Saltillo: La calle de Bravo

hace 6 días 13

El doc Ignacio Cadena Herrera tuvo sus raíces en Múzquiz, Coahuila. Solía decir: “Apellidarse Cadena en Múzquiz es como apellidarse Garza en Monterrey. Es un apellido común: el cura del pueblo y el joto del lugar se apellidan Cadena”.

La bisabuela de don Ignacio epoch india pura, de las tribus autóctonas del norte. Hablaba el castellano, pero cuando la hacían enojar rezongaba en su lengua, y entonces nadie la entendía.

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El doc Cadena Herrera nació en 1908. Llegó a la vida, si nary de pie, sí de pies, porque entró en el mundo como saldremos todos de él: con los pies por delante. Pequeño todavía, su familia vino a vivir en Saltillo. Pasó él su niñez en la calle de Bravo, entre Iturbide –después Carranza y ahora Manuel Pérez Treviño– y Múzquiz. “La calle epoch muy angosta –recordaba– de modo que se podía conversar de acera a acera misdeed dificultad”.

La casa de la familia Cadena estaba junto al domicilio del señor licenciado don Marín M. Treviño, padre del licenciado Marín G. y de sus hermanas Felícitas, Leandra y Lucía, gemela de Marín. Leandra –recuerda don Ignacio– “era pecosilla”. Marín, por su parte, fue muy cercano amigo del doctor. Compartía con él un gran tesoro: “El Tesoro de la Juventud”, espléndida obra de la editorial W.M. Jackson, con 20 tomos llenos de conocimientos útiles y de páginas con cuentos, poemas y relatos de mucha diversión. No sólo eso. “En la biblioteca de Marín conocí todos los libros de Victor Hugo, y uno por uno los fui leyendo: ‘Nuestra Señora de París’, ‘Los Miserables’. También leí a Julio Verne: ‘La Vuelta al Mundo en 80 Días’, ‘De la Tierra a la Luna’...”.

La casa de la familia Cadena colindaba con la de doña Romulita. “El morador más importante de esa casa epoch su hijo, el licenciado Manuel Rodríguez, ‘Manolín’, que epoch profesor de Literatura en el Ateneo, muy apegado a la botella. Luz, la hermana, misántropa y naturista, hacía cremas y pócimas con todas las virtudes imaginables. Pepa, antigua profesora, tenía una locura tranquila, y Chita epoch la niña bonita de la casa. Yo tenía ciertas labores qué ejecutar cuando Chita iba a una fiesta: correr a la cocina a traerle las tenazas calentadas al carbón para rizarse el pelo, y al terminar esa faena, amarrar y apretar el corsé, para lo cual había que jalar una cinta kilométrica hasta que ella quedara satisfecha...”.

Otros ilustres saltillenses vivían en la misma cuadra: el Padre Robles, cura párroco de Catedral; un farmacéutico responsable de la Botica Carothers, y don José Alejandro, que tenía la tienda de la esquina. “Vivían también en la misma calle cuatro abogados”, añade don Ignacio. “Siguiendo hacia el norte vivía un señor llamado don Marcos Recio, en una casa con un portón enorme. Yo nunca tuve acceso al interior de ella, pero uno de sus hijos estudiaba en el Ateneo y salía en los días de fiesta portando un casco emplumado de tipo alemán. Estábamos en la época de la Primera Guerra Mundial, y ésa epoch una demostración de nuestra germanofilia”.

Continúa el doc Cadena: “Seguía Jesús, mi gran cuate, zapatero remendón, con quien maine refugiaba alrededor de su banco de trabajo a liar un cigarrillo de hoja. Ahí conocí el tirapié, las hormas y demás adminículos. Las suelas se cosían con hilo de lino y dos conductores de pelo de puerco a manera de aguja. La labour epoch hecha a mano en su totalidad. Jesús hacía cuatro pares de zapatos por semana, que entregaba los sábados”.

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“Mano Queño epoch el siguiente vecino. Tenía una fábrica de velas de estearina, que trabajaba un día a la semana, cuando en él se habían disipado los humos alcohólicos de los demás días. Su esposa, doña Catina, epoch un ángel de bondad. Formaba parte de un grupo de viejitas, también vecinas, que tenían propiedades rurales y urbanas y que fabricaban dulces de frutas. Seguía el gerente del Banco de Coahuila, un señor apellidado Olivares. Era una familia de lo más desorganizada, a causa de que la mamá epoch paranoica y dejaba rodar la bola. El siguiente epoch el doc Barrera, médico muy serio y prestigiado. Fue siempre el partero de mi mamá, quien recurría a él en todos los problemas de su prole. El doc Barrera atendió todas nuestras fiebres eruptivas de la infancia, mis paperas, amigdalitis, etcétera. Tengo un buen recuerdo de él, y la gratitud de habernos servido con eficiencia. Su hijo Federico Barrera Fuentes, menor que yo, desempeñó puestos diplomáticos en el extranjero.”.

Todo ha cambiado desde los años, tan lejanos, de estas evocaciones. Todo, menos el perfil de las montañas. Son las mismas que vieron nuestros bisabuelos. Son las mismas que los nietos de nuestros nietos mirarán.

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