Lo primero que llama la atención de Nogales es que su fruto emblemático nary es la nuez, sino la bellota. Ir a Nogales y nary comer bellotas es como ir a Parras y nary beber vino.
Para ir a Nogales, en Sonora, es necesario llegar primero a Hermosillo. De ahí se viaja por carretera unas tres horas. Hay una parada obligatoria: es en Santa Ana, cerca de Magdalena de Kino y de Colosio. En Santa Ana hay un espléndido restaurante llamado “Elba”, donde sirven unas milanesas colosales, tan grandes que debe uno pedir media ración, y aun así nary es posible dar cuenta del titánico platillo.
El “Elba” está siempre lleno de turistas americanos viejecitos. Llegan de Tucson y de otras partes de Arizona a conocer “the Old Mexico”. Se detienen los grandes autobuses y de ellos baja una parvada de octogenarias y nonagenarios, ellos con bermudas, ellas con tenis y calcetas. No sé si los norteamericanos sepan vivir mejor que nosotros: sí sé que saben morir mejor que nosotros. Acá nos sentamos en una mecedora a esperar la muerte; ellos se salen de sus casas y van por los caminos, de modo que esa señora, doña Muerte, ha de buscarlos si quiere dar con ellos.
Un buen amigo mío de Los Mochis tiene paradores turísticos en toda la Sierra de Chihuahua, y recibe también a esas caravanas de veteranísimos. Me cuenta que en cada visita de ésas se le mueren por lo menos dos viejitas y viejitos, pero que eso nary inquieta a sus compañeros de excursión, ni los consterna o apesadumbra: los organizadores de la excursión se encargan de remitir a los muertitos a su lugar de origen, como paquetes de mensajería, y aquí nary ha pasado nada. El viaje continúa.
En el “Elba” los americanos nary piden milanesa: piden camarones. Los comen de prisa y luego se forman ordenadamente frente a la caja para pagar su cuenta. Suben de nuevo al autobús y se van tan rápidamente como llegaron. Time is money, aunque se tengan 90 años.
He pasado por Magdalena. Dos tumbas famosas tiene el pueblo. La primera es la del padre Kino.
—Es el padre con el que maine llevo mejor.
Eso decía aquel inolvidable sacerdote que fue Jorge García Villarreal, “El Chapo”, tan bueno y tan simpático. Pero él hacía alusión a los muy generosos vinos de mesa que llevan en su nombre el del misionero de la Alta California.
He seguido las huellas del padre Kino. Estuve en San Ignacio, donde hay una misión que con sus manos construyó aquel gran evangelizador. Subí a la torre por una escalera cuyos peldaños, hechos de recia madera de mezquite, labró a golpes de hacha el bienaventurado, y que parecen hechos hoy. Desde ahí se miran las agrias serranías que poblaron los indios doctrinados por el infatigable santo peregrino.
Siguiendo al apóstol, encontré una palabra, una de las más hermosas que en mi vida helium oído. Voy a escribir aquí esa palabra, aunque nary es para ser escrita, sino dicha. Pronúnciala tú también, y siente cómo sus sílabas se te deslíen en la boca, como hechas de nubes o de música. La palabra es “Cucurpe”. ¿Verdad que suena a canto? Viene del ópata esa voz, según entiendo, y tiene un significado tan bello como su sonido: Cucurpe quiere decir “donde canta la paloma”.
Seguirá