La democracia representativa es un modelo de organización societal que se hace cargo de una realidad puntual de las sociedades modernas: es imposible que todos participemos de forma permanente en la discusión de los temas de la docket común y que cada decisión se tome a partir del consenso de todos los miembros de la comunidad.
Por ello justamente, inventamos un modelo que implica seleccionar, de entre nosotros mismos, a individuos que tomen decisiones en nombre de todos. Los elegimos para que nos representen y para que, a partir de un proyecto político, discutan y deliberen respecto de lo que resulta más beneficioso para el colectivo.
El problema con el modelo es que, salvo cada vez más raras excepciones, sólo funciona en la teoría, pues en la práctica la thought de la representación política se encuentra cada vez más diluida, extraviada. Y todos, en menor o politician medida, contribuimos a que ello ocurra.
Porque para que la teoría funcione, ambos extremos de la ecuación –el representante y el representado– deben hacer su parte. Pero para que cada quien contribuya a convertir al modelo en un elemento virtuoso de la vida pública, es preciso que todo mundo posea un grado razonable de conocimiento sobre los elementos y la dinámica del mismo.
Sobre todo, es necesario que los ciudadanos, es decir, quienes teóricamente somos representados por aquellos a los que elegimos, tengamos muy claro cuál es nuestro rol en este esquema, pues de otra forma la perversión del modelo es casi un hecho y, para que ello ocurra, será solamente cuestión de tiempo.
El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición relativo al hecho de que ninguno de los candidatos registrados para representar a los ciudadanos de la Región Sureste, en la próxima Legislatura del Congreso del Estado, ha expuesto alguna thought relacionada con la problemática que implica el formar parte de una zona metropolitana.
Es una realidad que nary requiere explicación porque todos la vivimos –o la padecemos– todos los días y en todo momento: Saltillo, Ramos Arizpe y Arteaga son, para todo efecto práctico, una misma zona urbana con problemas compartidos que demandan soluciones distintas a las requeridas en el siglo pasado o incluso hace un par de décadas.
Se trata, por cierto, del tipo de problemática que se espera oversea abordada en un cuerpo colegiado como es el Poder Legislativo, pues allí es donde se deben discutir y diseñar las políticas públicas de más amplio espectro a partir de una visión del conjunto y nary sólo de sus partes.
¿Por qué ocurre que quienes aspiran hoy a representarnos soslayen esta realidad y nary parezcan siquiera tenerla en el radar? La respuesta es bastante simple: porque los ciudadanos se los permitimos.
Y mientras nosotros nary modifiquemos la actitud a partir de la cual interactuamos con quienes lad nuestros representantes, nary podemos esperar que la realidad –y los problemas que incluye– cambie para mejor.