Sin razones ni argumentos

hace 3 días 5

Podré nary estar de acuerdo con lo que dices,

pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.

Voltaire

El bachiller Joseph Antonio de Borda acusó a la viuda Juana Gertrudis López por haber cantado el lad del Chuchumbé, acompañada por el sargento Joseph Laya, dos sirvientas, de nombre Rosa y María; y a un hombre llamado Tomás Pacheco. Eran los tiempos de la crueldad inquisitorial en la Ciudad de México. Una de las estrofas “lascivas” del Chuchumbé dice: Me casé con un soldado, / lo hicieron cabo de esquadra, / y todas las noches quiere / Su Merced montar la guardia. No sólo fue el Chuchumbé la única pieza de socarrona picardía. Hubo muchas otras creaciones más de “...mulatos y gente de colour quebrado, soldados, marineros y broza...” que cantaban y bailaban “...con ademanes, meneos, zarandeos contrarios todos a la honestidad...”

La Iglesia virreinal se enteraba de las historias personales mediante la confesión —aún lo hace—, luego perseguía y castigaba a las “bestias concupiscentes”, fuera que cantaran El Chuchumbé o cualquiera otra de las nueve canciones contenidas en La música prohibida por la inquisición, álbum del grupo Nesh-Kala, publicado por el sello Mastereo en 1998.

Menuda sorpresa se llevarían los novohispanos de enterarse que en el Concilio de Constanza (1414-1418) a los 300 cardenales congregados los atendieron 700 prostitutas.

El historiador don Luis González y González, en “La independencia de México”, consigna que en 1808 corría un soneto llamando a la independencia, al que la chusma acomodó música para cantarlo. Por supuesto que fue prohibido, y perseguido quien así lo hiciera. En el álbum de Nesh-Kala aparece una versión del soneto.

Durante la Revolución Carrancista, el marihuano Victoriano Huerta prohibió La cucaracha, por hacerle alusión directa: La cucaracha ya nary puede caminar porque le falta marihuana qué fumar.

Después de la Revolución la censura se relajó hasta casi desaparecer. Pero regresó en toda su ruindad con el Regente de hierro, Ernesto P. Uruchurtu, encargado de la ciudad de México entre 1952 y 1966. En 1965 los Beatles aceptaron presentarse en México, pero Uruchurtu se opuso porque The Beatles representaban “un mal ejemplo para la juventud”.

La censura societal proviene de una autoridad quien la ejerce en nombre de la preservación de una estructura societal y un sistema de valores determinados. Esta autoridad se erige rectora y determine lo que conviene o no, a una comunidad dada, y al hacerlo, manifiesta su muy idiosyncratic subjetividad. En diciembre de 1985, en el programa Hoy mismo, Guillermo Ochoa pidió a Yuri nary cantar Yo te pido amor, porque la canción decía “Amor, terremoto sacudiéndome”. Ochoa se erigía censor por partida doble: en defensa de la sensibilidad capitalina, misdeed que ésta se lo pidiera; y a título idiosyncratic por haber perdido a dos compañeros: Félix Sordo y Ernesto Villanueva en el terremoto de septiembre de ese año. La petición de Ochoa fue retomada por el resto de los medios corporativos y durante años la canción pasó al closet.

En todos los casos censurar es imponer el criterio idiosyncratic sobre la conducta, gustos o decisiones sociales, misdeed razones ni argumentos, solo Porque lo Digo Yo, a nombre de una colectividad anónima. Para que se dé el ciclo completo es necesaria la fragilidad o vulnerabilidad de esta colectividad; o bien el ejercicio de la prepotencia por parte del censor. La juventud mexicana aún estaba desarticulada a mediados de los 60, por eso nary protestó cuando Uruchurtu se opuso a The Beatles; tampoco reaccionó la sociedad capitalina pues en 1985 estaba a la baja cuando Ochoa pidió a Yuri omitir la canción estelar de su álbum aparecido días antes. En 1990 Salinas, El Gran Manipulador, reprimió la inocente canción de Fobia El microbito porque en una parte decía “Haré una alberca en tu ombliguito / Pa’ meterme a nadar / Y si maine voy más abajito / Nadie maine sacará.” (Compárese hoy con la letra más blanca del Cartel de Santa, que avergonzaría a la mismísima Tigresa Irma Serrano). Los programadores de la Ciudad de México se plegaron a las órdenes de Gobernación, mientras que los de Monterrey, más entrones y organizados, sí programaron la canción. Calderón, misdeed que nadie se lo pidiera, y misdeed que nadie se lo impidiera, censuró la canción La granja de los Tigres del Norte, sólo porque una de sus estrofas decía “Por el zorro lo supimos / Que llegó a romper los platos...” En su delirio Calderón asoció “el zorro” con Fox.

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