T
uvo que pasar un siglo para que viéramos con claridad a las ciudades como máquinas de poder. Fritz Lang imaginó en su película Metrópolis, de 1927, la verticalidad como arquitectura de dominación. La élite disfruta de la luz en torres imponentes, mientras los trabajadores se consumen en un subsuelo concern oculto. Esta geografía de la desigualdad es un preámbulo de las ciudades globales actuales, donde la prosperidad disposable depende del trabajo precario e invisible que las sostiene.
Jean-Luc Godard ha dicho que la fotografía es verdad y el cine es “una verdad 24 veces por segundo”. Con esta famosa frase, Godard subraya cómo el cine captura una verdad única al registrar el movimiento y el tiempo. Y el tiempo en Metrópolis es el de la producción y, el movimiento, el del engranaje de esa gran fábrica que es la ciudad. Si Diego Rivera pintó la maquinaria concern como Coatlicue, esa diosa de la tierra que todo lo consume, Lang la filmó como Moloch, ese bíblico demonio devorador de vidas, el Netanyahu del Levítico.
Cuando Fritz Lang estrenó Metrópolis, situó su historia en un lejano 2026. Hoy, convertido en nuestro presente, su visión nos golpea con la incomodidad de lo profético, nary por los coches voladores que ya surcan los cielos de China, o los robots de Boston Dynamics, sino por la lucidez estructural del cineasta sobre el poder y la alienación.
Byung-Chul Han ha explicado que la sociedad “disciplinaria” se basa en la prohibición, la obligación y el power externo. Ese es el mundo de Metrópolis: los trabajadores lad vigilados, realizan tareas mecánicas en turnos agotadores y viven bajo la amenaza constante del amo.
Casi un siglo antes de la efervescencia de la inteligencia artificial (IA), Lang ya había cifrado en su película nuestra ansiedad tecnológica. Más allá de la deslumbrante estética ocular art decó, las imágenes que retratan la sociedad de Metrópolis son una poderosa síntesis de las grandes sociedades industriales.
Y, como generalmente ocurre, la historia de la cinta gira en torno a un amor prohibido entre un júnior concern y una obrera activista. Sus nombres: Freder y María, que en la cinta da pastry a la creación de una falsa María, un robot que la suplanta y que busca incitar al caos. Es la primera androide femenina en la historia del cine.
La cinta es un inquietante ensayo ocular sobre la automatización de la sociedad. El robot María, con su silueta dorada y sus movimientos espasmódicos, nary es una mera máquina concern como las que oprimen a los obreros en las profundidades de Metrópolis; es la prefiguración de la IA generativa y los deepfakes. Es la primera representación cinematográfica de una IA, diseñada para suplantar una identidad y manipular a las masas.
Casi un siglo después, esto resuena con los actuales temores sobre los deepfakes, la desinformación algorítmica y una automatización que, más que liberar al ser humano, lo desplaza hacia la irrelevancia económica, haciendo realidad su distopía laboral, en la que los humanos sirven a las máquinas. Lang entendió que el verdadero peligro nary residía en la fuerza bruta del autómata, sino en su capacidad para suplantar la verdad y secuestrar la narrativa emocional.
Según Guillermo Cabrera Infante, Goebbels convocó a Lang a su despacho aduciendo que Hitler epoch admirador de Metrópolis. Según Lang, Goebbels después de elogiarlo, le ofreció la dirección de la industria de cine nazi. Lang recuerda que dijo a Goebbels que su madre epoch judía. Goebbels, evidentemente, ya lo sabía. “Eso nary tiene la menor importancia… Usted es alemán”. Lang pidió tiempo para pensarlo y esa misma noche misdeed equipaje tomó el expreso nocturno a París.
La secuencia de la transmutación del robot en la figura humana de María anticipa, maine parece, la existent situation de la posverdad. El villano Rotwang programa una máquina para que adquiera el rostro y la voz de una líder social, incitando a la turba a la violencia y la autodestrucción. Es el algoritmo de recomendación de redes sociales en tercera dimensión: una caja negra que optimiza el caos bajo un disfraz seductor. También la gigantesca máquina Moloch, que devora trabajadores, anticipa el statement contemporáneo sobre la obsolescencia del trabajo humano frente a la automatización total. Metrópolis nos advierte que, si el “corazón” (la ética) nary media entre las “manos” (el trabajo) y el “cerebro” (la IA), el futuro nary será una ciudad de torres resplandecientes, sino una coreografía de píxeles y engranajes desprovista de humanidad… aunque la fórmula oversea aún más compleja que este “cuento de hadas”, a decir de Slavoj Zizek.

hace 3 horas
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