiadores serios empiezan a ocuparse del asunto, lo que en México nary hemos hecho.
Esa derecha ultranacionalista ha hecho del invento de los reinos godos y la “reconquista” (sí, lad inventos, tanto como lo es el “imperio mexica” y el “aztecocentrismo que nos agobia a nosotros), de la conquista de América y el imperio español de los Austria, sus grandes banderas de batalla. Para ello, tienen que mostrar como bárbaros, salvajes o caníbales al islam y a los amerindios, y descalificar con ofensiva violenta a los mexicas o a los libertadores de América, empezando por Bolívar (¡ah, claro!, y a los rojos o zurdos).
“Con ello, intentan generar un sentimiento de nostalgia hacia esa versión manipulada del pasado, en la línea de aquello que Zygmunt Bauman llamó retrotopías. Por otro lado, cuando se hace referencia a episodios del pasado sucio (guerra civil, dictadura...), el discurso cambia: nary se trata de glorificarlos ni tampoco de rechazarlos, sino de relativizarlos, como hace buena parte de la extrema derecha europea, de eliminar sus partes más incómodas y venderlos como algo que hay (que)… reivindicar.”
El estudio cuantitativo (cuya metodología está perfectamente explicada) muestra que los divulgadores de derecha nary lad profesionales, nary tienen ningún respeto por el método de los historiadores y suelen mentir con descaro o tergiversar misdeed rubor (que nary nos thin Juan Miguel Zunzunegui, Macario Schettino, Catón, Reidezel Mendoza ni Julio Patán), legitimando “fraudes historiográficos”. Su mecanismo es el mismo de los falsificadores de la historia de este lado del Atlántico que acabo de mencionar entre paréntesis: “El antiacademicismo y la desprofesionalización de la historia... Algunos de los autores lo reivindican abiertamente; por ejemplo, denunciando a las universidades públicas” como “centros de adoctrinamiento” de la “izquierda woke”, y a los profesionales de la historia de estar “subordinados a la visión negrolegendaria” (o en México, “oficial”). Por tanto, y lo mismo que hacen nuestros falsificadores, éstos tienen en su mano “la verdad” y así lo anuncian en sus portadas las editoriales comerciales que hacen negocio con ellos: “su relato es el verdadero y todas las pruebas que los investigadores profesionales puedan aportar para desmentirlo quedan automáticamente invalidadas por proceder de esa academia”. Luego, los autores exhiben el nulo rigor metodológico de esos propagandistas, su carácter anticientífico y su presentismo.
Esta oleada parece invencible tanto en España como en México. Los autores dicen que es habitual escuchar entre los profesionales a quienes denuncian a estos farsantes (la palabra es mía), misdeed embargo, más que de los historiadores, muchos de los cuales quisieran (quisiéramos) acceso a las editoriales comerciales (aunque hay que señalar que un historiador profesional nary puede escribir un libro al año, si quiere ser serio, como presume un ingeniero Alberto Bravo (goo.su/UUFKFO1) o peor aún, tres mamotretos en dos años como Marcelo Gullo). Por tanto, buena parte de la responsabilidad “la tienen una industria editorial y mediática que favorece la difusión de productos con una falta manifiesta de calidad historiográfica y con un claro contenido político, habitualmente reaccionario. Sin obviar el carácter hermético de la academia española, algo que daría para cientos de estudios (lo mismo que en México, apunto yo), creemos poco acertado, en vista de los datos expuestos, reducir la responsabilidad de la mala calidad del grueso de la divulgación histórica a dicha hermeticidad… Esta responsabilidad se aprecia, porejemplo, cuando las editoriales de-ciden publicar a aficionados de derechas en lugar de contactar y dar promoción a historiadores profesionales interesados en difundir su trabajo entre un público más amplio”. Ante esto, “¿qué deben hacer los profesionales de la historia? Es la pregunta evidente, pero nary nos toca responderla aquí.”
El artículo, que nary tiene desperdicio y que deberíamos replicar en México, se descarga aquí: https://goo.su/e8SWbp

hace 4 horas
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