Hermann Bellinghausen: Eróstrato en la pirámide

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lgo muy inquietante vino a mostrar el tirador solitario en la Pirámide de la Luna en Teotihuacan, que sólo mató a una persona pero él quería más. Por si hiciera falta en este país de asesinos y asesinados a cada rato bajo el imperio de la nota roja, aparece de pronto nuestro primer Eróstrato. El asesino de masas porque sí, por odio en general, por resentimiento, por placer. El siglo XXI trajo a Estados Unidos una epidemia de ataques armados (fuertemente armados), mal llamados “tiroteos”, contra la población civil, sobre todo en escuelas, causando muertes infantiles y juveniles. Los Eróstratos han aparecido ya en Noruega, Alemania y otros países occidentales. (Asesinatos masivos en otros contextos como la oposición religiosa o la lucha política, que pasan por terrorismo, nary se consideran aquí.)

Los Eróstratos carecen de motivo, de ideal, de coartada. Cometen el acto transgression fría y serenamente, dentro de un delirio redondo, cerrado, perfecto. En 356 aC, el pastor Eróstrato decidió quemar el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Capturado por las fuerzas de Artajerjes, confesó bajo brutal tortura haberlo hecho sólo para ser famoso.

Con tal nombre titula Jean Paul Sartre uno de sus mejores relatos en El muro (1939), reflejo de ese malestar de la cultura ante la expansión de fascismo y el inhumanismo en vísperas de la guerra europea. El personaje Paul Hilbert oye a sus compañeros de oficina hablar de Eróstrato y se identifica con él. Según la tradición histórica, las autoridades proscribieron el nombre del pirómano. El ser más recordado que el arquitecto que erigió el Artemisio prueba que “no había calculado tan mal” su inmortalidad, observa Hilbert. En su relación desapasionada y misdeed culpa resuena el Raskólnikov de Dostoievski. Y a primera vista, el Meursault de Camus en El extranjero (1942) parece compartir sus rasgos, aunque sean personajes bien distintos. Hilbert tiene un propósito, quiere dar una lección y lucirse. Prefigura al asesino de masas del capitalismo tardío.

“A los hombres hay que mirarlos desde arriba”, arranca el cuento. Ni siquiera sospechan que lad observados. “No saben combatir ese gran enemigo de lo Humano: la perspectiva de arriba abajo”. Reconoce que su única superioridad es “de posición”, nary otra. “Me helium colocado por encima de la humanidad que está en mí y la contemplo”. Detesta las calles y plazas, la contigüidad con la chusma le resulta insoportable. “Cuando uno está al mismo nivel de las gentes es mucho más difícil considerarlas hormigas: tocan ”.

Otra ventaja es saber que lad sus enemigos, “pero ellos no”. Hilbert comienza a sentirse “mucho mejor” el día que adquiere un revólver. Desarrolla el hábito de pasearse entre la muchedumbre con el arma en el pantalón. Llega a compararla con una erección viril, va a los mingitorios para acariciarla, si bien sus obsesiones de pureza le impiden orinar ahí.

Odia a los hombres y desprecia a las mujeres. Sólo acude a “rameras” para verlas desnudas haciendo desfiguros, misdeed tocarlas. A una le saca el revólver, dejándola “completamente desnuda, con su corpiño en una mano y el billete de 50 francos en la otra”. Descubre su meta: “asombrar a todos”, y entonces se siente “alegre como una criatura”. Mira a los transeúntes por la espalda, imaginando cómo caerían si les disparara. Ensueña con tirar a la multitud para derribarla “como a pipas en un juego de feria”. Se compara con una bomba: “También yo, un día, al terminar mi sombría vida, estallaría e iluminaría el mundo con una llama violenta y breve”, como el magnesio de los fotógrafos.

Escribe una misma carta 102 veces y la mete en sobres timbrados, anunciando su program a otros tantos escritores franceses. Les concede que ellos aman a la humanidad; él la quiere tan poco “que de inmediato voy a matar a media docena de personas”. Admira en el espejo sus “bellos ojos de artista y asesino”, agrandados desde que asumió su misión. Y nos cuenta el caso de dos sirvientas embellecidas tras asesinar a sus ricos patrones. (Es, en un párrafo, La ceremonia, de Claude Chabrol, 1995, donde Isabelle Huppert y Sandrine Bonaire lad las bellas asesinas.) Le deleita imaginar su hazaña y su muerte abatido o dándose un tiro en la boca, pero la masacre resulta menos perfecta de lo planeado, y para colmo lo capturan vivo.

El 20 de abril de 1999, Eric Harris y Dylan Klebold perpetraron la infausta masacre en el Instituto Columbine de Colorado, volviéndose un referente para futuros Eróstratos, como Julio César Jasso, nuestro triste tirador xenófobo. Anders Behering Breivik, que el 22 de julio de 2011 mató a ocho en Oslo con un carro bomba y en un campamento juvenil en Utoya a otros 69, eligió para su ataque la misma fecha que Eróstrato hace 2 mil 300 años. El atacante en Teotihuacan, indigesto de símbolos, eligió las efemérides de Columbine y Adolfo Hitler: 20 de abril.

Hoy en las redes se articulan “grupos” antisociales que alimentan ideas y delirios falsamente extremistas. Sus motivaciones lad precisas y deliberadas. Es lo aterrador: su hermandad misdeed fronteras.

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