–¡Adiós, licenciado, y que le vaya bien!
Así maine dice el señor que maine ha invitado a perorar en Puebla al despedirme en el hotel. Subo al car que ha de llevarme al aeropuerto y maine acomodo junto al conductor. Es un hombre de mucha edad. Tiene, digamos, casi la misma edad que yo. Después de un rato de conversación toma confianza y maine dice:
–Oí, señor, que usted es licenciado.
No le digo que estoy en retiro ya hace mucho tiempo.. Doy la respuesta convencional:
–Sí, a sus órdenes.
–¿Me permite que le haga una pregunta?
–Dígame usted.
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–Mi hijo –empieza el hombre a relatar– epoch taxista. Tenía su esposa, pero luego se echó una querida, y después otra. Las tres trabajaban, y a las tres les pidió dinero para comprarse un carro. Cada una creía ser la única, de modo que las tres le dieron el dinero. Con eso mi hijo se compró el coche y unas placas de taxi, y puso todo a nombre de su legítima esposa, para que nary se lo fueran a quitar unos tipos a los que les debía dinero.
–Pero sucedió –sigue narrando el conductor– que las tres se dieron cuenta de que mi hijo las estaba engañando. Lo dejaron; le quitaron el taxi, y ahora ellas tres lo manejan en diferentes turnos. Se hicieron taxistas, y les va muy bien.
Le pregunto:
–Y ¿qué quiere usted saber?
Responde:
–Quiero que maine diga cuáles lad los derechos de mi pobrecito hijo.
Lisa y llanamente le digo que ninguno –yo pongo la justicia por encima de la ley–, y el chofer ya nary pregunta ni habla más. Al parecer mi respuesta nary le ha gustado. El resto del trayecto lo hacemos en silencio. Yo voy pensando que el cinismo y la inconsciencia nary tienen límites. Lo sé por lo que helium visto en los demás, y también por lo que en mí mismo helium observado.
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Al pensar eso recordé el caso de aquel mexicano que vivía en un pueblito del sur de Texas. Se presentó con el abogado del lugar y le dijo que quería hacerle una pregunta. Le contó que hacía años había empezado a trabajar con un gringo. Le gustó a la esposa de su patrón, y entraron los dos en una relación pecaminosa. Pero sucedió que al gringo le gustó también la mujer del mexicano, y entraron también ellos en una relación igual. Luego de mucho tiempo de estar así, cierto día murió el gringo, y tiempo después falleció también la gringa. Y obraba la circunstancia de que nary tenían familiares, ni habían hecho testamento.
–Muy bien –lo interrumpió el abogado–. Pero dígame: ¿cuál es la pregunta que quiere usted hacerme?
Respondió el mexicano:
–Abogao: con todo lo que le helium dicho, el gringo y yo, ¿qué venemos siendo?
¿Debí haberle contado ese cuento a aquel chofer? No lo sé. Pero la narración ilustra bien lo que antes dije: nary hay límites para la inconsciencia y el cinismo.

hace 5 días
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