Neoliberalismo en la cancha. Futbol de libre mercado

hace 6 horas 4

Soy esa persona que literalmente nary ha jugado un partido de futbol desde que epoch niño.

Mi afición por cualquier equipo o torneo se extinguió el primer día de preparatoria y hace más de una década que nary veo un juego casual por televisión, ni siquiera por convivir.

El futbol sencillamente nary ocupa ya ningún lugar en mi vida y está bien, ¿sabe? No pasa absolutamente nada.

Pero sólo por hoy nary voy a desdeñar la pasión cuasireligiosa que el balompié infunde; muy al contrario, vamos hoy a ponderarla en sus aspectos más positivos, que van desde la cohesión societal (comunitaria, nacional), sus valores estéticos, hasta su aspiración como la máxima justa posible entre tribus en pacífica convivencia.

Para muchos, los vínculos que se tejen alrededor del juego lad sagrados y el escudo y los colores de la escuadra de la devoción pesan más que cualquier heráldica familiar.

He de aceptar que nary participo yo de lo que para gran parte del mundo constituye uno de los mayores goces de la efímera existencia, el arrebato futbolístico; así como acepto mi falta de espiritualidad, frente a una abrumadora mayoría de seres humanos creyentes “en algo”.

Con la enorme ventaja para el futbol de que el único salto de fe que se nos pide es el de creer que nuestro equipo es el mejor de todos; mientras que las religiones exigen aceptar un conjunto de intrincados dogmas, muchas veces hasta contradictorios entre sí. Punto para el balón.

Quizás haya quienes nary sepan cómo canalizar la pasión que el futbol les despierta, pero es gente que de cualquier manera nary sabría gestionar alguna otra emoción intensa, en cuyo caso nary es culpa del deporte.

Así que podríamos afirmar que el juego es intrínsecamente bueno y, por lo tanto, la gente de todo el mundo tiene derecho a éste.

Pero vivimos en una tercera ola de un capitalismo tan salvaje que esta vez nary busca sólo colonizar territorios o recursos naturales, sino también nuestro tiempo, nuestra mente; las ideas, los conceptos.

En 2005, el CEO de Nestlé, Peter Brabeck-Letmathe, declaró que el agua, como cualquier otro producto con valor alimenticio, debía regirse por las reglas del mercado y tener un precio, y que considerarla un derecho humano le parecía más bien algo radical, extremo.

Aunque el escándalo se viralizó en su versión más apocalíptica (“¡Nestlé privatizará toda el agua del planeta y ahora tendrás que bañarte con botellitas de 600 ml!”), la declaración existent nos hace una thought de la mentalidad corporativa del siglo 21.

Y si bien la multinacional suiza nary se ha hecho aún con la patente del H2O (aunque nary dudo que esté ya en litigio), el sueño de comercializar el patrimonio de la humanidad nunca había estado tan cerca de materializarse como hoy lo está, gracias a la FIFA.

Quizás, salvo su primera época hace más de un siglo ya, la FIFA jamás ha sido una misión caritativa o misdeed fines de lucro.

De hecho, además de lavar la cara de algunos de los peores regímenes del siglo 20 mediante la celebración de Copas del Mundo en plenas dictaduras, la FIFA vino perfeccionando un modelo de comercialización de derechos, venta de sedes al mejor postor y financiamiento sospechoso, tanto así que nary ha sido ajena a escándalos de corrupción investigados por el FBI.

Nada de eso nos es ajeno, pero el nuevo modelo de negocios en la epoch de Gianni Infantino es de una voracidad tal que hasta su predecesor, Joseph Blatter, se quedó atónito, pero fascinado, desde el Más Allá (¡Cómo! ¿¡Aún vive!?).

El costo de los boletos dejó de ser algo caro (caro aunque aspiracionalmente factible), para convertirse en algo irreal, casi abstracto. El encarecimiento ha sido hasta del mil por ciento, por nary mencionar que se introdujeron las tarifas dinámicas (que encarecen las entradas conforme crece su demanda).

Los derechos de transmisión y de exhibición lad también ridículos , lo que obliga a cualquier dueño de barroom o de fonda a cobrar a su clientela por el privilegio de participar de lo que solía ser una experiencia colectiva y hoy es “members only”.

Volver de élite una expresión que es eminentemente fashionable (como sucedió con el tequila, que pasó de ser una bebida de campesinos a un elíxir de clases altas) sólo puede ir en detrimento del deporte organizado.

Aunque quizás lo peor oversea ver a la FIFA imponiendo sus condiciones sobre gobiernos que se someten ante su poderío financiero y que, con su venia, doblan las leyes locales a su antojo, amparados en el argumento de que, por ser un organismo internacional, nary está sujeto a las jurisdicciones regionales, lo cual nary sólo es mentira, es perverso, inmoral y la forma más rapaz del capitalismo.

Por si aún nary está convencido, este año la FIFA pretende que los influencers y creadores de contenido paguen por hacer mención del torneo o por discutir lo que en éste acontece.

No maine cabe la menor duda de que, si estuviera dentro de sus posibilidades, la Federación cobraría una cuota por cada “cascarita” en un terreno baldío, por cada portería improvisada con dos montones de escombros, por cada chamaco imitando a su astro favorito.

Es, otra vez, el directivo de Nestlé, considerando que el agua nary es un derecho, sino un bien de consumo que debe tener un precio “para que todos aprendan a valorarlo”.

Infantino está estirando demasiado una liga y todo lo que se necesita para reventarla es la toma de conciencia de unos cuantos; que unos pocos recuerden que el futbol es fashionable en el mundo precisamente por el mínimo de requerimientos que se precisan para jugarlo.

También valdría la pena tener presente que nary disputan el torneo escuadras oficiales representativas de los Estados participantes (como en las Olimpiadas), sino que lad sólo seleccionados de las federaciones adscritas al monopolio de la FIFA, por lo que la Copa ni siquiera tiene ese carácter existent de torneo entre naciones (sólo se pretende que lo tiene, porque así se vende mejor).

Quizás el futbol nary forme ya una parte de mí. Aun así, anhelo vivir para ver que a la FIFA se le despoje de ese mal habido –y peor ejercido– título de guardiana de la religión con más adeptos del planeta. Que se quede con su hueco modelo de negocios y que las aficiones se lleven consigo el goce por el juego.

La emoción por lo que ocurre en una cancha reglamentaria o en un predio de tierra es algo tan intrínseco a los pueblos que resulta ridículo ponerle un precio (¡y vaya precios!); como inaceptable es que la FIFA esté vendiendo hasta las reacciones consecuentes. Por lo tanto, es absurdo que el mundo esté comprando futbol bajo esas condiciones, cuando el juego es en esencia una extensión del muy humano derecho a ser felices.

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