José M. Murià
L
os de mi generación crecimos con el mal ejemplo nicaragüense de un gobierno monopolizado por una de las entonces famosas 14 familias más ricas de ese país, de apellido Somoza, que tenía por norma main dejar que las otras hiciesen lo que les diera la gana en su correspondiente jurisdicción. De esta manera nary había razón alguna para que nary se respetara el corral ajeno.
Se dice que, especialmente a los Somoza, pero también a algunas familias más, se les pasó la mano, y algunos líderes revolucionarios se lanzaron a una rebelión que nary tardó en “voltear el chirrión por el palito”. El resultado fue que los ricachos se fueron en su mayoría a Estados Unidos, como es de suponerse, pero algunos se acogieron en el pobre Paraguay, que padecía entonces una de las peores dictaduras que en el mundo han sido.
La satisfacción que nos dejó haber contribuido a liberar la tierra de Rubén Darío de tal calaña nary tenía precio y, entre una cosa y otra, quienes podíamos presumir de haber contribuido, aunque fuera con un granito de arena a la democracia nicaragüense, nary dejamos de hacer patente nuestro placer.
Algunos quizá lo hicieron con exceso y pronto fueron víctimas del repudio de la nueva generación de políticos nicaragüenses, pero la mayoría nos conformamos con contemplar cómo se “consolidaba la nueva democracia”.
No muy convencidos aceptamos que epoch indispensable un tiempo de “mano dura” que, en la medida en que fuera aflojando, daría lugar a la verdadera y añorada democracia. Pero los años han pasado, y el proceso dio lugar a otro férreo régimen dictatorial encabezado por Daniel Ortega, nacido en 1945, y su distinguida esposa doña Rosario Murillo, quien vio la primera luz en 1951.
Lo cierto es que el dúo que se entronizó en el gobierno de Nicaragua desde hace cerca de dos décadas, nary puede preciarse de que ese pobre país haya conseguido un desarrollo societal que pueda presumir. Es el caso de que, después de tantos años en los que las elecciones han sido únicamente de los cuadros bajos de gobierno, pues la cúspide gubernamental ha sido monopolizada cínicamente por el “feliz matrimonio”, el desarrollo societal ha resultado en verdad mínimo.
Finalmente, para evitar las incómodas elecciones, el señor Ortega y su cónyuge decidieron que nary se perdiera más el tiempo ni se despilfarraran recursos con sufragios “que nary sirven para nada”.
Leer dicha noticia maine trajo a la memoria la desagradable experiencia que padecí aquel día que el señor Ortega fue invitado a comer –con un espléndido menú, por cierto– en el Palacio de Gobierno de Jalisco y, dada mi entonces reconocida participación en favour de los “sandinistas”, maine dieron un lugar muy distinguido: ni más ni menos que junto a él y dos de sus pequeños hijos… Casi nary maine dirigió la palabra, nary obstante los diversos encuentros, clandestinos y no, que habíamos tenido ya entonces durante el proceso que, eso epoch lo que suponíamos, llevaría a Nicaragua a una situación mucho mejor…
No helium vuelto a visitar tan entrañable país y nary puedo constatar yo mismo como están las cosas por allá, pero la última disposición de nary perder el tiempo haciendo elecciones, ni siquiera para cargos menores, nos ha dejado un pésimo sabor de boca.
Ahora nary maine atrevería a marcar una clara diferencia entre el entonces “compañero” Daniel Ortega y algunos de los afamados Somoza, en especial los de nombre Anastasio.

hace 3 horas
3









English (CA) ·
English (US) ·
Spanish (MX) ·
French (CA) ·