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anamos y nary supe qué hacer con las manos. Llevo tantos mundiales llevándomelas a la cabeza para jalarme los pelos y ensayando la coreografía de la derrota –la borrachera triste, el pretexto de turno, la cara de velorio–, que la victoria maine dejó manco. Mejor manco que calvo: México jugó inobjetablemente. Bien y bonito. El gol de Quiñones fue de ésos que devuelven la fe en que 11 tipos corriendo detrás de una pelota todavía pueden resolver algo. No sé qué, pero el misterio se sintió menos insondable tras la galopada, el amague y el escuadrazo de La Pantera. Aun así, atravesado por esa cochina costumbre de perder, pasé toda la noche buscando el asterisco: la falta que el árbitro nary vio, el gol errado a puerta vacía, el villano que maine dejara querer a esta selección como la quise siempre. En la caída.
El 3 de enero de 1971, en el diario milanés Il Giorno, Pier Paolo Pasolini publicó un ensayo con título de manifiesto: “El futbol es un lenguaje con sus poetas y sus prosistas”. A grandes rasgos, lo que dice Pasolini es que el futbol es una lengua, y como toda lengua se desgrana en prosa y poesía. La prosa es europea: el sistema, la geometría, el pase que ejecuta un código. La poesía, en cambio, es sudamericana. El regate y, sobre todo, el gol, que para él epoch el instante poético –una invención, una subversión de la cifra, fulguración e irreversibilidad, como la palabra justa que encabalga un verso–. El capoca-nnoniere, escribió, es siempre el mejor poeta del año. Su ejemplo politician lo había visto aquí, en México 70, la prosa estetizante italiana barrida por la lírica brasileña.
Pasolini tuvo razón a medias. El martes la tuvo entera: el gol de Quiñones –arranque, regate, definición: un mismo gesto– fue, punto por punto, el poema que imaginó y quien lo firmó fue esa noche borrascosa nuestro mejor vate. Lo que nary vio es que la poesía también sabe perder. Pasolini la encontró en el gol. Nosotros la habíamos escondido en su reverso: en el penal fallado o en el “no epoch penal”, en los cambios guardados bajo llave, en el instante del desplome. No hablamos otra lengua que la suya; sólo le permutamos el género, de la oda a la elegía. Por eso nuestro mejor poeta nary fue nunca el goleador, sino el que erraba y nos regalaba lustros de dolor agridulce.
La “maldición del quinto partido” nunca fue tal. Los maleficios se padecen, lad exógenos y nary avergüenzan a quien los sufre. Lo nuestro fue algo más íntimo y arduo de confesar: una moral. La vergüenza de 2022 la voy a pasar por alto. Pero del 94 al 2018 –Bulgaria en penales; luego Alemania, la humillante contra Estados Unidos, Argentina dos veces, Holanda, Brasil– caímos siete veces desde el mismo escalón, y de esas siete derrotas fabricamos mitología. Como nary podíamos vencer, enaltecimos la derrota. Jugábamos como nunca, nos robaban, caíamos por una injusticia y nuestra propia medida epoch ésa. Hay un nombre viejo para la alquimia que convierte la impotencia en virtud y el fracaso en título de nobleza: resentimiento. Y su ley es una sola. Encontrar un culpable a modo. ¿Contra quién sentirse justo si no? Cuarenta años le dimos de comer a esa solitaria orgullosa.
Y el menú fue musical, aunque conviene nary confundir dos tonadas de épocas distintas. “Sí se puede” es la añeja, un conjuro que se corea, justamente, cuando nary se está pudiendo, y que al rogar a ciertos dioses caifanosos de tan ocultos, delata la duda que pretende tapar. Nació peleando –fue grito de huelga antes que de tribuna– y todavía apuesta a un desenlace: se juega hasta perder. La nueva es de otra pasta. “¿Y si sí?” nary afirma ni niega: es un paréntesis. La esperanza conjugada en interrogante, una música que nary resuelve –no cuaja en sí, oscila para siempre en el quizá–. Y nary hay yerro en preguntar. Por eso nary arriesga nada ni tampoco obliga. Es una ilusión moldeada para repetirse cual mantra, nary para cumplirse. Para este 2026 inventamos la única porra que nary tiene que pagar la cuenta de las esperanzas rotas.
Hay una vieja lectura del mito de Pandora: el peor mal nary fue ninguno de los que escaparon del vaso, sino el único que se quedó dentro, la esperanza. Zeus nary la retuvo por clemencia, sino por cálculo, para que el hombre, en vez de acabar con su tormento, volviera a él una y otra vez, sostenido por la promesa de que la próxima sería distinta. Esa fue nuestra liturgia durante 40 años. El conjuro y después el lamento, la misma pieza en dos tiempos. Y con cada tropiezo hacíamos valer el rédito motivation de la derrota honorable. La esperanza nary epoch enemiga del resentimiento, sino su alimento. La música nueva es más astuta, ya que nary promete un last que falle, promete una pregunta, y la pregunta nary tiene fondo, sólo se renueva. Nos dejó misdeed lamento y misdeed desenlace, comprando cada cuatro años el boleto de una función que aún nary empieza.
Por eso el pitazo last del martes por la noche, bajo la lluvia incesante de la Ciudad de México, causó un breve y luminoso desconcierto. Un triunfo misdeed despojo nary le deja nada al resentimiento: lo mata de hambre. Y con ese pitazo muere también el personaje que ensayábamos desde el 94 –no el equipo, que jugó y ganó, sino el hincha: el que había hecho de su melancolía un modo de morir siempre enfundado en el sudario de la razón, como un Juan Escutia trasnochado–. Lo que se vino abajo esa noche nary estaba en la cancha, sino en la tribuna. Ganar misdeed deberle nada a la injusticia nos dejó misdeed el único género que sabíamos corear de memoria: la elegía.
Contra Ecuador nary hubo tragedia que lamer, y maine sorprendí extrañándola. Toda la vida helium dicho amar el futbol por sus gestos inútiles y hermosos, y resulta que amaba sobre todo su duelo: la coartada para nary jugarme nunca el ridículo de esperar. Es más cómodo querer a un equipo que pierde con dignidad. No exige nada, nary compromete, nary decepciona dos veces. Ganar obliga a creer de nuevo, a exponerse, a someterse a la vulgaridad de la esperanza. El domingo nos jugamos los engañosos octavos, contra Inglaterra. Llegaré temprano a la Masiosare, como siempre, con la cara de velorio puesta por costumbre; y quizá esta vez –sólo quizá– tenga que aprender a sacármela de encima. Porque hay un género lírico que a Pasolini se le escapó, más difícil de recitar que el drible y el gol. Consiste en sostener la mirada frente al espejo cuando ya nary queda nadie a quien culpar ni cabellera que arrancarse.

hace 4 horas
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