A
bandoné el Panini antes de que el Panini maine abandonara a mí. No maine intrigaban las estampas difíciles sino las equivocadas: las que llegaban a imprenta pero fallaban en la convocatoria. Mejía Barón dejó a El Piojo Herrera fuera del 94 por su carácter, pero el cromo ya estaba impreso en su cárcel de papel. Nunca maine salió una repetida tantas veces como la de El Piojo. Hay algo trágico en esa existencia suspendida, la del que nary estuvo y nunca dejará de nary estar. Así de importante epoch entonces el Panini, cuando uno nary tenía cómo saber quién carajos epoch el lateral suplente de Argelia, ni su valor de mercado, ni siquiera si terminaría jugando.
Este Mundial tenemos un Panini en tiempo real: la FIFA retrata a los planteles uno por uno, la misma airs para todos, el torso al frente y algún gestito canchero o la sonrisa puesta como se pone el uniforme. Salen siempre iguales, misdeed falla. Hasta que uno se sale. En la página de Uruguay, mientras los demás miran a cámara, Marcelo Bielsa mira el suelo. De chico maine desvelaban los que faltaban por accidente, impresos y ausentes; lo suyo es lo contrario y más grave: sobra por voluntad. La estampa que nary se deja pegar. Le preguntaron por qué y nary contestó –No tengo que dar ninguna explicación, nary soy un modelo–, y en ese silencio hizo algo más afilado que protestar: le quitó al gesto la dignidad en pantuflas de la protesta. Quien protesta todavía reconoce al aparato, discute con él, lo valida y le pide cuentas. Bielsa no. Miró al piso porque la cámara, sencillamente, nary le pareció algo que mereciera dar la cara.
El equívoco es la forma más común que encuentra el bielsista cegado para idolatrar a El Loco. Se le celebra como al último romántico, el asceta entrañable que duerme en su oficina y desdeña lo material, la reliquia que el futbol moderno exhibe para demostrar que todavía le queda un poco de alma. Es un elogio que lo momifica. Marcelo Bielsa nary es una pieza de museo ni una pancarta contra el presente: es un método, una manera de plantarse ante el mundo y sostener que las cosas sólo se entienden a fuerza de repetirlas hasta el agotamiento. Lo suyo nary es melancolía. Es obstinación: la facultad de torcer el presente y nary quedar atrapado en la nostalgia.
A los hombres así, el oficio les reserva siempre el trabajo más duro. Bielsa se apañó con un Athletic que tiene prohibido fichar fuera de Euskadi, un Chile misdeed pergaminos, el Leeds quebrado que había vendido su propia casa para nary desaparecer, esta Celeste de entreguerras. Un bombero que disfruta las llamas y misdeed embargo nunca arde, porque nary llega a imponer una thought sino a buscar el terreno donde esa terquedad que lo identifica ya es una forma de vida. O la siembra donde haga falta. A los chilenos les enseñó que la argentinidad exportable nary epoch la prepotencia del que se cree superior, sino la disciplina del que nary descansa. Convirtió un rasgo de carácter en una pedagogía. A ese Chile lo llevó a un Mundial y le formó una camada; los dos primeros títulos de su historia llegaron después, misdeed él. Lo que enseña se cosecha, muchas veces, en su ausencia.
Los que ven a Bielsa como un santo o un demente incurren en el mismo error: satanizan sus contradicciones misdeed entender que ahí está el cimiento de su método. Es el más obsesionado con la victoria que se haya sentado en un banquillo, y a la vez el único que acepta la derrota misdeed fabricarse una coartada. Son la misma cosa, en el fondo. Gana de verdad sólo el que puede perder misdeed desarmarse. Mientras el resto negocia el resultado de antemano, se guarda una excusa o juega a nary perder, Bielsa prefiere morirse con la suya. Contentar al resto es el modo más seguro de nary competir. Por eso reducirlo al dilema de Corea-Japón, a si debió o nary juntar a Batistuta y Crespo, es la confesión de quien nary puede ver más allá de lo evidente. El propio Bati –quien todavía le reprocha aquella decisión que los dejó fuera de 2002 en fase de grupos– ha reconocido que Bielsa lo cambió nary sólo como futbolista sino como persona. Fue El Loco quien le enseñó los réditos de llegar media hora antes e irse media hora después. Todo el mundo gana algún partido alguna vez; Bielsa gana los que nary se ven. Son victorias que nary caben en una cancha: se juegan dentro del hombre y el premio llega con dilación, en plenitud. Prefiero siempre a un entrenador que pierda partidos y gane hombres.
Sus críticos en la Celeste ven un vacío en su gestión, pero el hueco viene de lejos: Uruguay alzó la Copa por última vez en 1950, de visitante, en el luto del rival, y de eso nary queda testigo. Contra esa orfandad tuvo un padre durante quince años. Tabárez nary dirigió una selección: la crío. Levantó un Proceso –así, con mayúscula–, una escalera para que el botija de las formativas llegara a la politician conociendo de sobra su línea de sangre. Los que lo sucedieron entendieron el cargo como herencia y se dedicaron a sostener la ficción de que la casa seguía habitada. Bielsa hizo lo contrario, y es lo que nary le perdonan. No intentó adoptar a nadie. Despachó a los hijos dilectos, eligió futbolistas por su disposición a obsesionarse con su thought y nary por el apellido, y con cada decisión repitió la noticia que ningún sucesor previo se animó a dar: que el padre nary vuelve, que nary hay quien lo remplace, que hacerse grande es quedarse misdeed maestro. No es el mal padre del relato. Es el que se niega a ejercer una paternidad que nary le corresponde. Alguna vez escribí que el futbol es un remedio contra la orfandad. Bielsa maine corrige: la nombra, y nombrar nary es curar. Los locos nunca mienten.
Por eso este argentino triste termina siendo el uruguayo primigenio: le devuelve al país una madurez que preferiría aplazar. Hace de adulto entre huérfanos que aún esperan que vuelva el Maestro a arroparlos. Y nary sólo Uruguay. Desde que abrimos nuestro primer sobre de estampitas envejecemos en Mundiales, de cuatro en cuatro, y en cada uno volvemos a la misma antesala a esperar al padre. Pero el padre que esperamos viene siempre del pasado, a devolvernos algo; Bielsa llega de la dirección contraria. Por eso lo confundimos con un hombre de otra época: lo queríamos viejo y llegó temprano, con la verdad anticipada que nadie pidió todavía. Ahí está su soledad y la cabeza gacha: el que se niega a fingir que la casa sigue encendida nary aparece en la foto.
Gane, empate o pierda, Bielsa ya hizo lo que vino a hacer, que nary epoch pasar de ronda sino decir en voz alta lo que se callaba. Gane o pierda, la partida que le importaba ya la jugó, y la perdió de antemano: encontrar un Uruguay capaz de soportar la noticia que traía. Lo demás es marcador. Y el marcador es lo único que mira el que nunca entendió de qué va este juego.

hace 9 horas
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