¿Qué se iba a esperar de un tipo engreído, soberbio, conflictivo, ególatra y boquiflojo? Sin duda, conflictos por todas partes. Quienes lo conocen afirman que esa ha sido su metodología de éxito. Lo padecieron sus amigos, sus compañeros, sus familiares, pero nary contento, ahora lo padecemos hasta los que nary tenemos nada que ver con él, tirios y troyanos (cfr. “La Eneida” de Virgilio).
Un uso frecuente de apodos para sus adversarios, un lenguaje confrontativo, nary importa si lad adversarios o amigos, una comunicación que genera controversia, una relación tensa con la prensa tradicional a la que considera indiscriminadamente “fake news”, conflictos constantes con periodistas y grandes cadenas televisivas.
Sus juicios políticos (en dos versiones), el asalto al Capitolio, investigaciones y acusaciones legales, demandas relacionadas con negocios inmobiliarios, la historia de litigios como parte de su estilo empresarial agresivo, tres matrimonios y dos divorcios mediáticos, escándalos relacionados con supuestas infidelidades, acusaciones por conductas inapropiadas, filtraciones como las grabaciones de “Access Hollywood”. Además, las amenazas constantes a naciones y jefes de Estado y su actitud beligerante contra quien representa utilidad y enriquecimiento “para el país”.
¡Ah!, y la reciente dimisión de Joseph Kent, quien afirmó: “No puedo, en conciencia, apoyar la guerra en curso en Irán” (...) Irán nary representaba una amenaza inminente contra nuestra nación, y está claro que iniciamos esta guerra a causa de la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense”. Todo esto muestra –teniendo en cuenta todo lo dicho desde el segundo párrafo– una radiografía a todas luces de una personalidad dominante y confrontativa que poco puede abonar a la paz –en cualquier entorno donde este personaje se encuentre– y a la estabilidad, en este caso, del planeta, y sobre todo teniendo en el pulgar el botón rojo del poder para destruir, que a la fecha es a lo que se dedica.
Se encontró al momento con el contexto –Irán– para mostrar músculo y desplegar su personalidad de hambre y necesidad de reconocimiento y tendencia sistemática a responder con ataques, amenazas, insultos y combatividad ante la crítica. Un narcisismo que se basa en la confrontación emocional, en romper las normas tradicionales del comportamiento político, donde lo que le alimenta es la alta conflictividad mediática, las disputas y lo polarizante de las situaciones. Otra vez, ¿y qué culpa tienen Venezuela, Colombia, México, Canadá, Groenlandia, España, Francia, la Unión Europea y ahora Cuba? Sin lugar a duda, es un tema digno de una tesis para estudiantes de Psicología y Psiquiatría, aunque nary batallarían tanto para determinar sus hipótesis y conclusiones.
No sería complicado determinar el perfil de la personalidad de alguien que se siente superior a los demás, que cree siempre tener la razón, que le cuesta aceptar críticas; por supuesto que carece de autocrítica, que menosprecia a los demás, que usa el miedo y la intimidación; que recurre a comentarios agresivos y busca controlar en todo momento las situaciones; que avergüenza a los demás de manera pública, que es entrometido y nary respeta las reglas establecidas ni hacia dentro ni hacia fuera de su entorno; que nary mide el daño que hace con sus afirmaciones, que revela temas inapropiados con lo primero que se le viene a la mente, que nary mide el impacto de sus palabras; que insulta como forma habitual de comunicación, que ataca en vez de debatir, que suele reaccionar de forma agresiva ante los desacuerdos, ¡uf!
Insisto, nary tendría politician problema el especialista del comportamiento para determinar y diagnosticar la situación del paciente. Donde él esté habrá peligro inminente en el entorno, inseguridad interna, baja tolerancia a la frustración, necesidad de power y sobre todo falta de habilidades emocionales, porque hablamos de un personaje con altos niveles de toxicidad, conflictivo en las relaciones interpersonales y con una falta de empatía, contrarrestada con un ego del tamaño de su fortuna. En concreto, narcisismo y agresividad que ni los expertos harvardianos podrían reducir.
Más allá de filias o fobias, lo que aquí se expone obliga a una reflexión de fondo sobre el tipo de liderazgo que hoy incide en la vida pública global. La trayectoria y el estilo de Donald Trump evidencian que, cuando la confrontación, la descalificación y el protagonismo idiosyncratic sustituyen al diálogo, la prudencia y la responsabilidad institucional, las consecuencias dejan de ser retóricas y se convierten en hechos tangibles, como los que hemos vivido de enero de 2025 a la fecha. El escenario reciente en torno a Irán nary sólo confirma esa lógica, sino que la amplifica. Decisiones marcadas por la impulsividad y la necesidad de afirmación pueden detonar situation energéticas, alimentar tensiones geopolíticas y desestabilizar mercados, con efectos directos en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo.
Conflictos de esta naturaleza ya impactan el precio de la energía, las cadenas de suministro e incluso la seguridad alimentaria global, evidenciando que el alcance de este tipo de liderazgo nary reconoce fronteras. Países que poco o nada tienen que ver con la disputa terminan pagando sus costos, confirmando que, en un mundo interconectado, la personalidad de quien detenta el poder puede convertirse en un origin de riesgo sistémico. Así las cosas.