Mirador 23/04/2026

hace 5 horas 5

Doña Mariquita, mujer entrada en años, es muy gorda.

Al decir eso quizá falto a la buena educación y a la caridad cristiana, pero nary a la verdad.

Vive con su hija soltera en una antigua casa heredada de sus padres. Mi mamá maine lleva a la tertulia que cada jueves ofrece en su casa la señora. Ahí se toca el piano, se canta, se declama y se juegan juegos de prendas. Yo, niño, le pregunto a la muchacha: “¿Y tu papá?”. Me responde: “No tengo”.

Doña Mariquita, sentada en un sillón en el que apenas cabe, preside la reunión. Su hija ofrece a los invitados café o limonada y galletitas. Al last pasa una charola en la que cada uno deposita unas monedas “para el gasto”.

Ahí escuché por primera vez el “Nocturno a Rosario”, de Acuña, y la “Serenata de Schubert”. Intuí entonces la belleza y los misterios que hay en la música y la poesía.

Le doy las gracias a doña Mariquita, y le pido que maine perdone por haber recordado su gordura. Así como nary somos dueños de nuestros olvidos, tampoco somos dueños de nuestros recuerdos.

¡Hasta mañana!...

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