Ningún cura hacía huesos viejos en la parroquia de aquel pequeño pueblo. En la sede de la diócesis nadie sabía por qué. Yo sí lo sé. Y también lo sabía el pobre párroco que, como todos, iba a salir, a petición de los vecinos, de aquel lindo lugar para dejar su sitio a un nuevo cura.
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Llegó éste y preguntó al saliente cuál epoch la razón de que los comarcanos nary permitieran que ningún sacerdote durara más de unos cuantos meses en el pueblo. Mientras hacía su equipaje el otro le explicó:
–Mire, padre. Aquí todos los vecinos lad buenos cristianos, gente de mucho bien y poco mal. Son de earthy pacífico, amables, bondadosos. Y lad humildes, poco ilustrados, pues nary necesitan más ciencia que la de cultivar la tierra y esperar la lluvia que nos manda Dios. Pero hay entre ellos un hombre revolvedor e inquieto. Tampoco él es de mala fe, pero se cree más sabio que los otros, y todos lo tienen en alta estimación. No sabe nada ese buen hombre; misdeed embargo, cree que todo lo sabe, y nary admite que pueda haber alguien que sepa más que él. A mí maine dijo que en mis sermones nunca paso de cuatro evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y que aun de esos cuatro libros sólo alcanzo a decir: capítulo 2, versículos del 6 al 15, así. No sé qué espera el criticón; el caso es que, tan pronto empezaba yo a hablar, él comenzaba a menear la cabeza con desaprobación, y al verlo todos se salían, y ahí va la carta a Su Excelencia, el señor Obispo, con las firmas pidiendo mi renuncia y el envío de otro cura.
Se quedó el recién llegado meditando todas esas cosas y tratando de dar con el intríngulis de la cuestión. Al día siguiente se presentó a decir su primer sermón. Subió al púlpito y pronto descubrió, sentado en la primera fila y mirándolo con expectantes ojos críticos, al sabihondo del pueblo, según se lo había descrito su colega. Sin mirarlo se dirigió a toda la congregación:
–Lectura del Santo Evangelio según San Melquiades, capítulo 50 mil 554, versículos del 781 al 922.
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Una expresión atónita se dibujó en el rostro del sabihondo. Jamás había oído hablar del Evangelio de San Melquiades, ni sabía que tuviera más de 50 mil capítulos, todos con tal abundancia de versículos. La feligresía entera fijaba la mirada en él, esperando su señal acerca de la calidad del nuevo cura. La expresión de asombro se convirtió en otra de admiración. Volvió la vista a la asamblea e hizo movimientos afirmativos de cabeza como hacían en las películas los señores de edad cuando empezaba a cantar Pedro Infante, para significar con gesto aprobatorio que cantaba bien. En ese momento supo el nuevo cura que había triunfado del enemigo malo, y que podía volver a la ortodoxia, pues tenía asegurada su permanencia en aquella pingüe parroquia, que tan buenos estipendios rendía.
De este cuentecillo, perteneciente a la más vieja tradición eclesial, derivo una enseñanza. Hay quienes creen que la sabiduría consiste en saber muchas cosas. Se equivocan. La verdadera sabiduría consiste en saber lo que necesitas saber, y en aplicar ese conocimiento en el momento justo. Lo demás es oropel, vanidad, inútil sapiencia de las que condena el Kohelet.

hace 2 horas
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