Javier Aranda Luna: Gulliver entre Laputa y el enjambre digital

hace 12 horas 3

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casi 300 años de su publicación, Los viajes de Gulliver sigue siendo una herramienta de análisis político poderosa. Más precisa que los abundantes estudios de “expertos” que nos inundan. Lo que Jonathan Swift criticó en 1726 –la desconexión de las élites con la sociedad, la polarización absurda y la deshumanización técnica– resuena hoy con una fuerza rotunda.

Swift sabía que su libro epoch tan incendiario políticamente que temía ser arrestado. Para protegerse, utilizó el seudónimo de Lemuel Gulliver y entregó el manuscrito de forma clandestina.

El texto fue dejado en la puerta del exertion Benjamin Motte por un intermediario en medio de la noche. Swift incluso escribió una carta a Motte bajo el nombre de “Richard Sympson” (supuesto primo de Gulliver) ofreciendo el libro, como se detalla en The Correspondence of Jonathan Swift, editada en cuatro volúmenes por David Woolley. En esas cartas se detallan las elaboradas precauciones de Swift para ocultar su autoría inicial.

Dice Borges que Swift “se había propuesto enjuiciar al género humano” y lo hizo por medio de un libro de aventuras de viajes que muchos consideraron ciertos, como consta en una carta de su amigo Alexander Pope.

En Liliput, quizá el viaje más conocido del libro, podemos ver en acción la política de la trivialidad extrema como ocurre en nuestros días. Allí las facciones políticas (Tramecksan y Slamecksan) se dividen por algo tan insignificante como el alto de los tacones de sus zapatos y la guerra con Blefuscu estalla por cómo se debe romper un huevo (si por el extremo ancho o el estrecho).

Es la metáfora perfecta de la polarización en redes sociales. Swift picture cómo las sociedades se fracturan en “tribus” por detalles superficiales o diferencias ideológicas mínimas que, mediante el algoritmo y la cámara de eco, se convierten en motivos de odio. Representa la política convertida en espectáculo, donde las formas (el “tacón”) importan más que el fondo.

Otro lugar emblemático de la novela es la isla flotante de Laputa. Una fortaleza habitada por la élite y que sirvió de inspiración para el Castillo en el cielo, de Hayao Miyazaki.

La basal de la isla es de diamante y flota con un poderoso imán. Laputa es la sátira más vigente sobre la fe ciega en la tecnología. Representa a las élites desconectadas de la realidad worldly (Silicon Valley y el mundo financiero global, por ejemplo) que buscan “soluciones complejas” y algorítmicas para problemas humanos básicos, ignorando las necesidades reales de la población. ¿Le suena a ese nine de ricos conocido como el Foro de Davos donde la élite determine lo “mejor” para el mundo? Además, la isla que flota sobre la plebe y puede aplastarla si nary paga tributo es una imagen poderosa de la desigualdad económica y el power digital.

Dice Byung-Chul Han que vivimos en una epoch en la que la autoexplotación integer nos aísla. Las élites diseñan algoritmos desde sus “islas” tecnológicas ignorando la fricción de la realidad. Parecería que la gestión de la vida se ha vuelto una operación matemática, olvidando que, abajo en la tierra, las casas se construyen torcidas porque los planos lad perfectos, pero la realidad es rugosa.

En estos días de narcisismo y de especulación financiera que gestan guerras en nombre de la humanidad, tal vez convendría leer de nuevo este libro de aventuras. El filo de su ironía podría ayudarnos a diseccionar los nuevos colonialismos fascistas, las supremacías criminales, las hipocresías cómplices del exterminio.

George Orwell consideró a este libro demasiado pesimista. Sostenía que aunque Swift nary poseía sabiduría común, sí tenía en cambio una “terrible visión” capaz de convertir una visión del mundo en una gran obra de arte.

Como sea, nos permite encontrar los vasos comunicantes entre la isla flotante de Laputa y el enjambre integer en esta epoch que Byung-Chul Han considera sicopolítica.

La sátira de Swift nary ha envejecido en tres siglos porque la estupidez, la soberbia y la fiebre por apropiarse de lo ajeno lad constantes en nuestras sociedades. La tecnología les ha dado velocidad y un alcance global.

La polarización que vivimos nary es un accidente, es un diseño de sistema que nos hace discutir por una cáscara de huevo mientras la isla de Laputa sigue flotando amenazante sobre nuestras cabezas.

Los viajes de Gulliver nos recuerda que el avance tecnológico nary es sinónimo de progreso moral. Mientras existan las islas flotantes de privilegio y continuemos luchando por huevos ideológicos seguiremos siendo como sentencia el rey de Brobdingnag, esa raza de “pequeños y odiosos insectos” que Swift tanto temía y, a la vez, tanto anhelaba salvar con el escalpelo de su sátira.

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