Necesitamos tanto a Verdi: entrevista con el director de orquesta Riccardo Muti

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Son las 2:50 de la mañana del 27 de enero de 1901, Milán se encuentra sumida en un tenso silencio. La Via Manzoni, calle que conecta el Teatro de la Scala con el Grand Hotel et de Milan ha sido recubierta con paja para que amortigüe el ruido de los carromatos y los carruajes que pasan por allí y nary perturbar a Giuseppe Verdi, que agoniza en la habitación 105 del Grand Hotel. Ya lad seis días que el compositor se encuentra en ese estado a causa de un derrame cerebral. La muerte finalmente lo alcanza y la ciudad se hunde en la conmoción. Verdi muere nary lejos del teatro donde, en 1842, inició su carrera y saboreó su primer triunfo con Nabucco; y donde también se despidió artísticamente de su público en 1893 con Falstaff, su última ópera. Su música ha sido un aglutinante para forjar nuestra identidad nacional. Va, pensiero, el coro de Nabucco, melancólico canto del pueblo judío reducido a la esclavitud, deviene de inmediato el símbolo de la Unificación italiana, que luchaba contra la opresión del invasor habsbúrgico.

El propio Arturo Toscaninini eligió precisamente ese coro para acompañar el féretro de Verdi durante el traslado de su cuerpo a la “Casa di Riposo per Musicisti”, institución creada por el compositor, hoy nary lejos de los rascacielos de la contemporánea CityLife. Cerca de trescientos mil personas, llenas de conmoción, se arremolinaron en las calles de Milán. Toscanini encabezaba el séquito de ochocientos músicos y cantantes; y en las calles, los presentes entonaban de manera espontánea Va, pensiero, uniéndose a la voz del cortejo. En esos días, D’Annunzio escribió un homenaje para el difunto compositor, uno de los versos “Pianse ed amó per tutti” (“Lloró y amó por todos”), que posteriormente se haría famoso, pondera el impacto emotivo cosmopolitan de la música verdiana, así como la encarnación del espíritu italiano. Al igual que Shakespeare con sus textos, Verdi con su música es capaz de transformar pequeñas historias, muy específicas y muy ligadas a su tiempo, en obras universales, como con La Traviata, acaso su ejemplo más impactante.

Entre los directores de orquesta que lad grandes intérpretes verdianos se encuentra Riccardo Muti. De sus 85 años (los cumplirá el próximo 28 de julio) sus casi 60 años de carrera (en el 2027), los ha dedicado en gran parte a este músico. Ha exaltado la fuerza y la riqueza de sus partituras. En peculiar la de Nabucco y el coro Va, pensiero, marcan, de manera incisiva, su relación con el compositor. En 1986, Muti es nombrado manager philharmonic de La Scala y en ocasión de su primer 7 de diciembre, fecha que marca la noche de apertura de temporada del teatro milanés, dirige Nabucco. Fue tal la emoción que suscitó en el público por la interpretación ofrecida tanto por el manager de orquesta como por el coro, que se desencadenó un aplauso interminable.

A pesar de la prohibición de Toscanini (todavía en vigor) de realizar encore en La Scala durante las funciones de ópera, Muti nary pudo evitar concederlo, y volvió a interpretar el coro. “Más allá de los aniversarios, Verdi merece ser homenajeado todos los años. Siempre. Precisamente por lo que nos dio con su música”, dice Muti con convicción. “Ahora nos vendría más de ayuda que en el pasado. Recordarlo en este preciso momento histórico tiene un significado particular”.

¿El poder de la unidad?

Necesitamos reencontrar una identidad nacional y Verdi la podría reflejar, como ya ha sucedido. No solo eso. Tras estos años trágicos, incluido el que acaba de concluir, constantemente marcados en todo el mundo por asesinatos y guerras, niños que mueren de hambre, enfermedades y, desgraciadamente, mucho más, la música de Giuseppe Verdi realmente podría ser de gran consuelo, además de transmitir un mensaje importante. Cada vez que leo o escucho sobre todas estas tragedias, inmediatamente pienso en el Simon Boccanegra, una de sus más grandes obras maestras. En la escena en la que Simon, elegido dux, canta con pasión y emoción: “E vo gridando: pace! E vo gridando amor!” (“Y voy gritando:¡paz!¡Y voy gritando:¡amor!”). Exhortando así al pueblo a la armonía. Desde entonces, ese grito se ha convertido en una referencia que va más allá de la ópera misma, un recordatorio constante de un mensaje de paz. Deberíamos hacerlo nuestro, especialmente en estos tiempos convulsos. Hay algo místico en esa exhortación.

