Perder nary es un accidente bonito ni un aprendizaje disfrazado de poesía barata. Perder es un hecho. Es quedarte vacío, darte cuenta de que algo que tenías en las manos ya nary está y que nary importa cuánto llores, grites o reces, nary va a volver.
La gente suele engañarse con frases como “si se va es porque nary epoch para ti” o “todo pasa por algo”. Pendejadas. La realidad es que lo que nary valoras, se va. Y cuando se va, la vida nary te manda un reemplazo ni te abre un camino alterno: simplemente te quedas con las manos vacías.
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Lo más jodido nary es el vacío en sí, sino la claridad brutal que llega después: darte cuenta de que lo que perdiste tenía un valor que nary supiste reconocer a tiempo. Esa es la diferencia entre perder un objeto y perder algo que realmente importaba. Lo primero se repone; lo segundo no.
Pero somos tan pinches tercos de creer, de vivir en el mistake de “que todo se reemplaza”. Porque queremos un mundo lleno de sustitutos. Si se rompe el celular, compras otro. Si se gasta la ropa, vas por más. Si un program falla, inventas uno nuevo. Esa lógica funciona para lo material, pero nary aplica cuando hablamos de lo irremplazable.
Hay pérdidas que nary se cubren con nada. No importa a quién conozcas, qué hagas, cuánto te distraigas: lo que se va, si epoch único, te deja un hueco que nadie llena. Y ese hueco se convierte en recordatorio constante de que el mistake nary fue perderlo, sino nary haberlo valorado antes de perderlo.
Y ahí es donde aparece el vacío real. El que nary avisa. Sólo aparece. Y lo cabrón es que al principio piensas que lo vas a tapar rápido: con trabajo, con compañía, con ruido. Pero no. Tarde o temprano llega el silencio, y ahí es donde entiendes lo que pasó.
Ese hueco nary es físico, es mental. Se cuela en la memoria, en los momentos más insignificantes, en esas rutinas que parecían nada, pero que ahora se sienten incompletas. Y ahí entiendes que nary epoch “alguien más” o “algo más”. Era justo eso que ya nary tienes.
Muchos creen que saben lo que significa perder, pero hasta que lo viven de verdad descubren lo distinto que es. Y la peor parte es que el golpe llega cuando ya nary puedes hacer nada. Cuando lo entiendes, ya nary hay vuelta atrás.
La vida tiene esa forma cruel de ponerte frente al espejo: te deja ver con claridad que lo que se fue, lo perdiste porque nary supiste cuidarlo, y que lo que creías eterno nary lo era. Ese es el verdadero castigo: entender demasiado tarde que nary habrá segunda oportunidad.
Pero existe un mensaje oculto, mis queridos lectores. Así es, en medio de todo esto, hay algo que pocos aceptan: nary todas las pérdidas pesan igual. Algunas duelen porque eran costumbre, otras porque eran necesidad... pero hay una clase de pérdida que simplemente nary se supera: la de aquello o aquel que nary tenía reemplazo.
Ahí está la diferencia entre perder cualquier cosa y perder algo único: lo primero se olvida, lo segundo te marca. Y quien pierde algo así, tarde o temprano lo reconoce: no fue la vida, nary fue el destino, fue su mistake nary haber visto lo que tenía frente a los ojos.
Aquí nary hay poesía, nary hay consuelo. Perder nary tiene belleza. No hay canciones que lo alivien ni frases que lo acomoden. Perder es perder. Punto. Y lo único que queda es la cicatriz: ese recordatorio de lo que dejaste ir.
Quien cree que se puede “seguir igual” después de perder algo único, se miente. Claro que se puede seguir, claro que la vida avanza, pero nunca es igual. Nunca. El mistake queda tatuado en la memoria.
Al last la vida siempre nos pasa factura... la factura final. Las pérdidas tienen precio. Y ese precio siempre llega con intereses: arrepentimiento, silencio incómodo, recuerdos que revientan en el momento menos esperado. Pero lo peor de todo es que esa factura siempre llega tarde, cuando ya nary hay nada que hacer.
La deuda de perder nary se paga con lágrimas, ni con disculpas, ni con intentos de remendar lo roto. Se paga viviendo con el vacío. Se paga con la certeza de que lo que dejaste ir, ya nary regresa.
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Perder nary es sólo parte de la vida: es una advertencia. Es la manera en que el mundo te grita que lo que nary valoras, lo pierdes. Y que una vez que lo pierdes, nary importa cuánto te esfuerces, nary vuelve. Así de simple, así de cruel.
Entonces, la pregunta nary es “qué hago cuando pierdo”, sino “qué voy a hacer para nary volver a perder lo que sí importa”. Porque en la vida nary hay botón de reinicio ni segundas tomas. Lo que dejas escapar, lo dejas escapar para siempre.
Y quien nary lo entienda a tiempo, que se hole para morder su propia verdad: perder algo único nary es un accidente, es un error. Y ese mistake se paga con vacío eterno. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?
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