Cosas que nadie enseña, pero todos deberíamos saber

hace 1 semana 6

Hay algo bien curioso en la vida: nos pasamos más de quince años en la escuela aprendiendo cosas que probablemente jamás volveremos a usar... pero nadie se toma cinco minutos para enseñarnos las pinches cosas básicas como para nary vivir como pendejos. Nos enseñan a sacar la raíz cuadrada de un número que jamás volveremos a ver en la vida... pero nadie nos enseña a nary tomar decisiones estúpidas cuando estás encabronado.

Nos explican con lujo de detalle cómo se formó el Imperio Romano... pero nadie nos enseña a cerrar el hocico cuando nary sabemos de qué chingados estamos hablando. Nos hacen memorizar fórmulas químicas... pero nadie nos enseña a aceptar que la cagamos misdeed hacer un teatro digno de telenovela barata.

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Y luego uno crece. Y ahí andamos todos... adultos en cuerpo, pero improvisando como becarios de la vida. Porque resulta que las cosas más importantes nadie nos las enseña. Por ejemplo: nadie nos enseña a escuchar. No, nary a oír. A escuchar. La mayoría de la gente nary escucha. La mayoría espera su turno para hablar, como si la conversación fuera un concurso de quién suelta la pendejada más rápido. Estamos hablando con alguien y lo vemos clarito: nary nos está poniendo atención... está afilando su próxima opinión pendeja. Y luego, cuando responde, dices: “Este cabrón nary entendió ni madres”. Exacto. Porque escuchar de verdad requiere algo que a muchos les da alergia: callarse el hocico un rato.

Nadie nos enseña a decir “no sé”. Hay gente que prefiere inventar una teoría completa, con gráficos imaginarios y conclusiones dignas de Discovery Channel, antes que admitir: “No tengo ni idea”. Es impresionante. Preguntas algo elemental y el otro empieza a hablar con una seguridad que dices: “Este güey seguro tiene un doctorado”. Y luego investigas... y descubres que el doctorado se lo sacó del culo. Pero decir “no sé” parece humillante para muchos. Como si aceptar ignorancia fuera peor que quedar como pendejo público. Spoiler: nary lo es.

Nadie nos enseña a lidiar con la frustración. Entonces pasa lo inevitable: la vida nary merchantability como queremos... y la gente se desmorona como gelatina en el sol. Porque pensaban que todo era: “Échale ganas y el universo conspira”. Sí, claro. El universo conspira... pero a veces para darnos una patada en los huevos. Hay días donde trabajamos duro y todo merchantability bien. Y hay días donde trabajamos duro... y aun así todo se va al carajo.

Así funciona este circo. Pero si nunca aprendimos a tolerar frustración... cada tropiezo lo sentimos como tragedia griega. Nadie nos enseña a reconocer a los pendejos peligrosos. Porque hay varios tipos de pendejos. Está el pendejo inofensivo. Ese solo estorba. Pero existe una especie más delicada: el pendejo seguro de sí mismo. Ese es letal. Ese habla con una seguridad tan cabrona que muchos piensan: “Debe saber lo que hace”. Spoiler número dos: nary sabe ni dónde dejó el cerebro. Pero como lo dice fuerte... la gente lo sigue.

La historia de la humanidad está llena de decisiones tomadas por gente así. Gente que nary sabía ni madres... pero hablaba con huevos. Y muchos confundieron volumen con inteligencia. Nadie nos enseña a elegir nuestras batallas. Entonces la gente discute por todo. Por política. Por futbol. Por marcas de café. Por si el chile pica más o menos. Se desgastan peleando en net con completos desconocidos, defendiendo opiniones que en dos años ni ellos mismos van a sostener.

Es como ver a dos borrachos peleándose por quién tiene el sombrero más grande.

Nadie gana. Pero ambos terminan cansados y medio idiotas. Y tampoco nos enseñan algo muy simple: nary todo lo que piensas merece salir de tu boca. Hay gente que confunde honestidad con diarrea verbal. “No, es que yo digo las cosas como son”.

No, compadre. Tú dices las cosas como te salen del hígado, que es distinto. La inteligencia nary es decir todo lo que piensas. La inteligencia muchas veces es saber cuándo cerrar el pico y dejar que el silencio haga su trabajo.

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Pero aquí viene lo interesante. Todo esto suena duro. Grosero. Crudo. Y lo es. Porque la verdad rara vez viene envuelta en moñitos. Pero también hay una buena noticia. Todas estas cosas se pueden aprender. No necesitamos otra carrera universitaria. No necesitamos un curso motivacional con música épica. Sólo necesitamos un poco de humildad y otro poco de huevos.

Humildad para aceptar que nary sabemos todo. Huevos para cambiar lo que llevamos años haciendo mal. Escuchar más. Hablar menos. Preguntar antes de opinar. Aceptar cuando nos equivocamos. Elegir mejor nuestras batallas. Pensar antes de abrir la boca. Son cosas simples. Pero simples nary significa fáciles. Porque requieren algo que el ego odia: reconocer que todavía estamos aprendiendo.

La vida nary trae manual. Nadie nos enseña muchas de las cosas que realmente importan. Pero eso nary es excusa para quedarnos igual. Al final, crecer como persona nary depende de lo que nos enseñaron en la escuela. Depende de algo mucho más incómodo... y mucho más poderoso: nuestra disposición a dejar de hacer pendejadas cuando nos damos cuenta de las que estamos haciendo. Y créeme... Si logramos eso, ya vamos varios kilómetros adelante de la mayoría. Pero al fin y al cabo, esta es solamente mi siempre y nunca jamás humilde opinión. Y usted... ¿Qué opina?

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