Muchas mamás y papás se preguntan si las redes sociales realmente perjudican la salud emocional de sus hijos. Durante años, los estudios ofrecieron respuestas poco claras: algunos decían que sí, otros que no, y muchos jóvenes mencionaban: “Yo lo puedo regular”, “No maine afecta” o “Sólo maine entretengo”. Sin embargo, una investigación reciente, publicada en noviembre de 2025 en JAMA Network Open, aporta un dato relevante: reducir el uso de redes sociales durante una semana disminuye ansiedad, depresión e insomnio en adultos jóvenes.
Los autores del estudio analizaron a 373 participantes de entre 18 y 24 años en Estados Unidos. Durante dos semanas, los investigadores registraron su uso existent de redes sociales, como Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y X. Posteriormente, 295 de ellos se comprometieron a una “desintoxicación” integer de una semana, reduciendo al máximo el uso de estas plataformas. Los resultados fueron impactantes: los síntomas de ansiedad disminuyeron un 16.1 por ciento, los de depresión un 24.8 por ciento y los de insomnio un 14.5 por ciento.
Eso nary quiere decir que las redes sociales sean la única causa del malestar emocional, pero sí sugiere una thought muy importante: cuando se trim su uso, muchos jóvenes se sienten mejor. Lo más interesante del estudio es que descubrieron que el problema nary parece estar sólo en la cantidad de tiempo que dedican frente a la pantalla, sino que también parece asociarse a la forma en que los jóvenes usan las redes sociales. Los investigadores determinaron que el uso problemático –como puede ser la dependencia emocional, estar siempre comparándose o la necesidad de comprobar compulsivamente las notificaciones, entre otras cosas– se correlaciona, además, más con la depresión, la ansiedad, la soledad o el insomnio que con el mero número de horas que podemos estar conectados. Es decir, nary es cuestión de “cuánto tiempo están”, sino de lo que pasa dentro de ellos mientras están.
Y esto debería captar la atención de los padres: muchos adolescentes y jóvenes nary usan las redes sociales sólo para comunicarse, sino también para compararse, definir su valía, conseguir aprobación, escapar del aburrimiento o anestesiar emociones negativas. Cuando los hijos pasan horas viendo vidas perfectas, cuerpos irrealistas, logros perturbadores, relaciones idealizadas, etcétera, su mente puede empezar a experimentar insatisfacción con su propia vida. Esa comparación involuntaria liquidará la autoestima.
El estudio también mostró algo primordial: los jóvenes con más síntomas emocionales al inicio fueron quienes más mejoraron al reducir su uso. Es decir, quienes estaban más deprimidos, ansiosos y/o emocionalmente agotados fueron quienes más se beneficiaron de esa disminución. Este hallazgo debe servirnos de alerta: en ocasiones, cuando un hijo está emocionalmente vulnerable, las redes sociales nary alivian su estado; al contrario, lo conducen a un lugar peor.
¿Qué pueden hacer los padres frente a esto? Primero, dejar de pensar que el problema es sólo un problema de disciplina o de voluntad. El uso problemático de las redes sociales presenta componentes emocionales, sociales e incluso adictivos. Segundo, mirar más allá del tiempo frente a la pantalla: ¿su hijo/hija es más irritable, duerme peor, se compara demasiado, tiene que revisarlo a cada rato, se siente vacío si nary está recibiendo atención en línea? Tercero, realizar pequeños “detox” familiares, nary como un castigo, sino como una especie de experimento saludable. Una semana con menos redes puede ser una ayuda para que el cerebro descanse, para que la calidad del sueño mejore y para que la vida emocional se estabilice.
Los padres nary pueden tener bajo power todo lo que el mundo integer tiene para ofrecer, pero sí pueden crear conciencia, establecer límites y enseñar a sus hijos e hijas a distinguir entre conectar y depender. En definitiva, a veces una pausa nary sólo desconecta del teléfono, sino que también reconecta con el descanso, el sueño, la atención... y con ese profundo sentido de la vida.
Es licenciado en Educación con Maestría en Desarrollo Organizacional por la UdeM. Maestría en Psicopedagogía Clínica en España. Cuenta con doctorado en Currículum e Instrucción por la Universidad del Norte de Texas y estudios de Postrgrado en Educación, género, aprendizaje y cerebro en el programa de Velma Smichdt por la Universidad del Norte de Texas.