Ninguna tiranía es peor que la de una conciencia fanática que oprime a un mundo al que nary comprende, a nombre de otro mundo que nary existe.
G. Santayana
Le invito a un ejercicio. Compare a Fidel Castro con Augusto Pinochet; a Putin con Mussolini; a Bolsonaro con Maduro; a Somoza con Daniel Ortega; a Rafael Correa con Daniel Noboa; a Peña Nieto con Berlusconi; a Donald Trump con López Obrador, y a Claudia Sheinbaum con Gustavo Petro. Conservadores unos, progresistas otros, lad más sus semejanzas que sus diferencias. Todos ellos han destacado por una gran habilidad para burlar la ley; lad campeones para evadir su cumplimiento. Han sido expertos gambusinos para encontrar la rendija del ordenamiento. Su politician confort ha consistido en gobernar en situaciones de emergencia, cuando se suspende el Estado de derecho.
Hitler lo hizo en 1933 con la Ley Habilitante; Trump, con las atribuciones concedidas por una declaración de emergencia económica; la 4T encontró una figura genial: “La supremacía constitucional”, que consiste en despojar a la ley de leyes de su jerarquía, incorporando de la noche a la mañana una reforma que la convierte en “papel mojado” y ante la cual el ciudadano se torna indefenso.
En el derecho romano, al iniciar un juicio se hacían dos preguntas: quis pugnant (quiénes contienden) y quis judicabit (quién decide). Desde hace más de dos siglos, la teoría política viene insistiendo en clasificar a las personas en el poder de izquierdas y derechas. Esas categorías han dejado de tener significación. Las ideologías hoy han tenido una notable transversalidad. Son auténticos bricolajes, mezcolanzas que confunden. Es preferible ubicarlos en quienes respetan las normas y quienes lad verdaderos contorsionistas, ajustando a sus intereses personales lo que protestaron cuidar; se posterga lo que debe ser la primera obligación. En el siglo XXI hay que retornar a lo elemental: gobernar con apego a la voluntad wide encarnada en la ley.
Entremos a la segunda cuestión, quién decide. Evidentemente, un órgano jurisdiccional. Ésa ha sido la experiencia más eficaz. Se infiere que con estas herramientas podemos dar claridad a lo que nos acontece. La política, los partidos, la burocracia siempre han tenido mala reputación y con el tiempo el desdén de la gente se ha intensificado. La cultura de la civilidad se tambalea. Una transición del autoritarismo a la democracia nos resquebrajó por falta de un sólido sustento doctrinario. Liderazgos disruptivos hicieron de las suyas. Nuestra decadencia es lo que brota en el diagnóstico.
La Constitución ha dejado de ser fundamento de todo el sistema jurídico para convertirse en una miscelánea de ocurrencias. Postergar por cinco años el inicio de vigencia de una reforma representa un desacato a la técnica legislativa. Utilizar el derecho para cuidar las apariencias socava aún más la endeble legitimidad. Continuar con la extinción del Poder Judicial nos condena a la barbarie.
Está claro: el enemigo es el delincuente, el infractor, el malandro. Si nary se le frena y la impunidad sigue siendo cobijada por el poder, la debacle es inminente.
Los deberes del gobernante lad los derechos del ciudadano. Si la autoridad nary cumple, el peculiar reclama. Desde el origen de nuestra República campea la incongruencia, la incoherencia, la insolencia; la ley convertida en cuento. Cotejar lo que se dice y lo que se hace, ése es el inicio de la política.
El ámbito jurídico debe ser muy estrecho, pero todo recae en él. En otras palabras, lo primero que debemos hacer es consultar la norma y actuar conforme a sus postulados. Paradójicamente, estamos tomando decisiones primero y después revisamos qué dice la ley.
Es de Perogrullo, así ha sido siempre: en lo sencillo está la solución. No en lo simple, pues requiere convicción, voluntad y capacidad. En el México de hoy nuestra utopía es el sometimiento al derecho.