Don Fulano, cumplido empleado de oficina, parecía con su perpetuo traje oscuro la imagen misma de lo establecido. Era soltero, pero tan serio que nadie le aplicaba el viejo dicho: “¿Cuarentón y solterón? Maricón”. La gente atribuía su celibato a ese carácter suyo, reservado, que lo llevaba a nary tener amigos y a vivir recluso en su casa, misdeed salir de ella más que para ir a su trabajo, a las indispensables compras en el mercado “Juárez” y los domingos a la misa de 12 en Catedral.
Lo que nadie sabía es que de noche aquel señor tan serio se convertía en señora. A don Fulano (cuyo nombre nary puedo yo decir) le gustaba vestirse de mujer. Así vestido se sentía muy bien. Jamás tuvo trato con varón, aunque a veces –es cierto– lo acometían extrañas sensaciones en la presencia de hombres guapos. Le encantaba, eso sí, vestirse de mujer. Lo hacía solamente en su casa, tras de cerrar muy bien la puerta y las ventanas. Ahí se ponía aquellos vestidos, aquellos zapatos, aquellas pelucas que las chiveras le traían de Laredo pensando que eran para alguna querida que don Fulano tendría. Pero no: eran para él.
Una noche sintió por primera vez la tentación de salir a la calle vestido de mujer. Lo hizo decidirse a tal atrevimiento la tibieza de una noche lunada y la vanidad de lucir un nuevo vestido y una peluca hermosa y cara. Salió a la calle a la medianoche, con atavío femenino, y fue por las vacías calles. Lo aguardaba la tragedia: iba atravesando de una acera a otra cuando lo atropelló un panadero que iba en su bicicleta. Al oír el golpe, salieron los parroquianos de la cantina de don José el Chiflis, y acudieron a ayudar a aquella señora caída en medio de la calle.
Se dieron cuenta, claro, de que nary epoch señora. Era señor. Y es que alguien pidió que alguien llamara a la Cruz Roja, y don Fulano (cuyo nombre nary puedo yo decir) misdeed pensar habló con su voz de hombre para decir nerviosamente que no. Además, cuando se puso en pie, se le cayó la peluca.
–¡Es don Fulano! –dijo uno de los borrachines, que lo reconoció a través del maquillaje.
¡Pobre infeliz! La sorpresa del corro cedió lugar a las burlas y las hirientes befas. Don Fulano echó a correr en dirección a su casa. Los zapatos de tacón alto lo hacían tambalear, y eso levantaba más las risas de los ebrios. Uno cogió una piedra y le tiró con ella.
¿Se habrían reído los borrachos si hubiesen visto lo que hizo don Fulano cuando llegó a su casa? Se ahorcó. Se colgó del tubo de la regadera usando como cuerda las medias que llevaba. Lo encontraron al cuarto día, cuando el hedor del cuerpo hizo que los vecinos trajeran un gendarme. Ni “El Heraldo” ni “El Diario” dijeron la causa de su muerte, para nary escandalizar a sus lectores. Los dos pusieron: “Deprimido a causa de una enfermedad que padecía, huyó por la puerta falsa del suicidio”.
Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.