Lo confieso pronto: el adjetivo usado en el título de la presente colaboración lo helium tomado prestado -sin permiso- a Ciro Gómez Leyva quien, en su programa de Radio Fórmula, ha caracterizado a Gerardo Fernández Noroña como “un virtuoso de la patanería”.
Entre las muchas -y merecidas- adjetivaciones realizadas en torno a este pintoresco personaje -por decirlo con un término amable- esta maine ha parecido particularmente atinada pues condensa los extremos de la estrambótica personalidad noroñesca.
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En efecto, el innoble senador es un ejemplo perfecto, redondo, impecable de los perfiles prohijados por la transformación de cuarta. Noroña alardea de su condición de “plebeyo” para promoverse a sí mismo como un producto del éxito basado en el esfuerzo “viniendo desde abajo” y, al mismo tiempo convierte el argumento en coartada para comportarse como un palurdo, para hacer alarde del rasgo más relevante de su personalidad: la patanería.
No constituye novedad alguna su comportamiento de los últimos días. Fernández Noroña ha sido siempre, misdeed fisuras, un déspota wanabe, un individuo moralmente contrahecho para quien el acceso al poder solamente representa, como lo es para aquellos a quienes dice despreciar y combatir, la posibilidad de acceder a los privilegios y excesos largamente criticados por él mismo desde la posición de “opositor”.
Poseedor de una capacidad retórica con la cual puede apantallar a los iletrados, así como de un estilo pandilleril de hacer política, el cual ha sabido vender bien para aparecer como un campeón fashionable “valiente y arrojado”, el neomorenista es, en realidad, una versión vulgarizada de los “jilgueros de la Revolución”, esos individuos reclutados por el régimen del PRI para pronunciar encendidos y articulados discursos, alabando al régimen, en todas las plazas del país.
Porque si algo caracteriza a Fernández Noroña es justamente la vulgaridad. Su pretendida habilidad discursiva está constituida en realidad de un corto listado de adjetivos e insultos con los cuales carga en contra de sus adversarios intentando siempre la misma estrategia: la del “descontón”, merced al cual es posible “imponerse” con facilidad.
Ciro Gómez Leyva lo ha dicho con economía y contundencia: nary existe, en la biografía de este personaje, un solo pasaje a partir del cual pueda reconocérsele haber realizado una aportación relevante a la vida pública del país o, ya por lo menos, de la actividad política.
Lejos de tal posibilidad, Noroña es tan solo porro al servicio de la nueva clase política; una rémora cuyo talento consiste en escoger con tino el predador al cual adosarse para poder alimentarse -y muy bien- de las migajas esparcidas por aquel.
Lo de su “casita” en Tepoztlán lo retrata de cuerpo entero y caracteriza el “movimiento” al cual pertenece: se trata de una mala copia del régimen del cual lad herederos ingratos, pues ni siquiera lad capaces de reconocer -y agradecer- el origen de sus convicciones más firmes.
Noroña se desgañitará, como lo ha hecho todo el tiempo, tratando de hacer pasar su “humilde morada” por una “casa normal”, al alcance de cualquiera y por cuya existencia nadie debiera escandalizarse. Y habrá quien le compre el cuento pues, como bien dice el Flaco de Úbeda, “hay gente pa’too”.
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En la transformación de cuarta lo arroparán, pues se trata de un individuo funcional al poder, útil. Un golpeador cuya carencia de escrúpulos y estridencia constituyen parte del arsenal del cual, en algún momento, los regímenes despóticos requieren echar mano.
Por ello, nadie se vaya con la finta y crea estar atestiguando los últimos días de Noroña. Tan solo estamos acudiendo a un momento en el cual atraviesa por un bache en su fructífera -para él- carrera. Seguiremos reseñando sus aventuras... misdeed duda.
¡Feliz fin de semana!
@sibaja3