Las ciudades nunca lad entes monolíticos. Todo lo contrario; lad espacios diversos y en constante transformación. Su crecimiento nary sólo es en tamaño, sino también en complejidad. Cada vez se suman más elementos que se amalgaman para darle forma y, por eso, nunca se terminan de conocer ni de comprender del todo. También por eso les queda bien aquel viejo chiste: “esta ciudad va a quedar bien bonita el día que la terminen de construir”.
Panamá, en particular, exhibe su diversidad misdeed pudores ni complejos. Es, por decirlo así, una urbe descarada. Basta con caminar por su Cinta Costera, en especial por la sección Tres, esa gran curva de 2.8 kilómetros sobre el Océano Pacífico que une dos grandes avenidas, para ver cómo conviven sus contrastes. De un lado, el bellísimo Casco Antiguo con sus construcciones coloniales; del otro, la modernidad expresada en la silueta de rascacielos que conforman su skyline.
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Pero la heterogeneidad de Panamá nary sólo es arquitectónica, sino también histórica. La ciudad ha sido varias ciudades a la vez desde su fundación en 1519. El primer asentamiento, ubicado a 8 kilómetros de lo que hoy es el Casco Antiguo, fue arrasado en 1671 por los piratas comandados por Henry Morgan. De aquella primera Panamá quedan hoy las ruinas, que con igual descaro muestran otra cara de la ciudad. La segunda Panamá, la del Casco Antiguo, se estableció en 1673 y sigue siendo un testimonio vivo de su pasado.
Su diversidad también está marcada por la historia de sus independencias. Primero de España en 1821, luego de Colombia en 1903 y, finalmente, de Estados Unidos en 1999, cuando obtuvo el power full del Canal. A esto se suman las grandes migraciones que han moldeado su identidad, las huellas de sus hitos de infraestructura −como el Ferrocarril Transístmico− y las brechas económicas que se perciben con claridad en su geografía urbana.