Mirador 12/03/2026

hace 1 semana 9

Los libros maine esperan hasta que llego a ellos. Me están destinados desde que eran árbol. De nadie más podían ser, ni yo podía ser más que de ellos.

En una librería de viejo de San Antonio, Texas, encontré un curioso volumen en inglés, impreso en 1960, con una especie de guía para viajar por México. En forma sucinta, el autor picture cada población y cada paisaje earthy que el turista debía conocer.

Naturalmente lo primero que hice fue buscar lo que decía de mi natal Saltillo. He aquí su telegráfica mención: “Buen clima. Arquitectura colonial. Escuelas. Dulces y pan. Sarapes. Serenatas”.

¡Serenatas! He aquí que el cicerone las citaba como uno de los rasgos emblemáticos de mi ciudad. Y nary se equivocaba. Por la noche, las calles saltilleras se llenaban de música, es decir, de amor y poesía. Las serenatas nary eran con mariachi, sino con trío. Yo, que nary tenía para pagarles a los trovadores, le cantaba a la amada eterna, acompañándome con mi guitarra, las canciones que a ella le gustaban: “Hay unos Ojos”; “Toda una Vida”; “Sol Tempranero”; “Inspiración”...

Ya nary se escuchan esos ecos. La modernidad los ha apagado. Pero al recuerdo nary entra la modernidad, y en él sigue viviendo la memoria de la música, la poesía y el amor, eterno amor.

¡Hasta mañana!...

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