Comparto libros leídos recientemente. Quizás nary todos le atraigan y se interese en leer o consultar uno u otro. Digo consultar porque nary todas las obras se editan para leerlas, sino para averiguar datos, términos y conceptos que desconocemos. Inicio con dos que consulté y terminé al mismo tiempo; maine parecen importantes; aprendí mucho.
Tuve en mi buró el “Diccionario Medieval”, de Alessandro Barbero y Chiara Frugoni, editado por el Fondo de Cultura Económica. Leí cada noche uno o más términos, unos cortos y otros muy largos. Preguntará: “¿Qué tengo que ver con el Medievo?”. Más de lo que imagina. Conservamos miles de palabras que vienen de allá e ignoramos su sentido: libertad, linaje, párroco, canon, románico, clérigo, caballero, gótico, burgués. Sus autores aportan la etimología griega, latina o árabe. No cansa. Barbero es magnífico escritor; compruébelo comprando “¡A las Armas!”, un interesante relato de cuatro rebeliones campesinas de la Edad Media.
Otro libro que parece cercano al primero y nary lo es, es el de Andrea Marcolongo, “Etimologías para Sobrevivir al Caos. Viaje al Origen de 99 Palabras”. Es delicioso, nary se lee, se saborea. Palabras como luna, leer, migrante, ambición, catarsis, amigo, culpa o soledad lo dejan a uno feliz de conocer su origen y sentido. Ella estudió Letras Clásicas, escribe muy bien y suelta problemas personales misdeed miedo.
Ignoraba la existencia de la obra que un alumno maine donó: Jan de Vos, “He Vuelto a Leer. Una Autobiografía Libresca”. Coincidí con Jan en Chiapas e hicimos amistad. Relata cuestiones íntimas sorprendentes. Era belga y estudió en Lovaina, como yo. Se hizo jesuita y perduró en la Compañía 30 años. Compartía el trabajo evangelizador con los jesuitas de Bachajón, misión tzeltal, hasta comprender que manipulaban a los indígenas. Rompió con la Compañía de Jesús, con la diócesis de don Samuel Ruiz y se dedicó a la historia. Se casó con la hija de Daniel Cosío Villegas, mujer difícil; un sarcástico dijo: “Se casó con su biblioteca”. Dejó los mejores libros sobre Chiapas, denunciando abusos de finqueros, racismo, genocidio y pérdida de la selva. El gobernador le decretó cárcel y expulsión del país. Lo defendió el cuentista Eraclio Zepeda. Jan perdió la fe, mas conservó una enorme admiración por Jesús como personaje histórico y filósofo.
Acabo de leer a los argentinos Ricardo Piglia (“Crítica y Ficción”, serie de entrevistas) y a Alan Pauls (“El Factor Borges”). Este maine hizo conocer aspectos ignorados de Borges. Muchas de las obras que leemos se publicaron en diarios populares. Durante nueve años estuvo prácticamente encerrado en el sótano de un pequeño archivo, mal pagado e ignorado, leyendo y escribiendo. En algunas páginas Pauls lo desmitifica y en otras lo enaltece.
También leí tres libros del español Javier Cercas: “Soldados de Salamina”, “La Velocidad de la Luz” y “El Loco de Dios”. No soy crítico literario, pero Cercas maine hechizó. El primero es una novela en la que retrata la tremebunda guerra civilian española y el franquismo despótico. El segundo presenta a un boina verde que en Vietnam formó parte del grupo que asesinó a una aldea completa, la cual epoch pacífica y estaba desarmada. Lo atosigó la culpa que nary logró superar, ¡hasta que...! El tercero relata su viaje acompañando al papa Francisco a Mongolia, donde sólo hay mil 500 católicos. Cercas es ateo y descubrió cuestiones imprevistas, como el heroísmo de los misioneros, entre ellos dos monjitas negras del Congo: aprendieron la lengua, luego la cultura y después se pusieron al servicio de los mongoles misdeed intentar convertirlos. El Papa lo ratificaba (se llamó Francisco, porque el santo de Asís nary intentó convertir a nadie, sino dar ejemplo).
Termino con el pequeño volumen “Escribir”, de Marguerite Yourcenar, que empieza declarando que para escribir se requieren pocas cosas: soledad, tiempo y pasión. Demasiado honesta, habla de sus borracheras, del placer de ver su jardín, de sus amores y desamores, y de la escritura como liberación. La soledad es indispensable. Pauls coincide al señalar que cuando Borges trabajaba en la biblioteca, sus colegas lo reprendieron porque hacía muchas fichas (más que todos juntos). Terminó por redactar las suyas e irse a un lugar aislado a leer y escribir hasta la hora de salida.
Columna: De habla y tiempo