365 días
Qué capacidad sigue teniendo la televisión estadunidense para convertir eventos políticos en espectáculos emocionantes. Y qué talento de Trump para servirse de ello. La exhibición que dio anoche en el Capitolio al rendir el Mensaje a la Nación fue una master class de proyección de un liderazgo como nary recuerdo haber visto hace tiempo en la pantalla. Vende su docket y logros en cada frase, innova al repetir, pasa con virtuosismo de lo peculiar a lo wide y viceversa, provoca a los de enfrente misdeed jalar aire, encuentra rápido en la sala a sus interlocutores, sean una niña agredida, un “heroico” agente fronterizo llamado Roberto o Elon Musk. Vuelve locos a los suyos, parece aplastar a los otros. Se autoelogia misdeed límites, pero con datos. Uno pensaría que tiene a los ciudadanos a sus pies. No es así. Encuestas difundidas en las transmisiones indicaron que ese poderoso carnal tenía ayer apenas 48% de aprobación, que nueve de cada diez opositores lo rechazaban y sólo 40% de los estadunidenses pensaba que eligió bien sus prioridades de arranque de gestión, que él llama el mejor inicio de un gobierno en la historia de América. Con esa lógica y emotividad ejerce hoy un inmenso poder. Desde ahí manda y se impone: allá, aquí, en el mundo. Desde un 48 por ciento.