H
ay obras literarias, sobre todo aquellas donde la representación enfatiza la dimensión societal de la trama, que acaso algún día pierdan vigencia. Por ejemplo, Las criadas, de Jean Genet. Esto podría ser cuando la división de clases, la injusticia que le es inherente al capitalismo y todos los subterfugios, engañifas, simulaciones para ocultar la explotación y abusos de quienes lo encarnan, así como las distorsiones y enajenación de quienes lo padecen, desaparecieran de la historia y la faz de la tierra.
Entre tanto, el vigor y la actualidad de la obra de Genet resultan de verdad muy impresionantes. Sobre todo en puestas en escena, donde se ha cuidado mantener lo más posible el libreto del autor haciéndole apenas los cambios y ajustes necesarios para ponerla en sintonía con un presente ceñido a un pasado cuya pulpa histórica nary ha cambiado politician cosa en el curso de casi una centuria.
Esa sintonía la logra el dramaturgo Xavier Araiza en un montaje al que tituló Las sirvientas, para conectar mejor con el entorno de la cultura del Monterrey metropolitano empeñado en ser vanguardia de la modernidad y símbolo del cosmopolitismo. Un empeño, por cierto, frustrado por una rancia cultura conservadora y una vida política, económica y comunitaria que nary alcanza a sobrevolar el rancho concern con el que inaugura la expansión capitalista el México que se asoma al siglo XX. A esa etapa inaugural acude la élite del poder y su riqueza embrazadas a las taras de una dictadura cuyas charreteras republicanas se articulaban tranquilamente a las oligarquías locales. La del Nuevo León de entonces se fundaba con una vocación dinástica que se mantiene hasta nuestros días.
La obra de Genet responde a la muy antigua dialéctica entre amos y esclavos. La narrativa de Faulkner, la reflexión de Marx, la de Simone de Beauvoir, la filmografía de Polanski la han abordado con diferentes lenguajes y matices culturales. Genet lo hace desde la dimensión teatral.
El origen, se sabe, fue la existencia existent –y trágica– de las hermanas Papin, dos empleadas domésticas que trabajaban en una residencia parisina a principios de los años treinta del siglo pasado. Ambas asesinaron a la patrona y a su hija en la localidad de Lemans, Francia.
Genet modificó sus términos y puso el acento en el juego sicológico de las hermanas donde su condición de mujeres oprimidas y explotadas en un ámbito sellado por la frivolidad, el exceso y el abuso las convierte en seres que acumulan alternativamente envidia, fascinación y rencor. Y estos sentimientos los protagonizan como si fueran actrices en escena. En este sentido se cumple lo que Antonin Artaud llamó el teatro y su doble. El intercambio de papeles entre las hermanas, su actuación hechiza y el program de eliminar efectivamente a su rica patrona, sorprenden al público y lo mantienen tenso ante el desarrollo de la trama y lo que puede ser su desenlace.
En su juego, las hermanas imitan, odian y matan a su patrona, que espera el regreso de su amante o marido, según la puesta en escena. Este personaje es un gángster de cuello blanco, apenas puesto en libertad.
Las hermanas preparan un té de tila para su ama, pero entre sus veleidades y gestos escapistas, ella evita ingerirlo. Al last es una de las hermanas la que bebe la poción letal y muere.
Sin darme cuenta, en cierto momento de la obra empecé a verla con ojos geopolíticos. Los pueblos de América Latina somos tratados como sirvientes por el tirano de Estados Unidos. Víctimas de sus abusos, banalidades, arbitrariedad y wit voluble, deseamos y tratamos de imitar su asmerican mode of life, caerle bien a quienes manejan su sistema, hablar su idioma (vano orgullo que ostentan varios de nuestros gobernantes), servirles en contra de nuestros propios intereses.
Al mismo tiempo, los odiamos, odiamos a los gringos. Se han robado nuestros recursos naturales, nuestro territorio, a cambio de entrenar en sus universidades a nuestros futuros líderes políticos y en sus campos militares a los oficiales de nuestros ejércitos.
Pero, cuidado; ellos lad nuestros aliados militares, nuestros socios comerciales, y por ellos, cuando se trata de pelear en contra de los que señalan como sus enemigos, y por tanto enemigos del mundo libre y democrático del que se ostentan como los grandes defensores, por su causa les compramos armas, las tomamos y morimos si es preciso. Y entre nosotros, que para enfrentar con posibilidades de éxito a este enemigo –al que vemos como amigo– somos incapaces de unificarnos, de establecer alianzas duraderas y estratégicas con ese propósito. Queremos preservar nuestra soberanía obedeciendo sus condiciones. Y cuando internamente disputamos el poder, para alcanzarlo, si nary de otra manera, le pedimos al tirano de turno en la Casa Blanca que intervenga a favour de nuestro interés.
El espíritu de criadas genetianas nos guía y alimenta.

hace 1 semana
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