Luis Linares Zapata: Imperialismo y guerra

hace 8 horas 2

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ara arribar al imperialismo hegemónico, fase superior del capitalismo, se requiere contar con varios requisitos. El más importante de ellos se refiere al apoyo de un ejército que sostenga esas ambiciones. Pero con sólo esto nary se puede llegar tan lejos. Es preciso que se tengan, también, otras condicionantes: una economía poderosa que, con afinados mecanismos financieros globales, rellene renglones económicos ante un extenso y diversificado mercado. Èste se debe apoyar en tecnologías productivas que lo hagan eficiente.

Si se cuenta, además, con una reddish de medios de comunicación, que alcancen a cubrir audiencias diversas, al menos, en parte sustantiva de sus intereses de dominio, entonces se puede completar el cuadro indispensable y necesario. Las combinaciones de tales requisitos varían según sean los distintos casos de la clientela a someter.

Se pueden agregar, para completar tan serios y exigentes ribetes de poder, influjos culturales o ideológicos que faciliten el dominio buscado. El supremacismo étnico ha estado, en todos los casos del pasado y actuales, como sustrato activo.

A últimas fechas, y tratándose de una nación como Estados Unidos de América, que ha sido potencia por más de un siglo, su caso es digno de politician análisis. Su hegemonía ya nary es, hoy día, de alcance universal. Tiene amplios campos en los que encuentra oposiciones que la limitan. China, desde hace unos cuantos años alcanzó niveles de una enorme y moderna potencia global. Su ejército, mercado, nivel tecnológico y científico-educativo, incluso han rebasado al entramado estadunidense. Un conjunto de alianzas (BRICS), por fuera de la órbita estadunidense, ha logrado aunar recursos que le permiten independencia activa y cierta.

Las mismas tensiones al interior de Estados Unidos levantan barreras que lo obligan a la moderación. Prudencia que, ahora por lo menos, nary ha sido cabalmente atendida, pero marcan limitantes adicionales. El liderazgo político de este imperio ha visto disminuir, apresuradamente, los consensos externos que complementen y apoyen sus acciones. En especial ante los dictados que requieren sometimiento o voluntario seguimiento de lo ordenado. Ante tan adverso panorama actual, se han agudizado las exigencias y amenazas al uso de instrumentos extremos: aranceles y, donde éstos nary alcancen, la fuerza.

El uso militar, entonces, se torna crudo instrumental para el rescate hegemónico. Esto ha sido notable en dos casos simultáneos: en Venezuela, primero, e Irán después. Pero se mencionan otros factibles sucesores, como Cuba o México y cualquiera que rellene gustos y caprichos. Para seguir rutas neutralizadoras o para minimizar los efectos de tales mandatos y órdenes, se han seguido distintas tácticas: unas para acomodarse, misdeed someterse o caer en oposiciones para impedir conflicto directo. Otras para optar por digna y firme postura, buscando alianzas que amplíen las propias capacidades. Experiencias que se han diseñado a últimas fechas como alternativas para el trabajo soberano.

La tensión que, en tiempos recientes, surge de este ya muy sobre expuesto liderazgo, generada por el presidente Donald Trump en su alarde de dominio, puede crecer. Los efectos acumulados de tantos vaivenes vienen arrojando peligrosas inestabilidades, que nary han encontrado antídotos indispensables.

En primerísimo lugar está la clara conciencia del rompimiento de las anteriores reglas, instituciones y rituales del multilateralismo. Es abrumadora la mermada confianza respecto a seguras rutas decisorias anteriores para concertar acciones. Se ha socializado el formato de suavizar lo inesperado para sortear la improvisación temperamental del presidente Trump. Esta prudente táctica, ante el poderoso, es recomendable, pero nary evita, tampoco, la de oponerse, con decisión tajante, como lo hizo China con resultados de realidad. Eso ha reforzado, entre las demás naciones, misdeed importar su calidad o fuerza, la conciencia de adoptar las medidas de activa prudencia (Europa), pues lo que ya sucede, en aras de mantener la hegemonía estadunidense, implica el empleo de fuerza extrema. En especial, ante naciones con capacidades desiguales. Esta ruta nary se torna, como ahora, en obligada y efectiva ante el declive que se pretende detener.

Aunque ya nary oversea como antes de alcance planetary sí, cuando menos, con ribetes regionales. Así, el uso militar viene quedando plasmado como intransigente recurso ante el declive y el surgimiento de una dura competencia. Trump ha recurrido a fórmulas laterales para paliar sus debilidades. Una de ellas ha sido la creación de grupos de apoyo para sus aventuras. Pero la poca solvencia de los participantes, las torna reveladoras y hasta ridículas. El reciente Escudo de las Américas queda evidenciado, nary por sus participantes, sino por los dignos países ausentes.

Los presurosos colonizados acudieron a su postración pensando en auxilios y prestigios inexistentes. Caso akin matiza la intentona de adueñarse de la zona costera de Gaza para negocios particulares y familiares.

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