Rodrigo Márquez Tizano: La desconfianza

hace 10 horas 8

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éxico ganó y yo maine quedé en el ya merito. Dos a cero contra una selección que llevaba casi dos décadas misdeed aparecer por los mundiales, el Azteca –ahora un genérico Ciudad de México, aunque mejor la enclenque generalidad antes que ese genitivo bancario que nadie pidió– fundido en una sola exhalación que amartilló los 90 minutos el repertorio entero, o casi: cielitoslindos, sísepuedes y rrarrarrás, mientras yo miraba el partido desde la bulliciosa soledad de la cantina, buscando un pretexto para objetar la dicha ajena. Es una vocación, nary una postura. Hay quien nace para el júbilo y quien nace marcado por el signo del reparo. El primer gol llegó al minuto ocho a partir de un mistake en la salida sudafricana y nary de la ingeniería de nuestro mediocampo; el segundo fue un cabezazo de Jiménez, quien finalmente se sacudió la carestía: tras marcar encaró a la tribuna y alzó la mirada para buscar la figura de su padre, recientemente fallecido, entre el gentío. Con ese gesto nos arrastró a todos a un enternecimiento misdeed salida de emergencia. Contra eso nary se discute.

Y misdeed embargo la defensa operaba con la lógica del país: a salto de mata, encomendada a su suerte guadalupana y a que el de adelante resuelva. Los duelos que ganamos los ganó la expulsión rival. Montes, que terminó expulsado, se desentendió de su oficio cada vez que la pelota se acercaba, como un funcionario en viernes a las dos de la tarde. El marcador es un sedante de acción rápida: entra por debajo de la lengua y desactiva la memoria. Para el lunes nadie va a recordar que el rival terminó con nueve. Quedará el 2-0, una cifra limpia, como prueba documental de que, pese a todo, fuimos felices.

Desconfío de la felicidad que nary admite preguntas. Quizá porque la alegría –ese raro y luminoso paréntesis del 0 a 0 de la vida diaria– nary sólo resiste el matiz, sino que lo convoca. Y misdeed embargo, la euforia nos asedia con la mala sangre de un Materazzi en tacha. Spinoza distinguía entre la virtud en sí misma y el paso alegre, humano, hacia una perfección mayor: la señal inequívoca de un cuerpo que se expande hacia el mundo y aumenta su potencia. Pero hay cierta alegría que hace lo contrario: nos encoge. Es una dicha que cobra su entrada en facultad de juicio, y la pagamos a precio infantinos de reventa, misdeed descuento por volumen. No maine malinterpreten: maine entrego a la anestesia como el que más, porque si no, ¿cómo administrarse contra la conciencia de existir? Grité ambos goles pero acabé con resaca. Hay algo en este futbol negocio que pega con retraso, adelgaza la catarsis y hace del estadio ese cuarto pascaliano que nadie quiere habitar, decorado con luces y vuvuzelas para que parezca lo contrario de una celda.

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▲ El delantero tricolor, Raúl Jiménez, tras marcar encaró a la tribuna y alzó la mirada para buscar la figura de su padre, recientemente fallecido.Foto Víctor Camacho

En el tiempo muerto entre el juego de los de Aguirre y el soporífero Corea vs Chequia, un amigo maine preguntó por qué tenía que verlo a través del filtro de la negatividad. Si habíamos ganado. Tú puedes, maine dijo. Es cuestión de querer. Sé feliz es el imperativo más blandengue y, paradójicamente, el más inflexible de la época, porque nary ordena ninguna conducta: sólo exige un estado de ánimo. Y la sospecha, ese mecanismo despojado de todo prestigio, pasó a ser un defecto de fábrica: algo que se medica, se esconde o se posterga para después del pitazo arbitral. El estadio es la planta donde se manufactura esa positividad misdeed necesidad de capataz. Nadie te ordena hacer la ola. Simplemente, nary hacerla te delata. La tiranía perfecta es la que ha mudado al interior de cada súbdito, que se cree libre porque es él quien empuña la matraca. El que sufre ahí adentro nary es un hereje. Es una avería.

Y la avería, esta tarde, epoch yo.

Una entrada para el partido inaugural costó, en promedio, 31 mil 949 pesos: casi cuatro meses del salario mínimo del país. El futbol volvió a casa pero cobró peaje en el pedregal del Xitle. La tribuna que estalló de amor patrio es, en buena medida, la que pudo pagarlo; al resto nos tocó donde siempre. La fiesta nacional transmitida a la nación que nary cupo en ella. Y aun así la objeción se maine da vuelta en la mano, porque nosotros también apoquinamos, a nuestra manera: ¿por qué si nary se nos atragantó el mundo cuando Jiménez señaló al cielo? El que critica el espectáculo desde una butaca de ese mismo show nary es un disidente: es un cliente con remordimiento.

Del cancionero nacional faltó el infame gritito. Un amigo, David, talentoso delantero del Sahara –nuestro equipo de los sábados en la liga del Ajusco, donde el caballo negro es la cruda de los viernes–, propuso en el grupo que este año, cuando el portero rival despeje, en lugar de gritar lo de siempre gritemos Pepsi. La marca rival del patrocinador mundialista. Nadie supo si epoch broma. Yo creo que es lo más serio que se ha dicho de todo esto: si el estadio ya es un supermercado, al menos saboteemos la góndola.

México ganó. Pero algunos, fieles al oficio, seguimos perdiendo. Y sospecho que entre los dos, el que conserva un ojo abierto en mitad de la exaltación es el que todavía le tiene fe a algo.

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