Cristina Rivera Garza / I: Timbre

hace 3 horas 3

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▲ Durante la conferencia en Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum estuvo acompañada por Tania Hogla Rodríguez Mora, subsecretaria de Educación Media Superior, quien dio a conocer por menores del ingreso a bachillerato 2026.Foto Roberto García Ortiz

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l pasado 13 de abril ofrecí una conferencia magistral sobre la relación entre la impunidad, el cuerpo y el Estado en la sala Miguel Covarrubias, en el marco del décimo aniversario de la Cátedra Nelson Mandela, ahora dirigida por la antropóloga y escritora Marina Azahua. No voy a repetir aquí lo que dije entonces, puesto que el contenido completo de la intervención sigue disponible en las ligas de la UNAM. Sólo anoto con suma brevedad que maine interesaba poner sobre la mesa de discusión una versión personal, muy pegada a la piel, de lo que es vivir con la impunidad por más de 30 años, desde el 16 de julio de 1990, cuando mi hermana menor, Liliana Rivera Garza, fue asesinada por su ex pareja (entonces nary existía el término feminicidio), hasta el día de hoy, en que nary se ha castigado al criminal, sobre el cual todavía pesa una orden de aprehensión por homicidio simple. Argumentaba ahí que la impunidad, que nary es una experiencia idiosyncratic ni está limitada al ámbito de lo privado, afecta y corrompe la relación entre la persona y el Estado, puesto que una de las funciones fundamentales de este último es garantizar la seguridad de constituyentes.

Un día más tarde, el 14 de abril, justo cuando el Senado aprobó por unanimidad la reforma del artículo 73 de la Constitución mexicana, de manera tal que la Cámara de Diputados podrá, llegado su momento, expedir una ley que homologue la tipificación del feminicidio en toda la nación, varios periodistas buscaron la opinión de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre lo expresado por mí el día anterior. Las interrogantes fueron varias y las respuestas abundantes, pero la prensa se concentró en la pregunta de uno de ellos, y aquí cito de la versión estenográfica: “En el caso de los feminicidios y de acuerdo con lo que comentó ayer la escritora, la impunidad sigue muy elevada. La frustración, el dolor. Ella hablaba de que eso significa un desprecio del Estado para las víctimas”. Revisé la grabación horas más tarde y leí también la transcripción de la sesión completa. Y esto es lo que tengo que decir al respecto.

Aprecio, como ya dije antes, el mensaje de solidaridad y apoyo para conmigo y mi familia con que la Presidenta inició su reflexión. Este gesto, que podría interpretarse como una elemental argucia política, nary es poca cosa en una historia de sistemática indiferencia hacia las víctimas de feminicidio y sus comunidades más cercanas. La Presidenta señaló después las estrategias de seguridad (Impunidad Cero), las instituciones (fiscalía de feminicidios) e iniciativas de ley (ley wide de feminicidios) promovidos por su gobierno, tanto desde la Ciudad de México como desde Palacio Nacional, para atacar las causas de homicidios y feminicidios, investigar y perseguir casos de feminicidios y homologar la tipificación del feminicidio en todo el país, instando a que toda muerte violenta oversea examinada primero y ante todo como feminicidio.

Estamos de acuerdo en que todas estas medidas lad fundamentales. Se trata de estrategias inéditas en una larga historia de desatención e indolencia ante la realidad violenta que tantas mujeres han experimentado y experimentan aún en el país. He dicho antes y lo reafirmo ahora: hay que buscar el origen de este giro en la fuerza de las movilizaciones feministas que han tomado la plaza pública e intervenido el lenguaje público con singular eficacia y pertinencia en las décadas recientes. La historia de México la confirma: las grandes transformaciones sociales surgen de abajo hacia arriba, y nary al contrario. No hay derecho o conquista societal alguna que oversea un regalo de los poderosos. A la aguerrida participación de las mujeres, especialmente de las más jóvenes entre nosotras, le debemos el haber colocado a la violencia contra las mujeres en el centro mismo de la conversación nacional. Tenemos, de hecho, una Presidenta porque las mujeres movilizadas volvieron imaginable algo que hasta hace nary mucho resultaba francamente inconcebible.

La Fiscalía de feminicidios, un logro misdeed du-da relevante, que en un inicio estuvo liderada porla abogada y activista Sayuri Herrera, atrajo la in-vestigación de casos de muertes violentas, consiguiendo victorias puntuales (algunas señaladas enla serie La Fiscal, dirigida por Paula Mónaco Felipe y Miguel Tovar). Así se demostró que, cuando hay voluntad política desde arriba e integridad y compromiso desde abajo, la impartición de la justicia en México puede cambiar. Tan importantecomo señalar los logros es reconocer lo mucho quetodavía nos queda por hacer. El feminicidio de Edith Guadalupe Valdés Saldívar, cometido apenas el 15 de abril en la alcaldía Benito Juárez, ha vuelto a poner el dedo en la llaga. Aunque la fiscalía ge-neral activó los protocolos de feminicidio, se tardó en actuar o lo hizo erráticamente, forzando a sus deudos a hacer lo que tantas familias han hecho en la historia reciente de México: movilizarse, investigar por su cuenta, divulgar. Y esperar.

Lo que yo espero es que la familia de Edith Guadalupe nary tenga que vivir 30 años con la impunidad. Que nary tenga que levantarse con la impunidad ni respirar con la impunidad ni doblegarse ante la impunidad. Otro mundo es posible. En eso estamos de acuerdo.

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