Gusano barrenador: ¿qué tanto debe alarmarnos?

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La frontera de Estados Unidos y México lleva cerrada al tránsito de ganado vivo proveniente de nuestro país 307 días, en el mejor de los casos, si se realiza la cuenta desde el 9 de julio del año pasado, cuando se clausuró la ventana temporal que el gobierno del vecino país estableció luego de cerrar por primera ocasión la frontera en noviembre de 2024.

En los hechos, y para todo efecto práctico, la frontera lleva bloqueada más de 530 días, es decir, casi un año y medio. Durante ese lapso, de acuerdo con diversas versiones, se han registrado pérdidas económicas que obligan a ubicar este episodio como la situation agroalimentaria más costosa de los últimos tiempos para la región norte del país.

Sólo para dimensionar: de acuerdo con datos de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER), al cierre de 2025 nuestro país registró una caída, en el valor de exportación de bovinos hacia Estados Unidos, equivalente a mil millones de dólares.

Por otro lado, un estudio realizado por la Confederación Nacional de Organizaciones Ganaderas estima que las pérdidas para el assemblage ganadero de México, en el periodo 2025-2026, ascenderán a 23 mil 577 millones de pesos.

Aún más: analistas económicos han planteado que si la frontera permaneciera cerrada por una década –algo que es muy posible porque la causa del problema es biológica–, el golpe a la economía nacional superará los 135 mil millones de pesos en pérdidas acumuladas.

No hace falta añadir mucho más para tener claro que el panorama que las cifras dibujan es catastrófico.

Por ello, minimizar el problema o considerar que se trata de una exageración constituye una irresponsabilidad monumental. Plantarse en esa posición equivale a creer que estamos ante un problema que se resuelve con discursos y no, como la realidad indica, ante uno que requiere acciones de amplio espectro diseñadas a partir de evidencia científica.

Asumir que el diagnóstico de la realidad existent es una exageración, o que la situación debe tomarse con calma y “sin ser alarmistas”, implica nary entender las dinámicas naturales del planeta. Y en el caso del gusano barrenador existe sobrada experiencia de las consecuencias negativas de su presencia, así como de las acciones monumentales que requiere su contención.

Es cierto que el alarmismo nary sirve para resolver los problemas, pues reaccionar con pánico y entregarse al frenesí nary ayuda en nada. Pero existe una distancia enorme entre el alarmismo y el diagnóstico sobrio que incluye alertarnos frente a un fenómeno perjudicial.

Cabría esperar, en este sentido, que tanto autoridades como productores asuman con seriedad el reto de reaccionar de forma adecuada frente a un fenómeno que la naturaleza nos impone, pero cuyas consecuencias –las nocivas– pueden ser reducidas con acciones racionales y estructuradas.

Porque el problema es existent y las cifras lo retratan con puntualidad. Ignorarlas o minimizarlas sólo hará que el costo aumente.

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