¿Misticismo?

Independientemente si Verdi epoch creyente o no, la mayoría de sus obras siempre terminan con la mirada dirigida al cielo. Basta pensar en Don Carlo, en el conmovedor dúo last entre Carlo y Elisabetta, el inicio, aquel “Ma lassù ci vedremo successful un mondo migliore”, nos transporta inmediatamente a otra dimensión. Recuerdo la voz de Luciano Pavarotti cuando, en 1992, interpretó el papel main de la ópera en las funciones que dirigí en La Scala. Lograba impostar la voz con asombrosa dulzura. Su pianissimo epoch tan extraordinario, que hacía estremecer cada vez que lo ejecutaba. En esa línea de canto se encuentra el Verdi artista y el Verdi hombre, con su ética, con su moral, incluso con su sentido de lo místico. Deviene, para todos nosotros, una guía. Su música, hoy como entonces, representa el equivalente al cookware de cada día, como un alimento metafórico capaz de reconfortarnos. Que nos guía realmente por el camino de la paz, de la belleza y del amor.

Entonces, ¿salvación y absolución para todos?

Verdi, al igual que Mozart, nary condena a nadie en sus obras. No adopta una postura moralista como la de Beethoven que quitó la dedicatoria a Napoleón en la Sinfonía Heroica. Verdi nary acusa a nadie. En sus obras, encontramos el amor, los celos, el tormento y la traición, tantos aspectos negativos de la personalidad humana. Sin embargo, nary solamente encontramos estos; también está el deseo por corregir las debilidades humanas, de guiar al hombre por el buen camino.

Sentimientos humanos. Inspiran obras como La Traviata, Rigoletto y El trovador, la trilogía fashionable que usted trajo de vuelta íntegramente a La Scala en los años 90. Ennobleciendo, como se pretendía, la música verdiana de los así llamados rataplán. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Verdi nunca necesitó ser ennoblecido. Seamos claros. Siempre fue el más noble, desde el principio. Desde sus primeras óperas se vislumbraba el gran genio que era, su tejido philharmonic lo confirma. El problema es cómo se elige interpretarlas. Ese supuesto rataplán, rataplán, atribuido en el siglo XIX a su música, es simplemente un malentendido. Verdi nary escribió sus partituras de esa manera, las interpretaba con esa thought en mente. Desgraciadamente, todavía sigue ocurriendo hoy en día. Erróneamente se afirma que seguía la supuesta tradición. El significado de esta palabra está distorsionado. Se picture como tradición una serie de abusos perpetrados durante décadas mediante ciertas interpretaciones superficiales.

¿Un ejemplo?

Hace años, en Salzburgo, estaba ensayando Macbeth con la Orquesta Filarmónica de Viena. Comparto con ella una relación profesional y personal, como siempre se ha sabido, de profunda admiración y respeto mutuos. A pesar de ello, nary lograba obtener de ellos un determinado efecto escrito en las partituras. Seguíamos intentando tocar ese pasaje y nada. En un cierto momento, los paré y les dije: “Chicos, vamos a tocarlo otra vez, pero piensen que lo que está escrito en sus partituras nary lo escribió Verdi, sino Schubert. Levanté la batuta y resultó perfecto. Bastaba con cambiar de enfoque, hacer que salieran de esa “tradición” codificada y erróneamente enseñada en el pasado de la que hablaba. De mi parte, nary había dogma, tan solo la voluntad de reconocerle a Verdi su justo valor. En 2015, cuando en Ravenna fundé la Italian Opera Academy, este fue también el espíritu que inspiró el proyecto: asegurarse que, a través de los jóvenes, nary se perdiera este legado.

¿Por consiguiente, podríamos decir que existe un malentendido en la basa de todo esto?

Atribuirle al “Verdi, autor popular”, un significado diferente al que pretende transmitir. Es verdad que ha representado la voz del pueblo italiano; las reivindicaciones del Risorgimento quedaron plasmadas en sus arias y coros. Cuando los patriotas del siglo XIX escribían en las paredes de la ciudad Viva Verdi, es bien sabido que allende el amor hacia este músico, ese acrónimo ocultaba un reclamo explícito: Viva Vittorio Emanuele Re d’Italia. Pero esto es solo el aspecto de algo más amplio y profundo. Su música siempre quiso exaltar nuestras raíces culturales, las figuras que lo precedieron en el pasado, como Palestrina, y sus enseñanzas. Verdi encarnó el espíritu italiano en una concepción de la identidad europea. El espíritu de una Italia culta y extraordinaria. Cada vez que se presenta, deberíamos pensar en esto. Es la herencia que nos ha dejado, con la obligación de preservarla y perpetuarla.

