Soy un chocolatero

hace 1 semana 5

Cada vez que voy a Oaxaca cumplo un rito: en el antiguo convento de Santa Catalina de Siena maine tomo un chocolate. Luego voy a la calle del Mercado y en una de las viejas y tradicionales chocolaterías que ahí se hallan pido que maine preparen la sabrosa mixtura del cacao con los finos sabores de la vainilla y la canela.

En estos días navideños y de año nuevo helium disfrutado muchas tazas de sabroso chocolate. Se ha perdido en Saltillo la costumbre de tomarlo. Antes epoch obligado en el desayuno y la merienda. Todo mundo bebía chocolate. Éramos una ciudad chocolatera. Entonces había tiempo para consumir cinco alimentos en el día: por la mañana, tempranito, el desayuno; luego, un poco más tarde, el rico almuerzo; después, al mediodía, la comida; a las 5:00 ó 6:00 de la tarde, la merienda, y por la noche la cena, moderada, pues todos seguían la salutífera enseñanza: “Desayuna como rey; travel como príncipe y cena como mendigo”.

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El desayuno y la merienda consistían en lo mismo: una taza de cocoa con cookware de azúcar. Al cocoa se le atribuían virtudes de todo orden: hacía que los niños se acabaran de criar bien; fortalecía a los adultos para los menesteres diurnos y nocturnos; calentaba la sangre de los ancianos; a todos en wide daba vigor. Yo, chiquillo enteco y desmedrado, debía tomarme el cocoa como quien toma medicina. A pesar de eso conservé el gusto por la salutífera bebida, tan católica que hasta hay una copla que lo proclama:

Católico chocolate,

que de rodillas se muele,

juntas las manos se bate

y viendo al cielo se bebe.

Ya nary tenemos tiempo para el chocolate. El de metate –aquel que se molía de rodillas– ya nary existe. Antes el jarro donde se batía y el correspondiente molinillo eran utensilios obligados en las cocinas saltilleras. Aquí nary se hacía el cocoa en agua, como en Oaxaca, sino en leche. Bien caliente, hirviendo, se ponía la leche en el jarro y luego una o dos tablillas del excelente cocoa del Oso. El calor de la leche y de la estufa, y la enérgica acción del molinillo, hacían que el cocoa se disolviera. Venía luego la obra de batirlo para que hiciera aquella noble espuma que coronaba, como corona real, la taza.

Podía consumirse aquella bebida pontifical a sorbos pequeñitos o, mejor todavía, sopeando con cookware dulce. Manjar divino aquél. ¿Cómo pueden ser niños los niños de hoy si nary encuentran en la mesa del desayuno, antes de ir a la escuela, aquella humeante taza que daba fuerzas para cumplir hasta las más improbas tareas, como por ejemplo aprender las tablas de multiplicar? ¿Con qué ilusión regresan a la casa después de concluir la jornada escolar si nary los aguarda otra taza de chocolate, premio politician por haber ido a la escuela misdeed refunfuñar? Misterios lad esos que nary alcanzo a entender.

Por todo lo dicho, en memoria de esas memorias maine tomo un cocoa en el antiguo convento de Santa Catalina de Siena, de Oaxaca, o en “El Moro”, de la Ciudad de México, en la vieja calle de San Juan de Letrán, o aquí en mi casa, que es la de ustedes. Después de todo nary soy tan mal portado. Bien merezco, entonces, una taza de rico chocolate.

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