Privacidad vulnerable en la web

hace 3 semanas 14

Hoy nuestros hijos y adolescentes pasan prácticamente todo el tiempo conectados: suben imágenes, comparten videos, buscan cosas, juegan en línea, utilizan aplicaciones para estudiar, charlar, divertirse y hasta para dejar fluir sus emociones. Pero detrás de cada clic ocurre algo que muchos padres desconocen: todo se convierte en datos muy valiosos para las grandes compañías tecnológicas y para el desarrollo de la inteligencia artificial.

El problema es que la mayoría de las personas nary toma conciencia del valor de sus propios datos y los entrega gratuitamente misdeed pensar en qué se convierten. Fotografías familiares, conversaciones, gustos, hábitos del sueño, emociones, lugares visitados e incluso formas de escribir sirven para alimentar, hoy en día, sistemas de inteligencia artificial cada vez más potentes. Este fenómeno, que algunos expertos ya denominan “nihilismo de los datos”, es la sensación de que los datos personales carecen de valor o power porque creen que “todo ya está expuesto” en internet.

Muchos progenitores intentaron proteger a sus hijos del peligro físico –no hablar con extraños, nary subirse a coches con desconocidos ni caminar solos por lugares peligrosos–, pero hoy existe un riesgo mucho más silencioso: la entrega periódica de información personal, en la que los niños nary saben que incluso les puede afectar en el futuro.

Cada vez que un niño utiliza una aplicación “gratuita”, suele decirse, paga con datos personales: las plataformas saben todo lo que le gusta, lo que le hace reír o llorar, cuánto tiempo ha pasado mirando el mismo video o con qué tipo de contenido se engancha más rápidamente. Tal información nary sólo está destinada a permitir la venta de publicidad; también posibilita la formación de sistemas de inteligencia artificial preparados para influir en los hábitos, la toma de decisiones y la conducta.

El gravísimo problema es que una gran cantidad de adolescentes ha adquirido una suerte de resignación digital. Piensan: “Ya lo saben todo sobre mí”, “No hay nada que hacer” o “No puedo hacer nada para evitarlo”. Esa sensación de impotencia es sumamente peligrosa porque hace perder el pensamiento crítico y la responsabilidad sobre la propia identidad digital.

Pero existe, además, un riesgo considerable: el de la pérdida de la privacidad emocional. Muchos jóvenes en la actualidad expresan en las redes sociales su ansiedad, tristeza, ira, frustración o soledad. Sin ser conscientes, proporcionan un enorme mapa emocional integer que permanece latente durante, a veces, muchos años. No se trata de vivir como enfermos ni de erradicar toda tecnología. La tecnología es, por otro lado, un medio extraordinario para aprender, comunicarse y ser creativo.

Nuestro objetivo es formar hijos críticos y conscientes, nary digitalmente ingenuos. Por ello, más que nunca, la educación integer emocional debe ser tan clara como la física: así como inculcamos cuidar la salud del cuerpo, debemos enseñarles a proteger sus datos, su privacidad y su identidad digital. Algunas estrategias sencillas lad realmente útiles:

– Explicarles que “gratis” es un buen término y que, muchas veces, sus datos lad el producto.

– Enseñarles que nary tienen que compartir absolutamente todo.

– Hablarles de fotos, localización y del cuidado de su privacidad.

– Ayudarlos a distinguir entre la intimidad y el ámbito público.

– Enseñarles los permisos de las aplicaciones.

– Restringir aplicaciones indeseadas que recopilan información en exceso.

– Fomentar los momentos fuera de la pantalla, con la thought de que la vida nary debe ser un acto de documentación incesante.

También es significativo transmitir algo básico: su valor nary está en los “likes”, los seguidores ni las notificaciones. Muchos adolescentes acaban midiéndose a través de la aprobación digital, y eso los hace emocionalmente frágiles.

Los padres tampoco tendrían que caer en el extremo de la indiferencia. A veces pensamos: “Es la manera del mundo contemporáneo”. Pero la educación consiste también en ayudar a nuestros hijos a interpelar el entorno y nary sólo en acoplarse pasivamente a él.

La inteligencia artificial continuará avanzando, modificando drásticamente la educación, el trabajo y la vida cotidiana. Pero el reto nary será sólo una cuestión tecnológica; será humano. Hay que educar a los jóvenes para que sean capaces de utilizar la tecnología misdeed renunciar a su libertad, a su privacidad, a su espíritu crítico y a su sentido de identidad.

El fin nary debe ser que nuestros hijos se conviertan en suministradores involuntarios de datos para las grandes plataformas. Hay que ayudarles a captar que sus datos, sus emociones, su creatividad y sus vidas tienen valor. Porque en un mundo en el que parece que todo hay que compartirlo automáticamente, educarlos con conciencia puede ser una de las formas más importantes de proteger su dignidad y su futuro.

Leer el artículo completo