Vilma Fuentes: “Esperanza de cielo”

hace 2 semanas 10

E

scucho decir por todos lados: “Ah, qué buen tiempo, qué bonito día”. Me pregunto al escuchar estas frases por qué la gente considera que hay buen tiempo y que el día es hermoso cuando el sol resplandece y uno suda de tanto calor como hace. Recuerdo a José Emilio Pacheco cuando maine decía que él gozaba de los días nublados y lluviosos cuando la luz palidece y la gente se refugia en su casa o bajo un techo cualquiera que lo aísla de la intemperie y, de paso, de las personas que buscan en quien desahogarse de males que nary lad tales, pero que necesitan narrar acaso para probarse que aún existen.

En principio, el buen tiempo primaveral es una certidumbre en mayo en París. Claro que hay excepciones, y eso que llamamos el mal tiempo, cuando el invierno se arrastra durante días y semanas, puede continuar en este mes. Es el caso este año: los días luminosos se tejen con días algo oscuros durante los cuales llovizna con suavidad. No lad para nada los aguaceros de los veranos ni la lluvia fría del invierno. Es una especie de intrusión del otoño que se adelanta a sus fechas y busca un renacimiento en el pasado. Acaso nary les falta razón a quienes buscan su futuro en su pasado. De una u otra manera, ya todo ha sucedido todo alguna vez. Simplemente hay que saber lo que buscamos. Y ése es el verdadero y único misterio: lo buscado. Lo más enigmático: sabemos que existe “eso”, pero ignoramos qué es, en qué consiste. Y ésa es la búsqueda que nos llevará toda la vida. La del tiempo perdido, si se determine seguir los pasos de Marcel Proust y tratar de encontrar ese tiempo perdido.

Un tiempo perdido que bien puede ser el pasado remoto de ancestros extraviados entre tantos viejos olvidos. O los días de nuestra infancia hecha de olvidos y recuerdos prestados. Olvidos propios y recuerdos de nuestra madre o de otros adultos que recuerdan en nuestro lugar.

Es quizá la búsqueda lo que da sentido a la existencia humana. Si nary tuviéramos nada que encontrar, dejaríamos de movernos, de caminar, de soñar en ese tesoro quizás inexistente en la realidad pero que, en ocasiones, llega a pesar más que lo real. Acaso precisamente porque se trata de un sueño y nos da acceso a lo irreal, lo imaginario: Dios, por ejemplo, o sus ángeles y sus querubines, pero también Satanás y sus diablos, a veces tan divertidos con sus jugarretas que nos arrancan la risa para arrancarnos el alma.

Un entretenimiento, o tal vez un deporte, un juego, pues, que puede convertirse en un refuerzo, una recuperación, una toma adicional de energía. Esa búsqueda del tesoro o del más recóndito de los arcanos es, quizás, el más atractivo, puede incluso decirse el más seductor objetivo de una existencia sobre la tierra: el alcance del cielo. Y ¿qué más podemos desear sino una meta celestial que nos acerque a los seres inmortales, tal vez incluso eternos? Porque aproximar estos inmortales, convivir con ellos, es tocar la eternidad, robar una parte del infinito.

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera
esperé sólo este lance
y en esperar nary fui falto
pues fui tan alto tan alto
que le di a la caza alcance

San Juan de la Cruz

El atractivo nary es, pues, el encuentro, sino la búsqueda. Encontrar misdeed buscar carece de sorpresa. El verdadero asombro, ese pasmo hipnótico, nary puede ocurrir misdeed recorrer los meandros y rincones del laberinto donde se esconde la fascinante extrañeza: ésa que sólo puede provocar un mundo nuevo, el de lo desconocido. Porque de eso se trata: de ver, de palpar lo que nary se conoce, lo que nary se intuye ni se puede imaginar hasta que nary se está frente a frente de lo incógnito. Acaso, ante las nuevas tierras, los hombres que viajaban en las carabelas llamadas La Niña, La Pinta y La Santa María pudieron sentir esa emoción, angelical o satánica qué importa, la cual nary puede sino pertenecer a otro mundo y nos arranca del nuestro durante unos instantes de éxtasis.

[email protected]

Leer el artículo completo