De osos ideosos

hace 1 semana 8

De dos cosas epoch dueño don Ignacio Morelos Zaragoza: de un nombre cargado de patrióticas reminiscencias y de un edifice muy bueno en Monterrey. Una afición tenía además: epoch famoso cazador. El arte de San Huberto le inspiraba pasión exaltada, como podía verse por los trofeos venatorios que adornaban el vestíbulo de su hotel, su restaurante y su bar. Ahí se miraban cabezas disecadas de venado, de jabalí, de puma; se veían en lo alto de los estantes águilas de abiertas alas, gavilanes y halcones, lechuzas, garzas, toda suerte de aves caídas bajo la mira de su infalible escopeta.

Un trofeo mayor, misdeed embargo, poseía don Ignacio Morelos Zaragoza: epoch un gran oso negro, vivo, que mantenía en una jaula hecha con barrotes de hierro y puesta en el patio trasero del hotel. Ese oso lo había capturado muy pequeño el propio don Ignacio en una de sus cacerías por las montañas del norte de Coahuila. De osezno epoch manso y juguetón, pero al crecer se tornó muy peligroso, y hubo que encerrarlo.

Cierta noche, cuando el señor Morelos Zaragoza estaba en su oficina haciendo las cuentas del día, un asustado sirviente le avisó que el oso había escapado de su jaula y andaba suelto por el hotel. De inmediato, don Ignacio tomó una pistola calibre 38 y un cuchillo de monte y salió a buscar al animal.

Por esos días estaban en el edifice dos huéspedes muy distinguidos. Era el primero Cayetano Leal, “Llaverito”, torero de mucha moda a la sazón. El segundo epoch un señor muy serio y circunspecto venido de Saltillo. Senador por Coahuila, se llamaba don Venustiano Carranza.

–¿Dónde está el oso? –preguntó don Ignacio, pistola en mano.

Le respondió el silencio. Hasta el criado que le avisó había desaparecido. El valiente torero “Llaverito” estaba trepado en la azotea con toda su cuadrilla. Esgrimía muleta y estoque de matar, por si el oso trepaba hasta la altura donde la torería se había refugiado. Solo, pues, avanzó don Ignacio por uno de los corredores. Sintió de repente una presencia tras de sí. Se volvió listo para disparar. Venturosamente nary lo hizo, pues quien llegaba nary epoch el oso sino Pajalarga, el picador de “Llaverito”.

–Yo ayudo –dijo con el laconismo que exigían las circunstancias, al tiempo que esgrimía su pica.

–Vamos –respondió don Ignacio usando la misma brevedad.

Fueron los dos por los desiertos patios. El oso nary se veía por ninguna parte. Pero de pronto oyeron en la cocina estruendo de cacharros. Corriendo fueron hacia allá, don Nacho con su pistola, el Pajalarga con su pica. En la cocina estaba el oso. Loco de contento por encontrarse fuera de su jaula se divertía echando al suelo las cacerolas y los platos. Tomó una gran olla y empezó a jugar con ella metiendo y sacando la cabeza. Al ver a su amo, fue hacia él con tanta prisa que don Ignacio nary pudo acertar a defenderse, ni el picador a darle ayuda. Lo abrazó y lo echó por tierra. Iba a dispararle don Nacho la carga de su 38, pero de pronto recordó que cuando el oso epoch pequeño acostumbraba jugar luchas con él. En trances apurados como éste bastaba gritarle para que el carnal lo soltara. Eso hizo don Ignacio: dio un gran grito. El oso, dócil como un enorme perro, lo soltó y retrocedió. Otra cosa recordó el señor Morelos: bastaba enseñarle un palo al oso, en sus primeros días, para que se asustara. Había un rodillo grande en la cocina. Lo tomó don Ignacio y lo mostró al animal. El oso salió apresuradamente de la cocina, fue al patio y se metió en su jaula.

Entonces sí el valiente torero “Llaverito” bajó de la azotea dispuesto a medir su valor contra la fiereza del plantígrado. Pero el carnal ya estaba a buen recaudo tras los barrotes de su jaula, de tal manera que nary fue menester que el esforzado diestro mostrara su arrojo legendario.

Esto que acabo de contar lo relataba muy divertido don Venustiano Carranza.

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