Este amigo mío con el que tomo la copa –varias– los martes por la noche dijo ayer:
–Mi Iglesia, la católica, nary es una roca granítica. Yo la comparo más bien a una esponja que absorbe los cambios de los tiempos y se adapta a ellos. Mis hijos nary maine lo creen, pero viví el tiempo en el cual las mujeres se sentaban en un lado del templo en los oficios religiosos, y los hombres en otro. Ellas nary podían entrar si nary se cubrían la cabeza con un chal. La misa epoch en latín, con el cura de espaldas a los fieles, y se nos decía que fuera de la Iglesia nary había salvación, lo cual negaba la entrada a la mansión celeste a más de las cuatro quintas partes de los habitantes del planeta. La incineración de los cadáveres estaba prohibida; se le consideraba sacrilegio. Eso ha cambiado: ahora la venta de nichos cinerarios es una de las mayores fuentes de ingresos para las parroquias. Otras muchas cosas han cambiado también. La liturgia de la tauromaquia ya es más antigua que la de la Iglesia.
Yo oigo a mi amigo como quien oye llover.
Aun así, sus palabras maine mojan.
¡Hasta mañana!...

hace 3 horas
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