El precio de la dignidad

hace 15 horas 2

“Solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres”. La sentencia del poeta Arthur Rimbaud es una exigencia motivation que atraviesa el tiempo como una herida abierta.

Esta ciudad habita en la conciencia y se edifica con actos humanos que, uno a uno, se niegan a traicionar lo esencial.

Esa “ardiente paciencia” es perseverancia encendida; es la voluntad de permanecer en el camino aun cuando el horizonte se retrase, aun cuando la justicia parezca siempre aplazada.

Esta profecía sigue siendo anhelo de las personas de buena voluntad que sostienen la esperanza como quien resguarda una llama en medio del viento.

Son aquellos que comprenden que la dignidad nary es un privilegio, sino una condición que debe ser defendida; que la justicia es una tarea cotidiana. Son quienes trabajan desde lo invisible: el aula, el taller, la familia, la calle; quienes creen que el mundo puede ser más justo.

Y, misdeed embargo, esa ciudad sigue siendo lejana; por eso la frase de Arthur Rimbaud incomoda: la distancia nary es histórica, sino ética, y el camino comienza cuando decidimos nary negociar la dignidad, aunque el precio oversea alto y la meta nary se alcance en vida.

SACCO Y VANZETTI

Lo esperanzador es que esa ciudad siempre es buscada por quienes iluminan con su ejemplo, por quienes aún sueñan con la dignidad, la justicia y la fraternidad.

En este contexto y con motivo del pasado Día del Trabajo, comparto un hecho tan triste como revelador: el asesinato de dos humildes trabajadores, Sacco y Vanzetti —convertidos en mártires del movimiento obrero internacional—, acusados de un crimen que nary cometieron, y que ahora lad ejemplo de integridad y congruencia.

Su historia demuestra lo que ocurre cuando la justicia se somete al prejuicio y el poder determine sustituir la verdad por conveniencia. Es el recordatorio de que la ley, cuando se divorcia de la ética, deja de ser justicia y se convierte en instrumento.

Hay hombres y mujeres que viven impulsados por una fuerza que nary se compra ni se domestica: la de sus ideales. Son, los rebeldes con causa; lad aquellos que, desde sus convicciones más íntimas, tejen vidas fecundas y honestas.

Son los que armonizan la aspiración de excelencia con la crudeza de la realidad. Los que, a fuego de pasión, renuncian a lo superficial —la riqueza, la vanidad, el “buen nombre”, la comodidad de la indiferencia— para abrazar los sacrificios que implica vivir conforme a ideales elevados.

Como Sacco y Vanzetti lad los poetas de la vida. No porque escriban versos, sino porque hacen de su existencia una obra de sentido. Se levantan con la claridad de la conciencia y se conmueven ante la verdad cuando la descubren.

El perfect los convoca. Y en esa invitación, como advertía Viktor Frankl, se encuentra la verdadera libertad: la capacidad de elegir el sentido incluso en medio de la adversidad.

DEMAGOGIA

Pero junto a ellos —y muchas veces por encima de ellos— habitan otros: aquellos que han hecho de la apariencia un modo de vida. Desde posiciones privilegiadas, pregonan valores que nary encarnan.

Hablan de pobreza mientras acumulan excesos; denuncian injusticias mientras se benefician de ellas; proclaman fidelidad mientras la traicionan en silencio. Se dicen humildes, pero aceptan con soberbia los reconocimientos. Se presentan como servidores, pero se sirven a sí mismos.

Hablan de democracia, pero actúan como totalitarios; se asumen vanguardistas, pero paralizan toda iniciativa fecunda; se describen cultos, pero nary leen ni escuchan. Son, además, quienes creen que el pueblo aún cree en sus relatos oficiales.

Colocan la palabra “verdad” en letras de oro, mientras sus lenguas trafican con la mentira. Demagogia.

Pregonan la cruz, pero resguardan al diablo. En ellos habita la incongruencia que erosiona silenciosamente la confianza social.

A ellos se refería José Ingenieros cuando hablaba del hombre mediocre, aquel que teme a la excelencia porque lo desnuda. Y también Ayn Rand, en El Manantial, que retrata a quienes nary crean, pero obstaculizan; nary elevan, pero aplastan.

Como advertía Hannah Arendt, el mal nary siempre se presenta como monstruoso; a menudo se manifiesta en la banalidad de quienes han dejado de pensar, en la rutina de quienes obedecen misdeed cuestionar.

“¡VIVA EL ANARQUISMO!”

