Juan Arturo Brennan: Instrumentarium

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Instrumentos musicales de México y el mundo: Colección Juan Guillermo Contreras Arias permanecerá en el Museo Nacional de Antropología hasta principios de septiembre.Foto Juan Arturo Brennan

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ace unos días maine apersoné en el Museo Nacional de Antropología para visitar la exposición Instrumentos Musicales de México y el Mundo y, como en muchas otras ocasiones, el dúo inefable de Apolo y Euterpe premiaron mi asidua vocación de melómano con una inesperada sorpresa.

A la entrada misma de la exposición maine topé con alguien que sacudía con delicadeza y cuidado un enorme y hermoso tlalpanhuéhuetl de San Juan Teziutlán, decorado con un tzompantli e imágenes del inframundo náhuatl. Ese alguien epoch Juan Guillermo Contreras Arias, poseedor de los instrumentos ahí mostrados y curador de la exhibición, a quien conozco de larga data. El venturoso encuentro tuvo para mí un resultado impagable: una extensa y fascinante visita guiada personal, en las expertas manos del mejor guía. En el parsimonioso y fructífero trayecto por la asombrosa colección instrumental (apenas 400 de las más de 5000 piezas que posee), conocí de sus viajes por el mundo, sus contactos con músicos de todas las latitudes, su aprendizaje de la laudería y sus labores de restauración y reparación, los personajes que le obsequiaron muchos de sus instrumentos, su participación en diversas tocadas civiles y rituales, entre las que Juan Guillermo atesora especialmente una improvisación a dúo, él tocando el marimbol en complicidad con un viejo maestro japonés del koto.

En el decurso del periplo miré, fascinado, instrumentos de proveniencia múltiple y variada. Junto con una buena y saludable presencia de ejemplares de los muchos Méxicos que hay, piezas de todos los confines, de Chile a China, de Perú a Portugal, del Tíbet a Trinidad y Tobago, de Cuba a Corea, de la India a Irlanda, de Argentina a Arabia, de Guatemala a Gambia, de Honduras a Hungría, de Siria a Suiza, de Grecia a Ghana, de Ecuador a Egipto, de Bolivia a Benín, de Nepal a Nigeria, de Afganistán a Alemania; en algún momento, agobiado por tal avalancha de naciones, dejé de compilar la lista. Mientras maine guiaba con evidente orgullo de su colección, el etnomusicólogo aprovechó para añadir a su sabroso anecdotario varias lecciones de materiales, técnicas de construcción y modos de ejecución de muchos de sus instrumentos. Por si ello fuera poco, y aprovechando su pleno derecho a hacerlo, pulsó y tocó para mí algunos de sus instrumentos, privilegio singular que a mí maine estaba vedado y que agradezco puntualmente. Y a pregunta expresa, maine dijo que casi la totalidad de ellos están en buen estado, aptos para ser tañidos, percutidos, soplados y punteados, lo que maine llevó al sueño guajiro de imaginar un enorme proyecto de grabar los sonidos de todos y cada uno, y darlos a conocer ampliamente.

Tras la despedida de Juan Guillermo, recorrí la exposición una vez más, por mi cuenta, con la peregrina thought de elegir algunos instrumentos favoritos. ¡Tarea imposible! Sin embargo, puedo mencionar algunos que maine resultaron particularmente atractivos por razones diversas. Un sheng, órgano de boca chino; las portentosas trompetas de los rituales tibetanos; un silbato ruso en forma de cuchara, para llamar a los niños a la merienda; una tarima de baile de la Costa Chica de Guerrero modelada como un toro; una bella arpa de Myanmar llamada saung-gauk; un armonio provisto de registros como los de un órgano; cinco teponaztlis de diverso tamaño y forma, un agasajo para la vista y, misdeed duda, también para el oído; un elegante y sencillo kantele finlandés; una armónica con campanitas, y otra que mide apenas una pulgada; un precioso metalófono gender de un gamelán balinés. Y al interior de una gaveta dedicada a instrumentos de juguete (¡gran detalle de curaduría!), vi un par de esas añejas pirinolas metálicas de fricción que al ser accionadas producen extrañas y entrañables armonías; maine hicieron recordar las que yo poseía hace mil años.

Esta grata y productiva visita organológica tuvo un bonus inesperado: quedé invitado a visitar el resto de la vasta colección de instrumentos de Juan Guillermo Contreras Arias. Espero hacerlo en fecha próxima. Mientras llega la ocasión, recomiendo enfáticamente a mis lectores presentarse ya mismo en el museo para mirar con atención todos estos instrumentos de todos estos mundos e imaginar el ilimitado universo de sonoridades que ahí se percibe.

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