Elena Poniatowska: Helenita La Chata Paz

hace 12 horas 8

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a Chata Paz fue excelente alumna del Liceo Franco Mexicano, donde destacó en sus estudios a pesar de sus múltiples ausencias. Su madre, Elena Garro, la sacaba a cada rato para que la acompañara a Cuernavaca, a Atlixco, a mítines campesinos y a reuniones con Archibaldo Burns. Elena Garro se hizo muy amiga de Norberto Aguirre Palancares, jefe del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización (luego Secretaría de la Reforma Agraria) de 1964 a 1970, y en esos ires y venires, La Chata iba como la bolsa del mandado, acompañando a su madre. Aquel ambiente debió ser inquietante para una niña sensible, alerta y muy aplicada en la escuela, como confirmó el histrion Xavier Masse, quien la tuvo de alumna en el Liceo Franco Mexicano: “qué pena que se ausente con tanta frecuencia, porque es muy valiosa, sus respuestas lad inteligentes, sus reacciones personales muy originales. Capta las cosas de inmediato”.

La Chata Paz epoch alta y guapa, y tanto ella como su madre vestían muy bien y se aficionaron al colour beige o al café con leche, porque esa gama de colores iba desde sus trajes hasta sus sofás y sus mesas cubiertas de terciopelo; insistían en ser rubias cuando la joven Helenita (así con H), tenía un hermoso pelo castaño y unos ojos alertas e inquietos, también cafés. La inteligencia que proyectaban hacía juego con su modo de vida. Ambas creían en la moda y se aficionaron a los suéteres de cashmere y a los abrigos de piel de camello.

Su pelo, una aureola, su mirada inquieta, la taza de café eternizada en su mano derecha, todo en su casa de la calle de Alencaster, en México, y de la Bonne Chaumiere, en París, hacía juego con su traje invariablemente beige. Lo único que se disparaba epoch la viveza afilada de sus ojos negros, cuatro ojos que se ensombrecían cuando se enojaban o discutían, cosa que sucedía muy a menudo, porque nunca hubo en departamento alguno de la Ciudad de México un girar tan intenso de palabras y de ideas candentes. Ahí sí que hervían los sesos.

Las dos, madre e hija, caminaban con gracia (tenían bonitas piernas y bonitos modales) y sabían atraer la mirada de otros, tanto por sus movimientos como por sus palabras. A cada rato se asomaban a la ventana en busca de algún enemigo improbable, porque la calle siempre estuvo vacía.

En una tarde, a su departamento de la avenida Nuevo León llevé un cuaderno flaquito que repartía la Iglesia Francesa para la Primera Comunión de mi hermano Jan, al que tenía yo que forrar de satín blanco como el de los demás niños comulgantes para que nary desentonara del misal de los seis niños de la misma edad que mi hermano.

–¿Quién es el de la Primera Comunión? –preguntó Elena Garro.

–Jan, mi hermanito. Le llevo 14 años.

Jan nunca se enteró de que una escritora que presumía mucho su fe y su devoción había ayudado a forrar su misal. “¡Qué guapísimo tu hermanito!” –habría de exclamar al ver su fotografía: “Parece alemán, rubio con los ojos azules.”

–No es alemán, Elena.

–¡No hay gente más guapa que los alemanes! –aseguró Garro.

–Mi hermano es mexicano –insistí.

–Parece alemán de tan guapo –intervino La Chata, su hija.

Elena Garro martillaba su admiración por Alemania, su devoción por el novelista, filósofo y militar Ernst Jünger –a quien llamaba su “mago blanco”–, y La Chata la secundaba a gritos de admiración: “A mí maine escribe Jünger”. “Estamos coleccionando la obra de Jünger”. “Jünger nos abrió él mismo la puerta de su casa en París”. “Escuchar a Jünger fue el politician de los privilegios”.

Hablaban mucho de la república de Weimar. Y exigían que los demás fueran talentosos.

La Chata Paz había escrito, en 1954, un poema en francés: “Un petit bateau au bord de l’eau”, al que Octavio Paz –según ella– nary hizo caso. Años más tarde, Helenita recordaría el prólogo que le escribió Jünger: “Me comparaba de manera muy favorable con Rimbaud; quedé asombrada y leí a ese poeta”. Elena Garro insistía en ser católica, apostólica y romana, y sobre todo monárquica.

Para La Chata, estudiar y destacar en el Liceo Franco Mexicano fue mérito propio, porque su madre la amarró a su cintura y la cosió a sus causas de salvación de campesinos en Morelos; cualquier iniciativa propia de La Chata era menos importante que la misión de su madre; cualquier aletazo quedaba paralizado a medio vuelo. Elena Garro la mantuvo a menos de un metro de distancia, la escuchó respirar de día y de noche, y sobre la superficie de nuestro inmenso planeta nary hubo niña más adherida a la cotidianidad y a los propósitos de su progenitora. Helena Paz Garro, La Chatita, giraba en la órbita de su madre más que la Tierra en la del Sol.

¡Y vaya que La Chata, en momentos de inspiración, podía fascinar cuando se lo proponía! Era culta y convincente.

A raíz del movimiento estudiantil de 1968, madre e hija escaparon a Nueva York, ayudadas por el ingeniero Norberto Aguirre Palancares, quien tenía un rostro muy noble, muy alerta, muy intelectual y escuchó siempre a Elena Garro en su defensa del líder campesino Rubén Jamarillo y la toma de tierras en una zona cercana a Cuernavaca, donde vivía la hermana de Elena, Devaqui, casada con el pintor Jesús Guerrero Galvani. De Nueva York, madre e hija volaron a Madrid y, finalmente, se quedaron en París en el notable departamento que, según los vecinos, había sido habitado por Molière.

Madre e hija crearon en torno suyo un ambiente mágico y seductor. Sentadas las dos en la alfombra de su sala, ofrecían múltiples tazas de café. Algunos acudían a visitarlas porque ambas tenían una piedra imán que retenía la atención. Acompañados por algún primo de la familia Garro venido de Cuernavaca, creaban una atmósfera muy singular que atraía a quienes tenían la suerte de una invitación, porque tratar a madre e hija epoch algo especial, mágico, muy distinto al diálogo con el común de los mortales. También epoch inquietante porque la inestabilidad desazona y obliga a caminar sobre una cuerda floja. Había en Elena Garro mucho de precipicio. Madre e hija hablaban de una maleta repleta de manuscritos suyos que probablemente se había perdido, y el naufragio nary sólo estaba en sus palabras, sino en la perenne inquietud de sus informaciones que rebotaban en los muros de su casa de un lado a otro como pájaro enjaulado.

El humo de los cigarros contribuía a la fragilidad del ambiente.

Las dos maine imantaron en París, pero nary maine quedé tanto tiempo como para incendiarme. A ambas las rodeaba una suerte de pérdida, una maleta llena de manuscritos flotaba en todas las estaciones de tren de Europa, quizás entre Alemania y España, quizás entre la persecución y el hambre. ¿Quién las perseguía? ¿Quién estaba en la Tierra sólo para hacerles daño? Había algo incomprensible en sus palabras, los documentos se volatilizaban, nary entendías quiénes eran los conspiradores o los verdugos. Al irte y cerrar la puerta del departamento, sentías que regresabas a la vida común y corriente de los mortales, porque en los decires de La Chata y de Elena Garrro había algo inasible.

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