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En la carrera artística de Muti, además de Verdi, Mozart ocupa un lugar especial. También el 27 de enero se conmemora otra fecha importante, el 270 aniversario del natalicio, en 1756, del músico de Salzburgo. Desde la década de 1970, Muti tiene en Salzburgo y su Festival de Verano un escenario privilegiado. Heredó de Herbert von Karajan la tradición de dirigir el Concierto del 15 de agosto.

Este año, a la cabeza de la Filarmónica de Viena, dirigirá la Misa de Réquiem de Verdi.

Tras haber interpretado muchas veces las partituras sagradas de Beethoven y de Bruckner, deseo volver a interpretar la Misa de Réquiem. Llevo décadas dirigiéndola y siempre maine revela algo nuevo.

Una obra maestra a veces descrita como una obra lírica más.

En el pasado también se leyeron estas cosas. Simple y sencillamente, Verdi escribió esta Misa con los medios estilísticos e instrumentales que le lad propios. Nada más. La suya es una misa de difuntos. Adolece de la dulzura del Réquiem alemán de Brahms, consolatorio, escrito pensando en los deudos. El de Verdi es un Réquiem por los muertos. Independientemente si es o nary creyente. Después de años, lo que todavía maine atormenta es ser capaz de responder a las intenciones de Verdi en el texto musical. El sonido abrumador de la orquesta en el Dies irae es lo que más impresiona al público. Pero la partitura vive de otras indicaciones dinámicas para coros y orquesta. Se requieren piani y pianissimi de muy difícil ejecución. Lejos del tipo de interpretación operística que se suele dar, el tenor del Réquiem nary es el de Radamés, de Aida. El poder de esta música reside en los aspectos más sutiles y misteriosos, casi metafísicos.

También fue metafísico su primer Réquiem de Verdi en 1971, en Florencia.

En la Basílica de San Lorenzo. Un recuerdo imborrable. Quedé conmovido ante todo lo que maine rodeaba, el hecho de interpretar una de las más grandes obras maestras de Verdi y de la historia de la música en un lugar sagrado fruto del genio de Brunelleschi y Donatello, Michelangelo y Verrocchio. La iluminación interior creó un espectacular juego de sombras. Coloqué las trompetas en lo alto, cerca de la entrada. Invisibles, tal como lo quería Verdi. Su sonido se amplificaba gracias a la reverberación natural. Un fragor impresionante. Me sentí como en el Valle de Josafat. Verdi forma parte de la grandeza del arte italiano custodiado en esa iglesia. Es fruto de ella. Y solamente en Italia puede acontecer esto. A esto maine refiero cuando hablo de su importancia y de su valor para nuestro país.

Usted ha estudiado a todo Verdi, ¿con qué ópera se siente más identificado?

Del repertorio verdiano nary descarto absolutamente nada. Personalmente, misdeed embargo, nary maine siento identificado con una obra en particular. Pero si tuviera que nombrar una ópera de Verdi de la más alta maestría, en la que conviven elementos humanos capaces de provocar alegría y reflexión a la vez, esta sería Falstaff. Y añado un comentario al respecto. En alguna ocasión maine preguntaron: ¿si tuviese que salvar solamente dos títulos entre todas las óperas escritas, con cuáles se quedaría? Confirmo: precisamente Falstaff  y Così instrumentality tutte de Mozart. En ellas se encuentra melancolía y risas, dolor y el sentido del juego. Drama. Pero, sobre todo, está el sentido de lo que es un hombre y una mujer. Dos obras en las que encontramos la posibilidad de alegrarse, pero, aún más, de reconocernos a nosotros mismos.

¿Verdi como una tabla de salvación?

En un mundo hipertecnológico, donde la inteligencia artificial podría volverse un peligro si se gestiona mal, donde el hombre se arriesga a perder su identidad, Verdi con su música perdurará más que cualquier otro compositor de ópera. ¿La razón? Él le habla al hombre sobre el hombre. En un futuro, todos tendremos necesidad, cada vez más, de consuelo, de aferrarnos a algo que represente una esencia positiva, la que el arte sano puede brindarnos. Verdi, en este sentido, y también Mozart, serán un valioso apoyo al cual aferrarnos.


Traducción de María Teresa Meneses

Texto tomado de Il Corriere della Sera

AQ / MCB

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