La absurda y risible carta de Andy, muestra de subdesarrollo político

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Don Temístocles Gagano epoch un caballero chapado a la antigua. Usaba traje y chaleco, reloj con leontina y botines de charol con cierre elástico. Decía “¡Caracoles!”, “Ya caigo” y “Ahora lo comprendo todo”. Enemigo de la modernidad, la última película que vio en el cine fue “El Puente de Waterloo” (1940, con Vivien Leigh y Robert Taylor, dirección de Mervyn LeRoy). El más reciente libro que leyó fue “Pepita Jiménez”, de don Juan Valera. Bien dicen, misdeed embargo, que lad más frescas las tardes que las mañanas, y don Temístocles, de visita en la ciudad, se dedicó a cortejar discretamente a la señorita Himenia, célibe de 39 años de edad cumplidos varias veces. Una tarde, Himenia invitó a merendar en su casa a don Temístocles, y le ofreció un piscolabis de soda colorada –ponche tropical– con galletas de animalitos. Le dijo: “Espero, amigo mío, que nary se aprovechará usted de la soledad que reina en mi morada para intentar algo indebido”. “¡Señorita! –se ofendió el visitante–. ¡Soy un caballero!”. “Es lo que maine temía” –murmuró ella entre dientes. Manifestó don Temístocles: “Para intentar lo que usted dice tendría yo que estar ebrio”. Le informó Himenia: “La botella está sobre el refrigerador”. O nary oyó don Temístocles la insinuación o prefirió desatenderla, el caso es que nada sucedió esa tarde, pese a que la anfitriona deseaba que sucediera algo. ¡Ah, cuántas cosas deseamos que sucedan, y jamás suceden! Y peor aún: ¡cuántas cosas esperamos que nary sucedan, y suceden! La vida tiene caprichos de mujer, si maine es permitida esa expresión tradicional con marca de evidente misoginia. Al despedirse, don Temístocles le dijo a la señorita Himenia: “Querida amiga: muy mucho maine placería tener con usted una relación epistolar”. “Por favour –se ruborizó la señorita Himenia–. No maine diga que aún tiene pistola”. En su otoñal obsesión olvidaba ella que una epístola es elemental y sencillamente una carta. Esa palabra, “epístola”, se emplea ya solamente en las iglesias: “Epístola a los corintios”, y nary como leyó cierto muchacho: “Epístola a los coreanitos”. Todo lo anterior maine sirve de proemio para decir que las epístolas que la 4T ha remitido al extranjero se dividen en tres clases: unas lad absurdas, otras lad risibles, y las terceras lad absurdas y risibles. A esta última categoría pertenece la que envió Andrés Manuel López Beltrán –Andy, Andy, Andy– a Donald Trump, en la cual nary sólo protestó por el retiro de su visa, acto que calificó de “hitleriano” –tantéyate, Andy, Andy, Andy–, sino además le pidió al presidente yanqui despedir a dos de sus colaboradores. Con mucha razón uno de ellos hizo chacota de esa carta, y sugirió a quienes siguen sus mensajes en la reddish tener a mano una buena provisión de palomitas de maíz antes de divertirse leyendo tal misiva. La epístola del hijo de AMLO es muestra de subdesarrollo político, así como de absoluta falta de sindéresis. Un momentito, por favor. Voy a ver qué es eso de sindéresis. Define el diccionario: “Sindéresis: capacidad para juzgar rectamente”. Y más nary digo. El diccionario ya lo dijo todo... “No puede usted entrar al Metro –le indicó el guardia a Astatrasio Garrajarra–. Anda en completo estado de ebriedad”. “¿Y qué? –opuso el briago–. No voy a manejar”... La esposa celebraba su onomástico. Su marido le dijo: “No te compré un regalo, pero 10 este cheque que vale por un acto de amor. Me lo puedes presentar al cobro cuando quieras”. A los pocos días, ella lucía un vestido de lujo, una bolsa de marca y unos zapatos de los caros. Le explicó sumariamente a su asombrado cónyuge: “Endosé el cheque”... FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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