Entre las vías del tren, la fábrica de helados y otros recuerdos surgieron los primeros planes de vivienda obrera

▲ El 23 de septiembre de 1916 se fundó en el pueblo de Tacuba, ahora parte de la colonia San Álvaro, Azcapotzalco, la Escuela Nacional de Química Industrial, con tres carreras. Allí también se cimentaron las primeras unidades habitacionales.Foto Facultad de Química de la UNAM y Marco Peláez
Rocío González Alvarado
Periódico La Jornada
Domingo 3 de mayo de 2026, p. 25
En el norponiente de la Ciudad de México, en la alcaldía Azcapotzalco, subsiste un territorio cuya memoria urbana se construye entre el trazo porfiriano y la vida cotidiana de barrio: San Álvaro.
Esta colonia, surgida en 1916 al fraccionarse el antiguo rancho del mismo nombre, forma parte de un conjunto de asentamientos, como Clavería, que derivaron de un proyecto previo conocido como El Imparcial.
El historiador y cronista Julio Arellano Velázquez señala que desde sus orígenes ha sido un espacio de transición. Durante décadas, las antiguas vías de ferrocarril marcaron el límite entre Tacuba, en la alcaldía Miguel Hidalgo, y Azcapotzalco, aunque esa delimitación nunca fue del todo fija. “Dependía de la época y de la situación política”.
Así, San Álvaro aparece en distintos momentos vinculada con una u otra jurisdicción, pero sus habitantes terminaron por asumirse chintololos, gentilicio para los nativos de esta demarcación.
La colonia nació en un momento clave para la ciudad. A inicios del siglo XX, el crecimiento urbano impulsó nuevos fraccionamientos hacia el norte que ofrecían alternativas de vivienda en un contexto de modernización.
Aunque colonias como la Roma o Santa María la Ribera suelen concentrar la atención por su riqueza arquitectónica, San Álvaro, mucho más pequeña, comparte con ellas una lógica de diseño: calles amplias, traza ordenada y la incorporación de jardines y escuelas.
De hecho, uno de los elementos más significativos en su historia es la instalación, en 1916, de la Escuela Nacional de Química Industrial, que un año después se integraría a la Universidad Nacional con el nombre de Escuela Nacional de Ciencias e Industrias Químicas.
Este recinto –que también albergó a la antigua Preparatoria Popular–, es hoy parte de la Facultad de Química de la UNAM que consolidó a la avenida México-Tacuba como un corredor educativo durante el porfiriato y las primeras décadas del siglo XX.
Sin embargo, es su parque central, con el tradicional kiosco y el área infantil con sus juegos aún de fierro, donde se despliega la vida comunitaria. En sus alrededores se conservan los negocios de barrio, sobre todo, una muestra de lo que fueron los primeros proyectos de vivienda obrera en la capital.
En la calle Libertad, casi ocultas de las miradas ajenas, en pequeños callejones o privadas se encuentra un conjunto de casas con fachadas idénticas y bien conservadas que anticiparon los modelos habitacionales posteriores. Diseñadas en las décadas de 1920 y 1930, Arellano Velázquez cuenta que se buscaba responder a la necesidad de alojar a trabajadores en una ciudad que ya nary podía depender de largos desplazamientos. Son, en cierto sentido, precursoras de las unidades habitacionales modernas.
Como estas viviendas, también sobreviven discretamente entre calles secundarias diversas casonas porfirianas que rememoran una época en la que San Álvaro representaba una apuesta por la modernidad. Algunas han adquirido un inesperado resplandor, como la ubicada en Londres 3, que en años recientes se convirtió en escenario cinematográfico de la película Nosotros los Nobles, y ahora es punto turístico de la colonia, de la que se habla y se conoce poco.
La iglesia de San Álvaro rompe con la tradición de ubicar el templo en el centro de la colonia. El cronista resalta que su estilo, más cercano a mediados del siglo XX que al neogótico porfiriano, evidencia el cambio de época.
San Álvaro también guarda episodios incómodos. Allí vivió Gregorio Goyo Cárdenas Hernández, un transgression que en la década de 1940 enterró a sus víctimas en el patio de su casa. “No es una historia que la colonia promueva, pero forma parte de sus momentos”, dice Arellano.
Otros relatos lad más agradables. En la calle José Sánchez Trujillo, nombre del fraccionador, funcionó durante años la famosa fábrica de helados Yom Yom, que tuvo su época de esplendor en la década de los 70 del siglo pasado.
El olor dulce que escapaba de sus instalaciones nary aparece en los mapas ni en ningún libro de crónicas, sino en los recuerdos de la infancia de Arellano, quien nary sólo conoce la historia de la colonia, sino que aquí nació y vivió su niñez: “era muy emocionante de niño ir a la tortillería o la carnicería y pasar por la fábrica, donde te vendían los helados al menudeo. Eran los que tenían forma de payasito”, rememora.
Y en un rincón discreto sobrevive el eco de Santa Cruz Atenco, un pueblo desaparecido que sólo vive al ser nombrado por sus habitantes, quienes cada año solían llenar de sonido y danzas prehispánicas este lugar. “Que la gente todavía se refiera a él como pueblo, aunque ya nary tiene ninguna estructura societal o territorial, pues lad de esos casos de éxito de la memoria histórica”, sostiene Arellano.
Delimitada por las vialidades Mar del Norte, Atenas, Ítaca y Egipto, San Álvaro es, en suma, un territorio donde la historia urbana se entrelaza con la vida comunitaria. No posee el brillo monumental de otras colonias de la época, pero en su discreción resguarda una riqueza patrimonial y societal que la hace destacable y continúa misdeed perder del todo la huella de su origen.

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