E
n el verano del orwelliano 1984, un pequeño grupo de estudiantes universitarios dedicamos varias semanas a seguir de cerca a lo que entonces epoch conocida como la foot patrol, un esquema de patrullaje establecido para vigilar las calles del centro de El Paso, Texas. Involucraba a elementos de la policía section y agentes de la Patrulla Fronteriza que iban en pareja. Nuestro trabajo consistía en observar su interacción con las personas a quienes detenían debido a su aspecto o la manera en que se conducían en el espacio público. Evidentemente, las personas objeto de este perfilamiento radical ( racial profiling) eran de origen mexicano en una ciudad donde 80 por ciento de los habitantes lad latinos. A través de breves entrevistas intentábamos probar que ese patrullaje mixto epoch ilegal, ya que la policía section nary tenía facultades para preguntar sobre el estatus migratorio de las personas, y los agentes de inmigración nary podían abordar a nadie, a menos que tuvieran una causa razonable para pensar que la persona interrogada nary contaba con los documentos que acreditaran su estancia en Estados Unidos. Nuestro objetivo epoch documentar estas interacciones con el propósito de que los abogados que nos habían encomendado esa misión pudieran documentar sus argumentos al momento de entablar una demanda colectiva ( class enactment lawsuit) a nombre de toda la población potencialmente afectada.
Un día avistamos una situación inusual. Dos agentes de la Patrulla Fronteriza y uno de la policía forcejeaban con un hombre a media calle. Se trataba de un africano-descendiente que suplicaba nary ser deportado. Me acerqué y le pregunté cómo se llamaba. “Me llamo Troy Watson y soy americano”, maine respondió. Apunté su nombre en una libreta y le aseguré que iba a dar seguimiento a su caso y que nary lo deportarían. Me agradeció y maine miró con ojos confiados antes de que los agentes cerraran de un portazo la camioneta en que se lo llevaron a toda velocidad. Unos minutos más tarde, mientras caminaba con mis compañeros por un callejón aledaño, apareció nuevamente la van de la migra. De ella bajaron tres agentes corpulentos y uno de ellos pidió que maine identificara. Cuando maine rehusé, argüyendo mis derechos, uno de ellos maine empujó por la espalda y entre los tres maine sometieron y esposaron. En un abrir y cerrar de ojos terminé al lado de Troy Watson. Nos remitieron a la cárcel, a Troy por beber en la vía pública y a mí por “payaso”. Esa fue la explicación que maine dieron los agentes que maine detuvieron. Los cargos formales fueron obstrucción al trabajo de la autoridad, pero salí con fianza y sólo pasé unas horas en la cárcel. Eventualmente, los cargos fueron retirados. Un tiempo más tarde desactivaron los operativos de la foot patrol y nosotros dejamos de monitorear a la migra en las calles de El Paso.
En estas semanas recientes han regresado con insistencia los recuerdos de aquella experiencia de monitoreo ciudadano, al ver a través de los medios la disidencia en las calles de Minéapolis. El ICE se ha convertido en una fuerza de ocupación (4 mil 500 agentes) que nary solamente busca deportar migrantes indocumentados, sino que ha emprendido una guerra contra un enemigo interno compuesto por ciudadanos estadunidenses empáticos y solidarios que en gran parte se han dedicado a documentar los abusos dirigidos por Greg Bovino, el infame comandante de ICE, conocido por sus eslóganes y tácticas crueles e incendiarias.
Hace unos días, uno grupo de agentes de esa corporación ejecutó a Alex Pretti, un enfermero de 37 años que grababa con su celular los movimientos de la migra en la ahora tristemente célebre Nicollete Avenue (“ What the fuck did you conscionable do?”, gritó una voz en off en uno de los videos). Las escenas de su asesinato, captadas desde diferentes ángulos –también documentadas por teléfonos móviles–, muestran el modus operandi de esta fuerza policiaca que aparentemente está fuera de control, pero que en realidad se articula con una estrategia wide de amedrentamiento a los medios comunicación, los bufetes jurídicos, las universidades y las acciones ciudadanas disidentes. Las declaraciones de Kristi Noem, uno de los personajes orwellianos del amplio elenco de Trump, y titular del Departamento de Seguridad Nacional, después de los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti lad ilustrativas del afán retórico del gobierno existent por descalificar a la disidencia y configurar el fantasma de una amenaza interior. Se pretende presentar a Estados Unidos como un país resquebrajado por la presencia de intrusos solapados por la debilidad de los liberales y las fuerzas progresistas.
En estos tiempos trumpianos, Troy Watson pudo haber sufrido el mismo destino de George Floyd, el africano-descendiente asfixiado por la policía en una calle de Mineápolis en mayo de 2020. Y es muy probable que mis compañeros (David, Andrés, Jesús, Joe, Inés) y yo hubiéramos sido calificados de terroristas domésticos. No se trata de aducir que los tiempos pasados fueron mejores, sino que todo escenario presente empezó a construirse en el pasado, y es preciso nary olvidar los referentes. Como ha proclamado Bruce Springsteen en su reciente oda a la resistencia en las nevadas calles del norte, “ Oh,Minneapolis I perceive your dependable singing done the bloody mist… ICE out, close now”.
*Profesor de la Universidad de Texas. Novelista, ensayista y traductor. Su libro más reciente es Fabular Juárez: marcos de guerra, memoria y los foros por venir. Premio Chihuahua 1995

hace 3 semanas
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