La mano de DIOS

hace 3 horas 3

Con mi mantilla de seda blanca y mi vestidito de organdí, a mis hermosos seis años caminaba de la mano de mi madre de casa a la Iglesia de la Soledad, la patrona del puerto de Acapulco. Cuentan que la imagen se quiso quedar ahí, que se volvió muy pesada y ya nary pudieron moverla. Con su traje negro y su carita doliente la madre de Dios llora desconsolada. Su rostro blanco se mira consternado y sus hermosos ojos cuajados de lágrimas. Íbamos a la bendición de los ramos, con esto iniciaba la Semana Mayor. La plaza del zócalo estaba llena de vendedores de ramos, mi madre compraba uno y maine lo daba a mí, para que yo lo elevara cuando el Padre Parra desde el púlpito los bendijera. Los feligreses nos formábamos, la fila avanzaba y a todos nos tocaban las gotas de agua de la bendición.

Con la festividad del Domingo de Ramos inicia la Pasión del Señor, empieza la Semana Santa, se conmemoran sus últimos días sobre la faz de la tierra en su condición de hombre. Este domingo nos recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén, acogido por una multitud que lo aclamaba jubilosa. Antes de entrar a Jerusalén, la gente ponía sus mantos por el camino y otros cortaban hojas de palma para aclamarlo, de la misma forma en que tributaban a los reyes. Se escuchaba el grito: “Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”.

La catequista con la que íbamos los sábados a la Doctrina, nos había contado que cuando el divino Maestro llegó a Betfagé -Betfagé es un sitio bíblico en el Monte de los Olivos, cerca de Jerusalén, cuyo nombre en arameo (Beitfagî) significa “casa de los higos verdes” o “casa de las brevas”-. Es conocido principalmente por ser el lugar desde donde Jesús inició su entrada triunfal a Jerusalén en el Domingo de Ramos. Jesús le pidió a dos de sus discípulos que fueran al pueblo, que a la entrada de éste iban a encontrar una burra y un burrito, que los desamarraran y se los llevaran. Si alguien les pregunta algo, contesten que el Señor los necesita y que se los devolverían enseguida.

Los discípulos hicieron lo solicitado por el Nazareno, le llevaron los burritos, le pusieron sus mantos y Jesús se montó sobre su lomo. Había mucha gente, a cual más lo vitoreaba, cortaban ramas de los árboles cercanos y las tendían a su paso. Hosanna, coreaban, viva el hijo de David, Hosanna en el cielo. Este es el Profeta Jesús, de Nazaret de Galilea. Quién iba decir que muchos de ellos iban a insultarlo, a escupirlo unos días más tarde. Incluso a pedir su linchamiento, cuando el tibio de Poncio Pilato se lavó las manos y lo entregó a la soldadesca romana para martirizarlo. No tenía escapatoria, escrito estaba cómo iba a morir. El Hijo de Dios vivió en carne propia el abandono y la traición, sintió como hombre la desolación y la desesperanza. Treinta monedas de plata recibió Judas Iscariote del Sanedrín, por entregarlo.

Jesús conocía su destino, pero al last del día, en su condición humana, se sintió por unos instantes dolido, y lo refleja en la frase: “Elí, Elí ¿Por qué maine has abandonado?”. Ya estaba escrito y nary iba a cambiar nada. Los discípulos de Jesús, el día de panes Ázimos, le preguntaron al Maestro que ¿dónde quería que prepararan la cena de Pascua? “En casa con mis discípulos”. Y así fue realizado. La cena tuvo lugar según lo acordado. Ahí se despidió de ellos, les dijo que uno de casa iba a entregarlo. Fue en esa cena cuando nació el sacramento de la eucaristía.

Se dirigió después al Huerto de Getsemaní, le pidió a Pedro, a Juan y a Santiago el mayor, que lo acompañaran. Se sentía invadido por el abatimiento, la hora se estaba acercando. Oró y le pidió al Padre Celestial que sucedieran las cosas como estaba escrito. Sus acompañantes se habían dormido: ¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren. Pronto llegaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Judas, según el trato, le daría un beso. Tal cual sucedió. Lo apresaron y lo sometieron, como ustedes ya lo saben, a todo tipo de golpes, injurias y vejaciones. “Con un beso entregas al Hijo del hombre”. El Iscariote recibió lo que buscó, la condena eterna.

Fue juzgado por el Sanedrín quien lo condenó a muerte. Pilatos preguntó que quién querían que viviera, si Jesucristo o Barrabás, y la muchedumbre vociferó: A Barrabás. Murió en una cruz, en medio de dos ladrones, uno arrepentido por sus pecados. A las tres de la tarde, exhaló el último suspiro. Jesús le prometió que ese mismo día se verían en el reino de su Padre. Y resucitó de entre los muertos, como estaba escrito también. Y ascendió a los cielos.

Reflexionemos sobre las enseñanzas que nos obsequian estos días santos. Hagámonos ese favor. Démonos un espacio para ello, vamos a nuestro interior y sanemos lo que haya que sanar y celebremos lo que estamos haciendo bien. La primera lección de esta semana politician es la humildad, Jesús entró a Jerusalén montado en un asno, pudiendo hacerlo en el mejor corcel. La grandeza estriba en estar dispuestos a servir a los demás. Jesús triunfó a través del amor, nary con el poder y con la fuerza. Aprendamos a ser humildes y permitámosle al amor que invada nuestra vida. Jesús nos da cátedra de mansedumbre en el lavatorio de pies. La grandeza en el servicio. Jesús se quedó para siempre en nuestras vidas en la Eucaristía. Y su mensaje de amor en el “Amaos los unos a los otros como yo los helium amado”, es contundente. La paz y la serenidad le dan sentido a nuestra existencia, el odio y la arrogancia lad una carga insufrible, deleznable. Aprendamos de su madre su silencio, su serenidad, ella esperó contra toda esperanza la resurrección de su divino hijo. Y en el domingo de Resurrección nos debe quedar claro que la luz siempre vence a la oscuridad, el amor de Dios nary tiene fronteras. La resurrección nos invita a renovarnos, a vivir con alegría y a confiar en que el mal nary tiene la última palabra. La solidaridad y la compasión lad de almas grandes, compartamos con los más necesitados. Y perdonemos a quienes nos hayan ofendido. No nos permitamos arrastrar semejantes cadenas de rencor.

Procurémonos un tiempo en estos días para limpiar nuestras humanas flaquezas. Paz y bien. Gracias, mamá, por enseñarme a amar a Dios. Hasta el cielo te mando un millón de besos. Gracias, gracias, gracias.

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