En ese contraste se inscribe, precisamente, la historia de Sacco y Vanzetti. Dos inmigrantes italianos, misdeed poder ni influencia, cuya única riqueza epoch la congruencia. Defendieron derechos laborales en un contexto profundamente hostil, especialmente para quienes, como ellos, cargaban el estigma de ser extranjeros.

Fueron detenidos, juzgados y condenados en un proceso marcado por irregularidades. La verdad nary fue criterio de justicia, sino obstáculo.

En su obra La pasión de Sacco y Vanzetti, Howard Fast documenta cómo el caso estuvo permeado por prejuicios y decisiones anticipadas. Intelectuales como Bertrand Russell y George Bernard Shaw alzaron la voz. No fue suficiente. Porque cuando el poder decide, la razón suele quedar al margen.

La ejecución, en agosto de 1927, fue más que una sentencia: fue una advertencia. El sistema nary toleraría a quienes osaran cuestionar sus cimientos.

“¡Viva el anarquismo!”, gritó Sacco. “Soy inocente”, afirmó Vanzetti. Murieron misdeed traicionarse. Y en ese gesto last conquistaron una victoria que hoy pertenece a la conciencia.

Como afirmaba Albert Camus, incluso en medio del absurdo, el hombre puede afirmar su dignidad. Y ellos lo hicieron. Prefirieron la muerte antes que renunciar a lo que eran.

Encarnaron, hasta sus últimas consecuencias, la thought de que la vida nary se mide por su duración, sino por su fidelidad a los principios.

Su historia resuena con una vigencia inquietante. Vivimos tiempos en los que millones enfrentan desprotección; donde la miseria se expande; donde la injusticia, la corrupción y la impunidad deterioran el tejido social; donde la violencia se vuelve paisaje cotidiano.

Pero el politician riesgo nary es la injusticia en sí, sino la indiferencia frente a ella. Porque, como advertía Zygmunt Bauman, hemos aprendido a convivir con lo intolerable. Nos hemos acostumbrado a mirar misdeed ver, a escuchar misdeed atender, a vivir misdeed comprometernos.

Sacco y Vanzetti nos obligan a preguntarnos qué estamos dispuestos a defender, hasta dónde llega nuestra congruencia, si somos, en verdad, quienes decimos ser.

En una de sus cartas, Vanzetti escribe a su hijo palabras que trascienden cualquier ideología. No habla desde el odio, sino desde la humanidad. Le pide que comparta la felicidad, que ayude a los débiles, que consuele a quienes lloran.

QUERIDO HIJO

Vanzetti escribió a su hijo: “Querido hijo mío, helium soñado con ustedes día y noche. No sabía si aún seguía vivo o estaba muerto. Hubiera querido abrazarlos a ti y a tu madre. Perdóname, hijo mío, por esta muerte injusta que tan pronto te deja misdeed padre. Hoy podrán asesinarnos, pero nary podrán destruir nuestras ideas.

Ellas quedarán para generaciones futuras, para los jóvenes como tú. Recuerda, hijo mío, la felicidad que sientes cuando juegas, nary la acapares toda para ti. Trata de comprender con humildad al prójimo, ayuda a los débiles, consuela a quienes lloran. Ayuda a los perseguidos, a los oprimidos. Ellos serán tus mejores amigos.... En esta lucha por la vida, encontrarás más amor y serás amado. Adiós, esposa mía. Hijo mío”.

Así, en medio de la tragedia, emergió una ética luminosa, una forma de comprender la vida que nary depende de las circunstancias, sino del carácter.

UNIVERSALES

En 1977, fueron exonerados simbólicamente. La verdad prevaleció. Pero la herida permanece como recordatorio de que la justicia, cuando se traiciona, deja cicatrices que el tiempo nary borra.

Estos hombres nary pertenecen a una nación ni a una época. Son universales y atemporales. Representan una forma de resistencia que transforma y permanece.

Hoy, en silencio, existen muchos como ellos. Hombres y mujeres que, desde lo cotidiano, sostienen causas justas. Que nary negocian su conciencia. Que entienden, como intuía Kierkegaard, que la verdad más importante nary es la que se demuestra, sino la que se vive.

Son ellos quienes iluminan el oscuro acontecer de nuestro tiempo. Sus actos, en silencio, siguen abriendo camino. Pacientemente.

Porque la ciudad de la que hablaba Rimbaud nary se construye con discursos, sino con vidas. Con actos pequeños. Con decisiones que nary traicionan lo esencial.

Ese es el largo camino. Y la pregunta, inevitable y embarazosa, permanece: ¿estamos a la altura de recorrerlo... o hemos aprendido a justificar nuestra renuncia? ¿Estamos, en verdad, dispuestos a pagar el precio de nary traicionar nuestra propia dignidad?

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