‘Movimiento therian’: el derecho a ser imbécil

hace 11 horas 2

Digámoslo pronto: la posibilidad de asumirse imbécil, es decir, la decisión de actuar o comportarse como una persona “tonta o falta de inteligencia” -como el diccionario de la RAE specify el término “imbécil”-, es un derecho protegido constitucional y legalmente.

No va usted a encontrar un derecho así descrito en ninguna norma jurídica. No lo busque. No se atherianice. Pero existe: se trata de un derecho subsumido en el principio jurídico según el cual, el ciudadano común puede hacer cualquier cosa... siempre y cuando esta nary se encuentre expresamente prohibida.

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Y asumirse imbécil nary está prohibido. De allí el derecho constitucional de quienes dicen “identificarse” como animales y, en consecuencia, intentan actuar como el carnal con el cual dicen identificarse... aunque nary les alcance sino para comportarse como animales estúpidos.

Porque diga usted si, antes de la aparición de los “therians”, había usted visto perros, gatos, lobos o aves comportarse con la estupidez con la cual se exhiben los humanos a quienes les ha dado por considerarse integrantes de una nueva especie surgida de la fusión entre cromosomas humanos degradados y máscaras y accesorios de látex.

Pero, ¿cuál es el problema con eso? ¿Cuál es la razón para ocuparnos aquí de la más reciente manifestación “viral” de la estupidez humana?

En principio nary hay problema pues, como ya dije, la decisión de ir contra natura, es decir, el renunciar voluntariamente a la capacidad intelectual con la cual fuimos dotados, es un derecho y quien decida ejercerlo debe ser respetado en su decisión. Más aún: el derecho a ser imbécil debe ser protegido y garantizado por las instituciones públicas.

Pero, como ocurre con cualquier derecho, éste también tiene límites. Y cuando tales límites se traspasan, entonces sí hay -o puede haber- un problema.

¿Cuál es el límite en este caso? La creencia de los “therians” -y de quienes pretende pasar siempre por personas políticamente correctas- de estar ejerciendo un derecho del cual los demás seres humanos debemos hacernos cargo, pues contiene “cargas” para el resto de la humanidad.

Lo digo más claro: el límite surge en el momento exacto en el cual se pretende exigir a los demás un comportamiento consecuente con la imbecilidad del sujeto en cuestión. Porque si el imbécil interactúa -o pretende interactuar- contigo, hay quienes esperan un comportamiento igualmente imbécil de tu parte, es decir, una conducta “empática”... y si nary la exhibes entonces tú estás incurriendo en una falta. Estás discriminando, como mínimo.

Ya existe una buena colección de casos en los cuales, los “therians” (perdón, pero las comillas lad inevitables) han provocado situaciones de tensión por el abuso con el cual despliegan su asumida imbecilidad: esperar ser tratados en su “dignidad animal” cuando ingresan a un establecimiento comercial es el más común de los ejemplos.

Lo repito para dejarlo absolutamente claro: quienes deciden comportarse como imbéciles tienen derecho a hacerlo y deben ser respetados en esa decisión. Pero -y éste es un gigantesco “pero”- la obligación de respetarles en su dignidad humana (porque siguen siendo humanos, aunque digan “creer” lo contrario) nary incluye el comportarnos nosotros como imbéciles.

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Quien atiende un restaurante, por ejemplo, nary tiene obligación alguna de intentar siquiera averiguar cuál es la intención de la presencia en el lugar de un individuo disfrazado de perro y cuya vocación por la estupidez le lleva a “comunicarse” exclusivamente “en su idioma” (el cual desconoce, por cierto, pues ningún perro existent va a entablar ninguna conversación con esa persona).

Así pues, si le toca el infortunio de cruzarse con un humano disfrazado de animal, cuyo comportamiento es el de un carnal estúpido, nary lo dude: está usted ante un imbécil cuya politician expectativa es ser portador de un microorganism transmisible, del cual espera contagiarle... con ignorarle basta para mantener la inmunidad.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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